11 Noviembre 2007 Seguir en 
Hace cinco años que vive en una celda del penal de Villa Urquiza. Héctor T., de 52 años, fue condenado a pasar una década tras las rejas por haber asesinado a otro hombre durante una pelea. Se definió como un conocedor de la vida carcelaria y dijo que está preocupado. "Los changos jóvenes que llegan al penal procesados o detenidos están descontrolados. Acá nosotros tenemos códigos, pero ellos no respetan nada ni a nadie. Si no se los contiene de manera adecuada son capaces de hacer cualquier cosa", explicó.
El hombre accedió a hablar con LA GACETA con la condición de que su identidad no fuera revelada. Lo hizo durante una de las salidas que realiza periódicamente del penal gracias al permiso extramuros del que goza. El es uno de los 871 internos que duermen en una celda de Villa Urquiza.
"Creo que a los chicos jóvenes no se los contiene bien y eso nos pone en peligro a todos. Porque son capaces de hacer cualquier cosa. Uno, que es más grande, sabe cómo moverse. Pero ellos no", aseveró. "También sería bueno que mejoraran los pabellones para que estemos más cómodos. Eso también va a ayudar a que haya menos tensión", agregó.
Héctor T. fue felicitado por las autoridades de la cárcel porque encontró $ 300 en uno de los talleres del penal y los devolvió. Dijo que por esa acción se siente orgulloso. "No creo que en Tucumán pase algo parecido a lo de Santiago del Estero (murieron 34 presos durante un motín). Aunque el edificio en el que estamos sea viejo, esté sucio y las celdas sean chicas, allá vivían como perros. Estaban cansados", comentó.
Respuestas
"El interno siempre quiere respuesta a sus inquietudes. Quiere que le digan sí o no. Lo que le disgusta o lo irrita es que no le digan nada, que lo mantengan en la incertidumbre", afirmó Fernando Quintana, condenado a cinco años de reclusión por ser partícipe de un robo, alojado en el penal de Concepción.
¿Cuáles son las causas que podrían llevar a una revuelta en la cárcel de Concepción? "Aquí adentro todos estamos cómodos. No hay superpoblación. Además, la comida es buena y abundante. Hay desayuno a las 6 y a las 9, almuerzo, merienda y cena. El que quiere hacer más llevadera su condena tiene que ajustarse a la disciplina que rige aquí. En mi caso, me hice a esa idea, como una forma de acercarme más a mi libertad, que aquí se vuelve lo más valioso", apuntó Quintana.
"En esta cárcel la gente se agrupa de acuerdo a los ideales de cada uno, a la forma de pensar y enfrentar este trance. Particularmente no quiero problemas y trato de plegarme a quienes comparten el anhelo de salir lo antes posible para volver con la familia", añadió.
La vida en el Centro de Rehabilitación Santa Ester (Banda del Río Salí), más conocido como la Cárcel de Mujeres, está llena de sufrimientos. La mayoría de las internas extraña a su familia y pide a gritos que se aceleren las causas por las que están presas.
Angustia
Mientras pasea por los amplios jardines del penal con su bebé en brazos, una interna cuenta que está muy angustiada. "Hace más de un año que estoy presa. Tengo otros cinco hijos que están lejos y no los puedo ver. Ahora tendré que esperar otro año para ver si avanza la causa", cuenta la joven madre. Como ella, hay muchas internas en la misma situación. Por ejemplo, Ema Gómez, acusada por el crimen del juez de Menores Héctor Agustín Aráoz, hace tres años que está presa y todavía no hubo juicio por la causa. Tendrá que esperar hasta el año que viene para saber si la Justicia le dicta el cese de prisión (pedido que hizo su defensor Mario Mirra) por haber permanecido detenida más de dos años sin ser enjuiciada.
Según confirmaron varias fuentes, algunas pueden esperar hasta más de cinco años para que se resuelvan sus procesos penales. "Aquí hay muchas madres que necesitan estar con sus hijos y los jueces no les dan importancia", se quejó una interna, que tiene ocho pequeños.
