Los tremendos sucesos ocurridos en España y Francia, incendios donde perdieron la vida, la salud y los bienes materiales miles de personas, ponen en alerta los posibles riesgos al que se enfrentarán las ciudades. Este verbo conjugado en potencial ya es un presente doloroso, como una premonición cumplida inexorablemente. El gran profeta que vaticinó el fantasma y las consecuencias del cambio climático fue nuestro inolvidable Francisco con sus expresiones tan movilizantes en la “Laudate Deum” o Alaben a Dios (2023), donde afirma “ el Covid 19 ha demostrado que todo está conectado y que nadie se salva solo”. Al respecto me ha parecido atinente y esperanzadora la nota aparecida en LA GACETA el 26/07 sobre la Reforma del Código Urbanístico: “No hay que edificar menos, hay que edificar mejor. Y si esa edificación tuviese cubiertas verdes, balcones con vegetación o medianeras con enredaderas, la isla de calor va bajando”. Me pareció una idea estupenda de ciudad verde, con todo lo que ello aportaría para evitar el aumento del calentamiento global en las ciudades. No podemos desvincular las tragedias ambientales a las sociedades consumistas que han exacerbado el bienestar y la proliferación del consumo, creando necesidades ficticias en una parte de la población mientras otra parte escarba en la basura para poder comer. Tampoco podemos omitir el concepto de una salvación que es colectiva, nunca individual ni desligada de la conciencia social. En la Reforma del Código Urbanístico también se toca el tema del agua potable usada para lavar veredas o autos. No olvidemos los jacuzzis de los hoteles 5 estrellas, las obscenas piletas de natación de algunos countries mientras en barrios periféricos aún la red de agua potable es un anhelo incumplido. Es trillado aquel concepto de que la primera guerra de la humanidad fue por el fuego y la última será por el agua. Nadie se salva solo. Salvemos nuestras ciudades y a “todos, todos, todos”, como era el deseo del querido Francisco.
Graciela Jatib gracielajatib@gmail.com





