Un ocioso que hizo historia

Un análisis de Roberto Espinosa, Redacción AL GACETA.

28 Diciembre 2007
Sonidos que se fragmentan en susurros. Tensiones que estallan en racimos de acordes y desatan un arrebato de golondrinas aturdidas. Agua que fluye desordenadamente, cobijando a veces a una ninfa. Olas que brincan. Espejos. Noche. Paisajes sonoros. Un niño juega con una ardilla, una libélula y un murciélago atrapado en sortilegios. Gotas.
Es lo que verdaderamente se dice un ocioso, tanto que permanece como estudiante durante 16 años en el Conservatorio de París. “Los estudios de piano me fastidiaban. No obstante, desde el primer minuto que comencé a estudiar composición, me di cuenta de que mi camino iría en ese sentido. Nací ciertamente para ser músico, pero si no soy escritor se debe a la inhibición del impulso de serlo. Mis diferentes aprendizajes artísticos se veían interrumpidos por una extraordinaria pereza. Nunca he trabajado para cumplir una tarea inmediata”, cuenta Maurice Ravel.
Con sus “Juegos de agua” se anticipa al impresionista Debussy. Mientras este lo descalifica, Ravel sólo tiene elogios para Claude. En los sonidos viven poemas, brotan colores. Se lo acusa de frío, de insensible. Se burla de sus detractores con los “Valses nobles y sentimentales”. Y cuando lo atacan demasiado, responde: “No hace falta abrirse el pecho para demostrar que se tiene corazón”. En el Adagio assai de su Concierto en Sol ha sembrado su alma.
La muerte es ingrata con Maurice: lo envuelve en una trágica amnesia. “Gogol murió gritando y Diaghilev, riendo. Ravel murió de a poco. Es la peor forma de morir”, dice Igor Stravinsky.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios