Sería un cambio histórico

Punto de Vista. Por Luis Rosales, experto en relaciones internacionales profesor de la Universidad del Salvador.

09 Octubre 2005

En estos días se discute la ampliación de Europa. Un tema del que se viene hablando desde hace tiempo y que fue cumpliendo un plan estricto e implacable.
Los socios fundadores de esa hasta hace poco utopía que es la Europa unida, fueron abriendo el club y expandiéndose rápidamente hacia el Este. Una vez caído el Muro de Berlín, fueron sumándose una a una las naciones que antes fueron satélites de Moscú. Se incorporaron realidades muy disímiles en forma acelerada. Parecía una verdadera carrera hacia los Urales.
Esta vorágine europeísta parecía no detenerse hasta que, con motivo de los referendos aprobatorios de la nueva Constitución continental, se encendieron algunas luces de alerta, precisamente en algunos de los países originarios: Francia y Holanda. Este ritmo vertiginoso había comenzado a generar algunos anticuerpos en la Europa más tradicional.
Ahora se abre un capítulo más polémico aún. Ya no se trata de Eslovaquia o Estonia, naciones de larga tradición y cultura europeas, sino de la mismísima Turquía. La heredera de aquel impresionante Imperio Otomano, que llevó la cultura y religión islámica a los umbrales de Viena. Un país complejo y muy diferente a la media continental, por costumbres, religión y prácticas políticas. ¡Se vienen los turcos!, era sinónimo de terror en la Europa Central del siglo XVIII y XIX. El Viejo Continente terminaría limitando al Este con Irak y tendría por primera vez en su seno a una nación de religión mayoritariamente no cristiana. ¿Podrá finalmente Europa incorporar un miembro tan distinto? ¿Lo tolerarán las masas europeas desencantadas y temerosas con la pérdida de la identidad originaria? De hacerlo, asistiríamos a un paso muy importante para la humanidad: podría probarse que el modelo exitoso de desarrollo con democracia y libertad, no es privativo exclusivamente del mundo occidental. (Exclusivo para LA GACETA)