Aquel niño de domingo

Una análisis de Federico Abel, Redaccion LA GACETA.

31 Julio 2007
Una análisis de Federico Abel, Redaccion LA GACETA.

Es estrictamente cierto: frente a la monumentalidad de su cine, su prosa parecía pequeña. Pero se equivoca el que no vea en ella el escenario en miniatura -y en palabras- de las obsesiones -y temores- que solía exorcizar por medio de la pantalla. ¡Porque los fantasmas de Ingmar Bergman sí que eran tan densos como atendibles!
Ningún libro (suyo o ajeno) puede opacar esas maravillas filosóficas que son "El séptimo sello" o "Fanny & Alexander". Sin embargo, el que extrañe sus películas no lo sentirá tanto si se encierra -como si se tratara de un castillo inexpugnable- en esa sabia trilogía que conforman sus novelas "Las mejores intenciones", "Conversaciones íntimas" y "Niños del domingo".
Absolutamente autorreferenciales, en esas obras, con la ayuda de su eficaz pluma de dramaturgo, desanda la mortificante relación entre sus severos padres. Lo desconsuela no entender por qué, como decía Martín Lutero (él era hijo de un estricto pastor protestante), había que tener mucho cuidado con las buenas intenciones que producían desastres. Con su testaruda impronta, Bergman presenta a los personajes como terminantes, de decisiones fatales, sin marcha atrás. Eso es, quizás, lo que explica que los resultados de sus vidas sean traumáticos y la felicidad, una broma teológica. A las mismas conclusiones, claro, ya había llegado por el cine -y como el fruto de una fría teorización- en "Escenas de la vida conyugal".
Bergman repetía que el cine o era documento o era sueño. Resulta curioso: en el plano de la escritura, se había propuesto documentar su vida (su insobornable memoria, más bien) en "La linterna mágica" y en "Imágenes", sus supuestas autobiografías. No obstante, igual o más lo son las novelas mencionadas, en las que los sueños devienen racionales pesadillas.
Ayer, Bergman cometió la descortesía de dejarnos solos. Dios, al que lo vinculaba una cercanía tan estrecha como desconfiada, le jugó la mala pasada de llevárselo un lunes. Justo a él, que se creía especial por haber nacido un domingo.