"En comparación con la Cárcel de varones, esto es un lujo. Casi no hay problemas y vivimos en mejores condiciones y con más libertades. Estamos muy contenidas", coincidió un grupo de internas que tomaba mate en el jardín.
El hombre accedió a hablar con LA GACETA con la condición de que su identidad no fuera revelada. Lo hizo durante una de las salidas que realiza periódicamente del penal gracias al permiso extramuros del que goza. El es uno de los 871 internos que duermen en una celda de Villa Urquiza.
"Creo que a los chicos jóvenes no se los contiene bien y eso nos pone en peligro a todos. Porque son capaces de hacer cualquier cosa. Uno, que es más grande, sabe cómo moverse. Pero ellos no", aseveró. "También sería bueno que mejoraran los pabellones para que estemos más cómodos. Eso también va a ayudar a que haya menos tensión", agregó.
Héctor T. fue felicitado por las autoridades de la cárcel porque encontró $ 300 en uno de los talleres del penal y los devolvió. Dijo que por esa acción se siente orgulloso. "No creo que en Tucumán pase algo parecido a lo de Santiago del Estero (murieron 34 presos durante un motín). Aunque el edificio en el que estamos sea viejo, esté sucio y las celdas sean chicas, allá vivían como perros. Estaban cansados", comentó.
Respuestas
"El interno siempre quiere respuesta a sus inquietudes. Quiere que le digan sí o no. Lo que le disgusta o lo irrita es que no le digan nada, que lo mantengan en la incertidumbre", afirmó Fernando Quintana, condenado a cinco años de reclusión por ser partícipe de un robo, alojado en el penal de Concepción.
¿Cuáles son las causas que podrían llevar a una revuelta en la cárcel de Concepción? "Aquí adentro todos estamos cómodos. No hay superpoblación. Además, la comida es buena y abundante. Hay desayuno a las 6 y a las 9, almuerzo, merienda y cena. El que quiere hacer más llevadera su condena tiene que ajustarse a la disciplina que rige aquí. En mi caso, me hice a esa idea, como una forma de acercarme más a mi libertad, que aquí se vuelve lo más valioso", apuntó Quintana.
"En esta cárcel la gente se agrupa de acuerdo a los ideales de cada uno, a la forma de pensar y enfrentar este trance. Particularmente no quiero problemas y trato de plegarme a quienes comparten el anhelo de salir lo antes posible para volver con la familia", añadió.
La vida en el Centro de Rehabilitación Santa Ester (Banda del Río Salí), más conocido como la Cárcel de Mujeres, está llena de sufrimientos. La mayoría de las internas extraña a su familia y pide a gritos que se aceleren las causas por las que están presas.
Angustia
Mientras pasea por los amplios jardines del penal con su bebé en brazos, una interna cuenta que está muy angustiada. "Hace más de un año que estoy presa. Tengo otros cinco hijos que están lejos y no los puedo ver. Ahora tendré que esperar otro año para ver si avanza la causa", cuenta la joven madre. Como ella, hay muchas internas en la misma situación. Por ejemplo, Ema Gómez, acusada por el crimen del juez de Menores Héctor Agustín Aráoz, hace tres años que está presa y todavía no hubo juicio por la causa. Tendrá que esperar hasta el año que viene para saber si la Justicia le dicta el cese de prisión (pedido que hizo su defensor Mario Mirra) por haber permanecido detenida más de dos años sin ser enjuiciada.
Según confirmaron varias fuentes, algunas pueden esperar hasta más de cinco años para que se resuelvan sus procesos penales. "Aquí hay muchas madres que necesitan estar con sus hijos y los jueces no les dan importancia", se quejó una interna, que tiene ocho pequeños.
"En comparación con la Cárcel de varones, esto es un lujo. Casi no hay problemas y vivimos en mejores condiciones y con más libertades. Estamos muy contenidas", coincidió un grupo de internas que tomaba mate en el jardín.









