Tiene número Puma, fue campeón de Italia después de cinco años en Europa y ahora tiene una promesa por cumplir en Los Tarcos
El tercera línea tucumano lleva cinco años en Italia, viene de conquistar un título histórico con Valorugby Emilia y, mientras atraviesa una lesión, ya piensa en el cierre de su carrera: “El día que me retire, un año tengo que jugar en Tarcos”.
Resumen para apurados
- El rugbier tucumano Santiago Portillo fue campeón en Italia con Valorugby Emilia y prometió regresar a la Argentina para retirarse en su club formador, Los Tarcos.
- Tras integrar seleccionados nacionales juveniles y superar lesiones que frenaron su paso por Jaguares, Portillo se consolidó como profesional durante cinco temporadas en Italia.
- Tras recuperarse de una lesión lumbar, el tercera línea definirá si renueva en Europa o anticipa su regreso a Tucumán para sumarse a Los Tarcos junto a su familia.
Santiago Portillo todavía no había nacido y Los Tarcos ya ocupaba un lugar en su historia. Su madre estaba embarazada de ocho meses cuando decidió ir a la cancha para ver una de las definiciones. “Mi mamá siempre me dice: ‘Si ese día no te parí, fue una locura’”, contó entre risas, aunque esa breve anécdota explica su vínculo con el "Rojo". Después llegó todo lo demás: una infancia prácticamente instalada en el club, dos Mundiales juveniles, Argentina XV, la oportunidad de Jaguares que una lesión frustró, el salto al profesionalismo, cinco años en Italia y, finalmente, un campeonato histórico con Valorugby Emilia. A los 30 años, sin embargo, Portillo empieza a imaginar que el último capítulo deberá escribirse exactamente donde comenzó el primero. “El día que me retire, un año tengo que jugar en Tarcos. De que voy a volver en algún momento, lo voy a hacer seguro”, aseguró.
La posibilidad todavía no tiene fecha. Portillo está iniciando su sexta temporada en Italia y siente que físicamente tiene rugby por delante. El año pasado cambió de club después de cuatro temporadas en un equipo acostumbrado a transitar entre la mitad y la parte baja de la tabla. Valorugby lo sedujo con una ambición distinta: quería ser campeón. El objetivo parecía enorme para una institución que llevaba 80 años sin siquiera alcanzar las instancias decisivas del campeonato, pero terminó cumpliéndose. “Fue algo histórico acá en Reggio Emilia. Una locura”, resumió.
La dimensión de aquella conquista se entendió mejor fuera de la cancha. Reggio Emilia es una ciudad en la que el fútbol y el básquet suelen ocupar el centro de la escena deportiva y el rugby aparece varios escalones por detrás. Sin embargo, el equipo fue arrastrando gente durante la temporada hasta provocar algo desconocido después de la final. “Durante cinco días íbamos al centro o a los bares y la gente nos frenaba: ‘Ustedes son los campeones de Italia, increíble lo que lograron’. Eso no nos había pasado durante todo el año. Fue un boom”, recordó. Valorugby había conseguido algo que nadie había logrado antes y Portillo formaba parte de ese equipo.
El título se convirtió en uno de los grandes logros de su trayectoria, aunque existe una conquista que todavía coloca por encima. “Mi sueño como jugador siempre fue salir campeón con el club. Incluso antes de decir ‘quiero jugar en algún seleccionado nacional’. Para mí salir campeón con Tarcos fue tocar el cielo con las manos”, afirmó. Su vínculo con el “Rojo” excede largamente los partidos que disputó. Su padre fue jugador y durante su infancia el club funcionó prácticamente como una segunda casa. “Me acuerdo de ir a las ocho de la mañana y volver a las nueve de la noche. Estaba 15 o 16 horas ahí molestando. Conozco a todos: al policía, al que vende, al del bar. Mi infancia la pasé ahí. Para mí el club lo es todo”, explicó.
La espina que dejó el alto rendimiento
Antes de construir una carrera profesional en Europa, Portillo estuvo cerca del máximo nivel del rugby argentino. Jugó dos Mundiales juveniles, integró Argentina XV y apareció en el radar de Los Pumas y Jaguares. El salto definitivo, sin embargo, siempre encontró algún obstáculo. En una convocatoria recibió una suspensión posterior a un partido por una acción de juego y no pudo incorporarse. Más tarde apareció una oportunidad con Jaguares, pero llegó lesionado. Había decidido seguir jugando pese a las molestias y, al realizarse los estudios, descubrió que el problema era considerablemente mayor. Tuvo que detenerse durante seis meses.
“Siempre me pasaban cosas. Yo lo pensaba como si no estuviera hecho para jugar a ese nivel”, reconoció. Con los años cambió su manera de interpretar aquellas situaciones. Ya no adjudica todo a factores externos. “La mentalidad que tengo ahora me hubiese gustado tenerla cuando era chico. Hay una cuestión mental de la juventud y de no saber llevar esos momentos. Si hubiese tenido esta mentalidad de chico, creo que me comía el mundo”, sostuvo.
La frase resume una de las contradicciones que todavía aparecen al revisar su carrera. Portillo asegura que no se arrepiente de nada, pero admite que existe una cuenta pendiente. “Si bien tengo número Puma, me hubiese gustado jugar un partido consciente de decir: ‘Jugué un partido con Los Pumas’. Eso quedó pendiente”, señaló. La persecución de aquel sueño había empezado mucho antes. En su último año de colegio calcula que asistió a apenas 80 de unos 200 días de clases. El resto se repartió entre viajes, concentraciones, seleccionados y entrenamientos. No fue a Bariloche y tampoco compartió muchos momentos con sus amigos. La intensidad de aquella etapa todavía aparece, incluso, de una manera insólita. “Mi esposa se ríe porque a veces me levanto agitado pensando que no terminé el colegio. Esa es mi pesadilla”, contó. No cambiaría la elección: “Hay cosas que uno deja de lado para apuntar a esto. No me arrepiento”.
