07 Octubre 2007 Seguir en 
A los 32 años, el actor Manuel Garavat asegura que el teatro le gustó siempre y que cada vez que sale a escena siente una suerte de "orgullo aguerrido" que lo guía hasta el final. Hijo del destacado actor Juan Carlos Torres Garavat, Manuel ha protagonizado algunas de las más destacadas obras de los últimos años.
-¿Por qué decidiste ser actor como tu padre?
- El teatro es algo que siempre me gustó. Cuando una obra me pega fuerte, me entra una sensación de orgullo aguerrido, algo así como de viejo guerrero en desventaja, que se infla de orgullo cuando alguien ataca lo que ama. En este caso, el teatro. Asi es que un día decidí que mientras otros son hinchas de River o de Boca, yo sería hincha de tal o cual actor. Entonces fue surgiendo lo que Baglietto llama, ?las ganas de estar allí, de jugar a ser...?"
-¿La actuación es algo que se lleva en los genes?
- Creo que actuar es jugar. Jugar a creer que se puede volar sin morir de envidia de Peter Pan. Y eso es algo que todos llevan dentro. Lo que pasa es que la sociedad es muy dura y no todos pueden zafar. Hacen falta médicos, herreros y otra clase de profesiones. Además nos enseñan que el ridículo es lo peor que le puede pasar al hombre, entonces es muy difícil que alguien se quiera subir a unas tablas disfrazarse y pintarse la cara.
- ¿Tu padre te incentivó para que actuaras?
- No, todo lo contrario. El amaba esto, y el teatro viene perdiendo feo con la televisión. El lo sufría mucho. Pero suspendió unos ensayos para morirse, asi que lo que escribía con la mano lo borraba con el codo. Yo tenía un papá que era héroe de aventuras, ¿cómo no seguirlo? Si no quería incentivarme, evidentemente, le erró, cosa muy propia de un buen padre.
- Una anécdota de tu padre que te haya marcado...
- En la primera escena de una obra, mi padre debía poner un pie en un aparador y saltar por una ventana. Los técnicos, para hacerle una broma, no clavaron ese aparador a la ventana. Entonces papá se cayó con tanta mala suerte que se fracturó la tibia y el peroné. El grito que dio en escena sonó como parte de la obra y su renguera en las escenas posteriores eran lógicas al salto anterior, así que nadie se dio cuenta. Hasta que al final, cuando cayó el telón, se desmayó.
-¿Por qué decidiste ser actor como tu padre?
- El teatro es algo que siempre me gustó. Cuando una obra me pega fuerte, me entra una sensación de orgullo aguerrido, algo así como de viejo guerrero en desventaja, que se infla de orgullo cuando alguien ataca lo que ama. En este caso, el teatro. Asi es que un día decidí que mientras otros son hinchas de River o de Boca, yo sería hincha de tal o cual actor. Entonces fue surgiendo lo que Baglietto llama, ?las ganas de estar allí, de jugar a ser...?"
-¿La actuación es algo que se lleva en los genes?
- Creo que actuar es jugar. Jugar a creer que se puede volar sin morir de envidia de Peter Pan. Y eso es algo que todos llevan dentro. Lo que pasa es que la sociedad es muy dura y no todos pueden zafar. Hacen falta médicos, herreros y otra clase de profesiones. Además nos enseñan que el ridículo es lo peor que le puede pasar al hombre, entonces es muy difícil que alguien se quiera subir a unas tablas disfrazarse y pintarse la cara.
- ¿Tu padre te incentivó para que actuaras?
- No, todo lo contrario. El amaba esto, y el teatro viene perdiendo feo con la televisión. El lo sufría mucho. Pero suspendió unos ensayos para morirse, asi que lo que escribía con la mano lo borraba con el codo. Yo tenía un papá que era héroe de aventuras, ¿cómo no seguirlo? Si no quería incentivarme, evidentemente, le erró, cosa muy propia de un buen padre.
- Una anécdota de tu padre que te haya marcado...
- En la primera escena de una obra, mi padre debía poner un pie en un aparador y saltar por una ventana. Los técnicos, para hacerle una broma, no clavaron ese aparador a la ventana. Entonces papá se cayó con tanta mala suerte que se fracturó la tibia y el peroné. El grito que dio en escena sonó como parte de la obra y su renguera en las escenas posteriores eran lógicas al salto anterior, así que nadie se dio cuenta. Hasta que al final, cuando cayó el telón, se desmayó.










