En días pasados ocurrieron cruces de declaraciones entre dirigentes industriales y funcionarios del gobierno nacional. Pero entre ellas hubo expresiones confusas.
Por ejemplo, un vicepresidente de la UIA se quejó del atraso cambiario, que perjudicaría a la producción nacional frente a la importada porque significa un dólar más barato de lo que compensaría la inflación doméstica y entonces bienes importados más baratos así como menos ingresos de los posibles para el sector exportador. Ahora bien, tomando la información del Banco Central el atraso al viernes era de catorce por ciento en el promedio de las monedas más relevantes para el comercio exterior, pero de siete por ciento con respecto al dólar. ¿Es mucho o poco? No hay una respuesta objetiva, pero pueden señalarse algunas cosas.
Una, que hubo mayores atrasos recientes. En 2015 la cotización del dólar se movió entre 20 y 25 por ciento abajo del equilibrio y en 2023 hacia 16 por ciento abajo. Con menos quejas, tal vez porque la “menor competitividad” era compensada con energía subsidiada, que llevó a emisión e inflación, que a su vez generó tasas de interés negativas y por lo tanto licuaba deudas pero desincentivaba otorgar créditos.
Otra, que no hay una catarata de importaciones. Hace 20 años que, no interesa quién gobierne, ellas rondan el quince por ciento del PIB. ¿Tal vez antes eran soportadas porque se compensaban con permisos o cupos otorgados arbitrariamente para la compra de divisas o la introducción de bienes?
Además, cifras ya mencionadas en otra ocasión, en 2025 las importaciones representaron un quince por ciento del PIB, y las de bienes de consumo el quince por ciento de ellas. Por lo tanto, las de bienes de consumo fueron el 2,25 por ciento del PIB. Como el consumo representó un 85 por ciento del PIB lo importado llegó al 2,6 por ciento del consumo total. Eso es, la inmensa mayoría del consumo local es de bienes argentinos, no foráneos. Por su parte, las importaciones de bienes de capital, insumos de la producción y piezas y accesorios fueron 61 por ciento de las importaciones, es decir 9,15 por ciento del PIB. Ya que la formación bruta de capital fue 20 por ciento, esas importaciones representaron casi el 46 por ciento de las inversiones. Sin importaciones no habría industria.
Más detalles: el precio del dólar podría ser menor si no hubiera compras del Banco Central, de modo que no corresponden críticas por una política de atraso deliberado. Si la cotización no sube más es por la oferta debida a exportaciones crecientes, a lo que habrá que adaptarse.
Claro que hay importaciones que afectan a sectores específicos y cuando ellos hicieron integración vertical entre producción y comercialización hay un impacto evidente en la fábrica y la cadena minorista propia (porque a un comerciante independiente debería darle lo mismo vender nacional que importado), pero no se puede generalizar.
Y si todo se solucionara con dólar caro bastaría con devaluar y está claro que eso no funciona. La productividad aumenta por factores reales, no cambiarios. Por supuesto, existen problemas. Pero si el foco está en el dólar y las importaciones entonces no se está apuntando bien y por lo tanto no se trabajará por una solución de fondo.
Al respecto, una posibilidad (señalada por dirigentes industriales) es reducir impuestos. Pero téngase en cuenta que pedir menos impuestos es aceptar recortes del Estado. Sería incoherente pretender menos tributos y un Estado grande. Las alternativas al ajuste son más emisión de dinero y su consecuente inflación, o más deuda pública y su resultado de mayor tasa de interés y menos oferta crediticia para el sector privado. Salvo que se pretenda crédito subsidiado, nada recomendable. Además, el gobierno ya redujo retenciones a las exportaciones de productos industriales de modo que hay pasos dados. Puede ser útil trabajar más ese terreno con las provincias sin olvidar que muchas veces incumplieron pactos en ese sentido o violaron su espíritu.
Un punto relacionado, aunque fuera del cruce aquí aludido, es que “la gente no llega a fin de mes”. Pero, ¿quién es “la gente”? Porque no es cierto que todas las personas sufran tal percance. Por lo tanto, no es “la gente” sino parte de ella. Salvo que se quiera decir que “gente” son sólo quienes no llegan a fin de mes, lo que sería tautológico y sectario. ¿Quienes sí llegan no son “gente”?
Hay dos aproximaciones posibles. Una considera la línea de indigencia, que estima el monto requerido para comprar sólo el mínimo de alimentos necesarios para sostener el cuerpo. De quienes tienen un ingreso inferior efectivamente puede decirse que no llegan a fin de mes porque no les alcanza ni para comer lo suficiente. Pero son cada vez menos. En el segundo semestre de 2023, según el Indec, los hogares bajo la línea de indigencia eran 8,7 por ciento y las personas 11,9. Para el segundo semestre de 2025, 4,8 y 6,3 por ciento respectivamente. O sea, la situación no es generalizada ni creciente.
La segunda aproximación toma a quienes no pueden mantener su nivel de vida. No llegan a fin de mes… para vivir como antes. Su problema es que deben realizar ajustes y sobre los motivos puede decirse mucho. Pero no debe dejarse de lado si desarrollaban actividades cuyo auge derivó del proteccionismo o la emisión de dinero, o si su gasto se debió a subsidios o al dólar atrasado. En tales casos deberían tener consciencia de que Argentina es un país empobrecido, condición que fue sincerada, no producida, por este gobierno. Por cierto, es una situación negativa y peor si implica bordear la línea de pobreza, pero a muchos la connotación dramática de la frase original no les cabe.
Como dijo el dirigente aludido al comienzo, la economía no es sólo inflación. Pero bajarla es fundamental y hacerlo no es veloz ni indoloro en una economía con tantas distorsiones como había.







