Nuestra “vaca viva”: el bioetanol como futuro productivo del Norte Grande

Por Carolina Moisés - Senadora - Vicepresidenta del Senado.

IMPULSO. La senadora jujuña destacó los beneficios de la actividad.
IMPULSO. La senadora jujuña destacó los beneficios de la actividad.
Hace 1 Hs

Durante demasiado tiempo, la discusión energética argentina quedó atrapada en una falsa disyuntiva: petróleo o biocombustibles.

Como si desarrollar nuestros hidrocarburos significara necesariamente resignar el potencial de nuestras economías regionales. Como si hubiera que elegir entre Vaca Muerta y nuestros campos, entre energía y producción, entre desarrollo nacional y desarrollo federal.

Yo creo exactamente lo contrario: Argentina necesita petróleo y biocombustibles. Y necesita, sobre todo, una estrategia que aproveche todas sus riquezas.

Vaca Muerta representa una enorme oportunidad energética para nuestro país. Pero en el Norte Grande tenemos también otra riqueza que se renueva cada año: nuestra producción agrícola y agroindustrial. Una riqueza que nace de la tierra, genera trabajo, moviliza pueblos enteros y puede transformarse en energía. Es, en muchos sentidos, nuestra “vaca viva”.

Para quienes nacimos en el norte argentino, hablar de bioetanol no es hablar de una actividad secundaria ni de una alternativa coyuntural frente a los precios del petróleo. Es hablar de nuestra historia, de nuestras familias, de nuestros pueblos y de una estructura productiva que durante generaciones sostuvo a buena parte de nuestras provincias.

Como jujeña, crecí rodeada de cañaverales y conozco el peso que tiene la actividad azucarera en la vida de nuestras comunidades. La producción sucroalcoholera no termina en el ingenio: detrás de cada tonelada de caña hay productores, trabajadores, transportistas, técnicos, industrias y comercios que forman parte de una verdadera cadena de valor regional.

El bioetanol permitió dar un paso más: transformar esa producción en energía y agregar valor en origen.

Y esto no ocurrió por casualidad. Hace casi dos décadas, la Argentina tomó una decisión política fundamental al establecer un marco para el desarrollo de los biocombustibles. Me tocó participar de aquellas discusiones legislativas y también de los debates posteriores para garantizar la continuidad de esa política.

Durante mucho tiempo se quiso instalar la idea de que los biocombustibles no eran viables, que no tenían futuro o que nuestro país no estaba preparado para desarrollar una industria de estas características. Los hechos demostraron lo contrario.

Hoy existe una industria que genera empleo, atrae inversiones, incorpora tecnología y convierte la producción de nuestras economías regionales en energía argentina. Esa experiencia debería dejarnos una enseñanza: cuando existe una política pública sostenida, reglas claras y articulación entre Nación, provincias, productores e industria, podemos transformar nuestras capacidades productivas en desarrollo.

Por eso el desafío es decidir cuánto futuro queremos darle al bioetanol. No volver a discutir si el bioetanol tiene futuro.

Argentina necesita actualizar su Ley de Biocombustibles, establecer reglas previsibles y construir un horizonte de largo plazo que permita invertir, innovar y aumentar nuestra capacidad productiva.

Convergencia Mercosur

Y tenemos que mirar también lo que sucede en nuestra región. Los países del Mercosur vienen avanzando hacia una mayor participación de los biocombustibles en sus matrices energéticas, con porcentajes de mezcla superiores a los nuestros. Argentina fue pionera y no puede terminar quedándose atrás.

Necesitamos avanzar hacia una verdadera convergencia regional, elevar progresivamente los cortes y aprovechar plenamente la capacidad instalada que tenemos.

Porque tenemos con qué hacerlo. Tenemos recursos naturales, productores, conocimiento, industria, infraestructura y una enorme capacidad para articular al campo, la energía y las provincias detrás de una estrategia común.

Pero hay algo todavía más importante: tenemos la posibilidad de construir desarrollo federal a partir de lo que producimos en nuestro propio territorio.

El bioetanol representa justamente eso. No se trata solamente de reemplazar una parte de un combustible por otro. Se trata de preguntarnos qué hacemos con nuestra producción, dónde agregamos valor, dónde generamos empleo y quiénes se benefician del crecimiento económico.

Cada vez que transformamos la caña de azúcar o el maíz en energía, estamos haciendo algo más que producir combustible: estamos industrializando nuestra producción, fortaleciendo nuestras economías regionales y evitando que el valor generado en nuestras provincias se vaya sin dejar desarrollo.

Por eso considero que el debate sobre el bioetanol es también un debate sobre el federalismo productivo que queremos para la Argentina. No podemos pensar un país en el que las oportunidades de desarrollo energético y económico estén concentradas siempre en los mismos territorios. El Norte Grande tiene recursos, capacidad productiva y conocimiento para ser protagonista de la transición energética y del crecimiento argentino.

Desde el Bloque Convicción Federal entendemos que ese camino necesita políticas públicas concretas. Por eso estamos impulsando las herramientas legislativas necesarias para actualizar el marco vigente, darle previsibilidad al sector y construir una política de biocombustibles sólida, federal y de largo plazo.

Porque la Argentina del futuro no puede limitarse a extraer lo que tiene bajo la tierra. También tiene que saber transformar en energía, trabajo y desarrollo lo que produce todos los días sobre ella.

Esa es nuestra “vaca viva”. Y el Norte Grande tiene mucho para aportar a ese futuro.

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