Daniela Seggiaro, jurado del Festival de Cine de Tucumán: "Si algo está vivo, salta a la vista"

La directora salteña participó en la deliberación de los largometrajes argentinos y latinoamericanos. "La perspectiva indígena es clave para recuperar el sentido y el camino", afirmó.

EL OJO ESPECIALIZADO. “Lo vivo salta a la vista”, afirma Seggiaro.
EL OJO ESPECIALIZADO. “Lo vivo salta a la vista”, afirma Seggiaro.

Una película puede tener más recursos, mejores condiciones de producción o una maquinaria más grande por fuera de lo que se ve en la pantalla. Pero nada de eso garantiza que permanezca en el circuito de las salas de cine y sea vista. Para Daniela Seggiaro, hay algo que no se puede disimular: “Si algo está vivo, salta a la vista”.

Desde esa idea asumió su lugar como jurado de la competencia de largometrajes argentinos y latinoamericanos del Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo, que concluyó en la noche del domingo. La directora, productora y guionista salteña compartió la tarea con Mariana Bomba y José Villafañe. Juntos vieron, conversaron y discutieron producciones realizadas en contextos muy diferentes (hubo cinco seleccionadas por categoría, y las ganadoras fueron la peruana “Uyariy”, realización de Javier Corcuera en el campo internacional; y la nacional “Gente de la ruta”, de Lucas Koziarski).

No se trató solamente de decidir cuál era la mejor. Para Daniela, la deliberación también implicó preguntarse qué historias merecen espacio, desde dónde se filma y qué puede aportar un evento ubicado en esta región. “Llegamos a la instancia de deliberación con ideas de cine y con un criterio muy situado en lo que significa para nosotros este festival en el norte del país”, explicó. Desde ese lugar, el trabajo del jurado también puede servir para “correr los límites” de la producción cinematográfica, celebrar aquello que nace de “una cierta verdad” y hacer lugar a otras miradas.

Ese criterio está relacionado con su propio recorrido. La cineasta nació en Salta y estudió Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires, donde se formó también en Antropología Social. Su obra se mueve en el encuentro, y muchas veces en el conflicto, entre las identidades indígenas y el mundo occidental o criollo.

En esta edición, el festival reunió tres de sus trabajos en la muestra Latinoamérica es Indígena: “Nosilatiaj. La belleza”, “Husek” y “Senda india”. Estas películas atraviesan la lengua, las disputas por el territorio, el avance del llamado progreso y otras formas de vivir y comprender el monte chaqueño.

Un cine que mire desde otros lugares

Para la realizadora, prestar atención a quiénes somos no es una discusión abstracta. Es una forma de defender los territorios y recuperar autonomía. También supone revisar ideas instaladas que colocan a lo indígena y a la diversidad en el lugar de “lo otro”.

“La perspectiva indígena sobre las formas de estar y de habitar es clave para recuperar el sentido y el camino”, sostuvo en diálogo con LA GACETA. Esa búsqueda exige observación, pensamiento y trabajo colectivo. Es lo que intenta construir en sus películas.

La descentralización aparece como una parte fundamental de ese proceso. Cuando los filmes dejan de pensarse únicamente desde los grandes centros de producción, surgen voces que alteran las formas conocidas de narrar. A veces lo hacen desde la fragilidad o la sutileza, pero aun así consiguen modificar el panorama.

El desafío, señaló, es sostener esas experiencias incluso cuando los recursos se concentran cada vez más en pocas producciones. “Nos queda potenciar nuestra creatividad, buscarle la vuelta y seguir inventando para continuar la importante tarea de ampliar nuestras narrativas”, afirmó.

Elegir sin perder de vista las desigualdades

Ser jurado también obliga a reconocer que las películas no llegan en igualdad de condiciones. Algunas cuentan con grandes presupuestos, otras se construyen con equipos pequeños, tiempos limitados y numerosos obstáculos. Todo eso repercute en el resultado final.

Sin embargo, como jurado considera que la evaluación no puede quedar atrapada únicamente en esas diferencias. La atención debe dirigirse hacia aquello que la obra consigue activar, la verdad desde la cual fue filmada y su capacidad de acompañar al espectador después de la función.

Atendiendo a ese contexto, esta clase de fiestas no son solo competencias. Son lugares de legitimación, pero también de encuentro. Aunque la lógica de elegir ganadores puede resultar incómoda, si es entendida como un juego permite celebrar lo producido y fortalecer una comunidad cinematográfica que necesita reconocerse.

En un contexto nacional adverso por la retracción del Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales, los premios funcionan como un incentivo, pero no alcanzan por sí solos. Para continuar, dijo, hace falta cuidar la capacidad creativa, fortalecer el sector y mirar lo que se está haciendo. “Es sorprendente lo mucho que tenemos y a veces nos hacen creer que no hay nada”, advirtió. Por eso, valorar el cine propio y pensarse como parte de un colectivo también implica asumir una responsabilidad.

¿Cómo se sabe, entonces, que una película consiguió emocionar? La respuesta aparece después de que termina la proyección, cuando lo visto vuelve en una conversación, reaparece en el pensamiento y permanece en la memoria, advirtió. Por eso afirmó: “Necesitamos de esas influencias, de ese cine que nos acompañe porque, como decía Leonardo Favio, no se puede ser feliz en soledad”.

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