Con el baile revive el alma

La danza en sus diferentes expresiones ha tomado auge entre los tucumanos de todas las edades. Permite aprender un género musical, hacer vida social, liberarse de las tensiones cotidianas y bajar de peso.

A TODO RITMO. El hip hop y los bailes caribeños atraen a los más jóvenes y a muchos los ayudan a desinhibirse y a sacar de encima las tensiones. LA GACETA /OSVALDO RIPOLL A TODO RITMO. El hip hop y los bailes caribeños atraen a los más jóvenes y a muchos los ayudan a desinhibirse y a sacar de encima las tensiones. LA GACETA /OSVALDO RIPOLL
20 Enero 2008
La calle es el infierno mismo: una multitud de autos se apiña frente al semáforo y los últimos de la fila hacen rugir las bocinas. Ernesto piensa en un escenario. Los vehículos parecen haberse estacionado para siempre y el parabrisas no logra frenar los ardientes rayos de sol que se filtran desde la atmósfera. Ernesto vislumbra un público que aclama su nombre. El ruido de los motores se confunde entre los insultos y las protestas de los conductores. Sentado frente al volante, Ernesto murmura: “azuquita”. Y sus pies se mueven de repente, pero no para acelerar: está repasando los pasos de salsa que aprendió hace tres clases.
Dos sagradas veces a la semana, Ernesto estaciona su taxi frente al Centro Cultural “Shambhala” y cruza danzando la calle que lo separa del salón. Allí adentro, no hay embotellamientos, ni motociclistas incautos ni pasajeros sin cambio: el reducto -con su éter de ritmos caribeños y su olor a recreo- parece un bálsamo que invita a dejar las lágrimas y los disgustos en el umbral, y a pasar libre de rabia.
Al igual que Ernesto, numerosas personas conciben al baile como el recurso ideal para liberar, a la vez, transpiración y problemas. Tanto profesores como alumnos de academias coincidieron en que la danza lleva implícito una suerte de eficacia terapéutica: un hechizo que implica sacudir los pies y salpicar los dramas.

Una catarsis movidita
Mariano Ovejero tiene 23 años y el gesto alegre. No hace mucho que toma clases de hip hop, pero se mueve por el salón con tal conocimiento del espacio que pareciera que él mismo lo ha construido. Según el estudiante de Diseño Gráfico, esa confianza tan espontánea surgió a medida que la música se le iba haciendo carne.
“Al principio, me arrinconaba atrás de la sala y creía que sería difícil aprender los movimientos. Sin embargo, bailando me di cuenta no sólo de que el ritmo se me hacía llevadero sino que comencé a explorarme a mí mismo: descubrí que no soy tan tímido como pensaba y que tengo un buen manejo de mi cuerpo”, expresó el joven, quien agregó que liberarse de los problemas no es sólo una consecuencia de la danza sino que también es una necesidad. “No podés moverte si te sentís mal”, razonó.
Para la psicóloga Teresa Romero de Figueroa que la danza es terapéutica es una verdad de perogrullo. “Esto ocurre desde que la humanidad aprendió a manifestar sus emociones y afectos mediante la música y los movimientos. Porque de eso se trata: al bailar, la persona expresa sentimientos que tal vez no puede demostrar en el tiempo y lugar adecuado. La danza cobra entonces una dimensión catártica, en la que uno se divierte y se descarga”, explicó.
“Los distintos ritmos implican interpretar diferentes roles; mientras baila, la persona se pone distintos ‘disfraces’: de enamorado, de sexy, de seducido, etcétera. Esto permite que alguien se desinhiba y que exteriorice lo que tiene dentro. Es tan reconocida esta consecuencia, que muchas escuelas terapéuticas se lo recomiendan a sus pacientes”, señaló la experta.

Sin tiempo para el drama
Martín Concha, profesor de tango, coincidió con la especialista. Como institutriz y amante del 2x4, el artista resaltó el hechizo especial que ese ritmo vuelca sobre sus bailarines y cómo los hace olvidar del estrés y los dramas cotidianos.
“El tango es un abrazo completo en el que se conjugan el cuerpo, los sentimientos y los sentidos, porque uno ve, toca y huele a su compañero. La persona está tan compenetrada con ese contacto con el otro y con la música que debe seguir, que no tiene tiempo para acordarse de los problemas de la casa o el trabajo. Se desenchufa, se olvida del estrés, se desvía de lo que le preocupa y, sobre todo, disfruta de la seducción propia del ritmo”, precisó.
Concha comentó que la evolución es notoria entre sus alumnos: “los jóvenes pasan de tímidos a audaces en pocas clases. Y los mayores abandonan el sedentarismo, se insertan en un nuevo círculo social, adquieren un gran dominio de su cuerpo y no sienten sus músculos entumecidos. Tengan la edad que tengan, todos se van contentos”.

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