El difícil camino para vivir del rugby
Su recorrido también le permitió conocer una realidad que atraviesa a muchos jugadores tucumanos: la enorme distancia entre destacarse en el rugby local y conseguir vivir del deporte. “Es difícil. Tiene mucho que ver con los contactos y también con un poco de suerte”, explicó. Haber pasado por seleccionados, franquicias o estructuras nacionales construye un currículum que facilita el ingreso a Europa. Para un jugador que solamente cuenta con experiencia de club, las puertas son mucho más estrechas.
Italia se convirtió en uno de los destinos donde el argentino encontró mayor espacio. Los entrenadores valoran especialmente una característica que Portillo considera heredada del amateurismo. “Nos aprecian mucho por la dedicación y la pasión. Te cortás un tendón y querés jugar igual; se te sale un dedo y pedís que te lo acomoden porque querés seguir”, graficó. También existe una cuestión económica: contratar jugadores argentinos suele resultar más accesible para los clubes. Según explicó, un recién llegado puede cobrar entre 1.000 y 2.000 euros mensuales, habitualmente con vivienda y vehículo cubiertos, mientras que un jugador consolidado puede moverse entre los 2.000 y 3.500.
El crecimiento de esa migración también empezó a generar resistencia. Portillo calcula que la liga está compuesta aproximadamente por un 60% de italianos y un 40% de argentinos. “Hay gente del rugby italiano que está un poco cansada y dice que deberían fomentar más a sus jugadores”, reconoció. El problema, según su mirada, es más profundo. Considera que el rugby italiano atraviesa una crisis que se profundizó después de la pandemia: disminuyeron patrocinadores, recursos y público y varios clubes comenzaron a funcionar bajo esquemas semiprofesionales. A eso se suma una estructura juvenil que no siempre alcanza para alimentar a los planteles superiores.
Italia, la familia y un regreso preparado durante años
La experiencia europea también modificó su vida fuera del rugby. Portillo vive en Italia junto a su esposa y sus hijos y encontró una rutina mucho más estructurada que la que tenía en Argentina. Se levanta alrededor de las 6.50, entrena durante la mañana, regresa a casa cerca de las 14 y dedica la tarde a la familia: colegio, fútbol, natación o alguna salida. Cerca de las 21.30, generalmente, el día está terminado. “En Argentina se vive a 200 por hora. Acá es todo mucho más organizado”, comparó.
La adaptación tuvo sus costos. Los fines de semana hicieron sentir especialmente la distancia con familiares y amigos. El idioma también presentó dificultades, aunque eligió un método bastante particular. “Como buen cabeza dura, no fui a aprender italiano. Lo aprendí hablando con mis compañeros”, bromeó. Cinco años después, Italia se convirtió en su casa y el rugby en su trabajo, pero nunca terminó de transformarse en el lugar donde imagina su futuro definitivo.
Junto a su pareja fueron preparando paulatinamente una estructura en Argentina. “Si vuelvo, la idea es quedarnos con la familia. Tengo mis cosas armadas y el día que vuelva sé que no voy a estar mal”, explicó. No se trata, entonces, de una nostalgia improvisada. El regreso aparece desde hace años dentro del proyecto familiar y tiene un componente deportivo inevitable: Los Tarcos.
Desde Europa sigue al equipo, habla con personas del club y analiza su presente. Considera que el “Rojo” atraviesa un recambio después de la salida de varios referentes y que reconstruir una base amplia demandará tiempo. “Creo que el club en algún momento va a volver a encontrar el camino para ser protagonista, pero es un proceso un poquito más largo. No será de la noche a la mañana”, señaló. Su padre también analiza volver a involucrarse y Portillo no descarta hacer lo mismo después de retirarse.
Antes todavía quedan decisiones por tomar. Tiene contrato hasta el final de la temporada y percibe que Valorugby pretende renovarlo, aunque su prioridad inmediata es otra. Disputó el tramo decisivo del último campeonato lesionado y los estudios posteriores detectaron un importante edema en la zona lumbar y cercana a la pelvis. El dolor llegó a impedirle agacharse, saltar o realizar fuerza. Lleva más de un mes detenido y todavía tiene algunas semanas de recuperación por delante.
Después evaluará si permanece uno o dos años más en Europa o si llegó el momento de volver. No quiere colocarle una fecha artificial a una carrera que todavía disfruta. “El día que deje de divertirme dentro de una cancha, me retiro. Más allá de que hoy sea mi trabajo y me permita vivir, yo juego al rugby porque me gusta”, aseguró.
Portillo ya encontró en Italia aquello que fue a buscar: hizo del rugby una profesión, construyó una vida lejos de Tucumán y terminó levantando un campeonato que su club nunca había ganado. Los Pumas quedaron como aquella pregunta que posiblemente nunca tenga respuesta y Europa todavía puede ofrecerle algunas temporadas más. Pero hay una promesa que permanece intacta desde hace años. Antes de terminar, quiere regresar al lugar donde alguna vez entraba a las ocho de la mañana y salía cuando ya era de noche. Treinta años después de aquella final que su madre vio embarazada desde la tribuna, el círculo sólo podrá cerrarse de una manera: otra vez con la camiseta roja de Los Tarcos.







