26 Diciembre 2007 Seguir en 
Cabezón. Corpulento. De triste sonrisa de finos bigotes. El oso negro sienta sus largos dedos en el teclado y comienza a desnudar pausadamente una canción. Su mirada se detiene en Ella y se ilumina cuando la voz arranca de su alma "More than you know". Ella Fitzgerald busca a Oscar Peterson cuando canta: "Hombre de mi corazón, te amo todavía. Tarde te encontré en mi mente..." Ya sin Ella, los dedos energizan un "Summertime"; corren por el piano como duendes escapando del sol, y dialogan con la guitarra de Joe Pass y el contrabajo de Ray Brown. La improvisación nace en los labios de Oscar, murmuran lo que él toca. Hay vértigo, pirotecnia de notas, y lo que es más importante, jazz."Tocar para alguien es una gran responsabilidad, por eso me pongo en el lugar del que escucha. Un concierto debe tener show. Hay que hacer feliz al público", dice.
Bach, Debussy, Ravel, Art Tatum, Nat King Cole, sus admirados. Técnica notable, virtuosismo. Pero no sólo fuegos de artificios en el teclado, también sentimiento y profundidad. "Nadie, igual a él, nadie", asegura Ella Fitzgerald cuando le preguntan cuál es el pianista que mejor la ha acompañado.
Su mano izquierda pierde la memoria a causa de una hemiplejia, pero Oscar se apoya en el amor para vencer la adversidad y vuelve a tocar. "En la música, la mentira se detecta enseguida. Lo más importante en un músico es la imaginación", afirma. El piano de Oscar Peterson se calló el domingo y un viento de síncopas sopló sus duendes hacia la eternidad.








