09 Octubre 2005 Seguir en 
Si las conversaciones para incorporar Turquía a la Unión Europea (UE) llegan a buen puerto, se constituirá un espacio multicultural y multirreligioso realmente sin precedentes. Turquía, con sus 70 millones de habitantes, en su gran mayoría musulmanes, será -en una década- el país más poblado de la región, superando a Alemania. Los turcos se asociaron a la Comunidad Económica Europea en 1963 y comenzaron a solicitar ser aceptados como miembros de ella en 1987. En diciembre de 1999 el país fue aceptado como candidato para ingresar a la UE.
Mientras todo se dilataba, Turquía hizo sus principales "deberes", de modo de poder mostrarse compatible con los "valores esenciales" europeos. Reorganizó y ordenó su economía, abriéndola, decidió abolir la pena de muerte y mejorar su situación doméstica en materia de libertades civiles y políticas y de derechos humanos. Permitió a la minoría kurda educarse y utilizar su propio idioma. Sin embargo, aún no asumió sus responsabilidades por el genocidio de los armenios (en tiempos del Imperio Otomano). Ni reconoció a Chipre, cuya mitad griega es miembro de la UE desde 2004. En Turquía la situación de la mujer es mucho mejor que en el resto del mundo islámico, pero hay terreno para avanzar con nuevas reformas.
Paradójicamente, la propia UE enfrenta hoy una profunda crisis de identidad y es en ese marco de notoria inestabilidad institucional que las negociaciones con Turquía deberán conducirse.
No será fácil contentar a más de la mitad de la población europea que se opone al ingreso de Turquía, temerosa de que la pobreza propulse una gigantesca ola de frustrados inmigrantes musulmanes que decida buscar fortuna más allá de la frontera de su país de origen. El gran promotor de la apertura de las conversaciones fue el desprestigiado líder galo Jacques Chirac, pese a que seis sobre diez franceses están en completo desacuerdo con él.
Ahora, en diez años deberán pulirse rispideces y encontrar mecanismos de cohesión. Sin -por ello- renunciar a la diversidad de las partes, que quedó en evidencia cuando, al brindar por la feliz apertura de las negociaciones, los europeos lo hicieron con el tradicional champaña y los turcos -en cambio- con jugo de naranja. Todo un símbolo. (Exclusivo para LA GACETA)
Mientras todo se dilataba, Turquía hizo sus principales "deberes", de modo de poder mostrarse compatible con los "valores esenciales" europeos. Reorganizó y ordenó su economía, abriéndola, decidió abolir la pena de muerte y mejorar su situación doméstica en materia de libertades civiles y políticas y de derechos humanos. Permitió a la minoría kurda educarse y utilizar su propio idioma. Sin embargo, aún no asumió sus responsabilidades por el genocidio de los armenios (en tiempos del Imperio Otomano). Ni reconoció a Chipre, cuya mitad griega es miembro de la UE desde 2004. En Turquía la situación de la mujer es mucho mejor que en el resto del mundo islámico, pero hay terreno para avanzar con nuevas reformas.
Paradójicamente, la propia UE enfrenta hoy una profunda crisis de identidad y es en ese marco de notoria inestabilidad institucional que las negociaciones con Turquía deberán conducirse.
No será fácil contentar a más de la mitad de la población europea que se opone al ingreso de Turquía, temerosa de que la pobreza propulse una gigantesca ola de frustrados inmigrantes musulmanes que decida buscar fortuna más allá de la frontera de su país de origen. El gran promotor de la apertura de las conversaciones fue el desprestigiado líder galo Jacques Chirac, pese a que seis sobre diez franceses están en completo desacuerdo con él.
Ahora, en diez años deberán pulirse rispideces y encontrar mecanismos de cohesión. Sin -por ello- renunciar a la diversidad de las partes, que quedó en evidencia cuando, al brindar por la feliz apertura de las negociaciones, los europeos lo hicieron con el tradicional champaña y los turcos -en cambio- con jugo de naranja. Todo un símbolo. (Exclusivo para LA GACETA)








