Pronto cumpliré 45 años de médico. Pero la vocación, creo, nace mucho antes del diploma. Nace cuando uno todavía es estudiante y entra por primera vez a una guardia y descubre que, detrás de cada enfermo, hay una historia que espera. En aquellos años, en Tucumán, estaban el Centro de Salud, el Hospital Padilla y el Hospital de Niños. Allí hacíamos nuestras primeras armas: tomar la presión, canalizar una vena, hacer una historia clínica, suturar una herida, ayudar en una operación, preparar una mesa de instrumental. Era el abecé de la medicina, aprendido junto a médicos que enseñaban con el ejemplo. Tuve la fortuna de ingresar a la guardia de los días sábado del Hospital Padilla, cuyo jefe era el doctor Efraín Henry Cartagena Lepeletier, gran ser humano y excelente cirujano de urgencias. Lo acompañaban el doctor José Usandivaras y la doctora Rosa Pasqualini, junto a un notable equipo, entre ellos los doctores Alejandro Pérez y Rodolfo Nella, terapista y neurocirujano, respectivamente. Allí concurríamos los estudiantes de los últimos años de Medicina a realizar guardias de 24 horas: primero como practicantes de ingreso, luego como practicantes menores y finalmente como practicantes mayores. Entrábamos a las ocho de la mañana del sábado y muchas veces salíamos a las ocho del domingo, sin dormir. Era una verdadera escuela de medicina, donde aprendíamos al lado de quienes ya habían recorrido ese camino. El grupo de practicantes estaba integrado, y apelo aquí a mi frágil memoria, por los entonces estudiantes Julio Dantur, Marcela Ortiz Mayor, Alfredo Córdoba, Máximo Marchetti, Susana Viñuales, Carlos Ballesteros, Enrique Maturana, Silvia Barrionuevo y María Esther Egües, y tantos otros cuyos nombres sería interminable enumerar. Éramos un buen grupo de estudiantes que consagrábamos los sábados al aprendizaje. Lo hicimos durante tres años consecutivos. Cuando recibimos el título de médicos y dejamos aquella guardia, llevábamos un buen bagaje de conocimientos, pero también algo quizá más importante: haber aprendido la medicina junto al enfermo y al lado de quienes ya la ejercían. Una de aquellas guardias quedó para siempre en mi memoria, como quedan algunos sucesos que nos impactan hondamente y que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose quizá en lo más conmovedor que nos tocó presenciar en toda una vida de médico. Fue en septiembre de 1980, cuando estalló el poliducto de YPF en Puma Pozo. El ducto Campo Durán-Buenos Aires atravesaba Tucumán. Hubo diez muertos, numerosos heridos y viviendas destruidas. Las llamas alcanzaron unos cuarenta metros. Después se supo que una creciente había arrastrado piedras que dañaron una válvula del poliducto. Pero ninguna explicación técnica puede transmitir lo que vimos aquella tarde en el Padilla. Llegaron quemados con lesiones que comprometían el 80 y hasta el 90 por ciento de la superficie corporal. Recuerdo los cuerpos, la piel acartonada, el olor. Recuerdo aquella sensación, difícil de explicar, de estar frente a un sufrimiento que la medicina apenas podía aliviar. Nunca había visto algo semejante. Nunca volví a verlo. Con los años elegí una especialidad clínica y seguí recorriendo el largo camino de la medicina. Atendí a miles de pacientes y aprendí que hay enfermedades que pueden controlarse o curarse y otras ante las cuales solo queda acompañar. Pero aquella tragedia permanece en mí como permanecen ciertas imágenes que el tiempo no consigue borrar. Hoy, cuando me acerco a cumplir 45 años de médico, vuelvo con la memoria a aquella guardia de septiembre. Mi recuerdo para los diez que perdieron la vida y para todos los heridos de aquella tragedia. Y mi gratitud para aquellos médicos, enfermeros y practicantes que estuvieron allí, haciendo lo que la medicina nos enseña desde el primer día: estar junto al que sufre. Algunas guardias terminan al amanecer. Otras duran toda la vida. Me recibí de médico el 28 de septiembre de 1981.
Juan L. Marcotullio
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