Boca está en los octavos de final de la Copa Sudamericana. En el papel, cumplió. En la cancha, volvió a dejar dudas. Necesitó una definición por penales para eliminar a O'Higgins (4-3 fue el resultado de la tanda, luego de un empate 1-1 en la serie), un rival que, por historia, presupuesto y jerarquía, estaba varios escalones por debajo. La clasificación le da aire a Rodolfo Arruabarrena, pero no alcanza para esconder un problema que se repite desde hace demasiado tiempo: este equipo sigue sin transmitir la sensación de que puede competir seriamente en el plano internacional.
El contexto convertía al partido en mucho más que un simple playoff. Era la primera final del segundo ciclo del “Vasco”, apenas en su cuarto encuentro como entrenador, y Boca llegaba golpeado por la goleada 3-0 sufrida frente a Riestra. Necesitaba una respuesta futbolística. Encontró apenas un resultado.
La derrota por 1-0 en los 90 minutos fue consecuencia de un error tan evitable como repetido. Nicolás Figal despejó mal, la pelota quedó viva dentro del área y Francisco González aprovechó el regalo para convertir. Boca volvió a pagar caro una desatención defensiva y dejó escapar la ventaja conseguida en La Bombonera.
A partir de ahí apareció el equipo que se ha visto durante gran parte del último tiempo: mucha obligación, poco juego. Empujó más por necesidad que por funcionamiento. Intentó, pero nunca dio la sensación de controlar la serie.
Y allí Boca encontró el alivio. La serie tuvo todos los ingredientes del dramatismo. Tomás Aranda quiso definir la clasificación con un penal picado y falló. Omar Carabalí le dedicó la atajada al juvenil “xeneize”. Miguel Brizuela convirtió el quinto penal chileno para estirar el suspenso, hasta que Lautaro Blanco asumió la responsabilidad. Sin mirar el contexto ni escuchar los gritos del arquero Carabalí, colocó la pelota junto al palo izquierdo y selló el 4-3 que evitó otro papelón internacional.
Sin embargo, una clasificación no modifica una tendencia. Desde la final de la Copa Libertadores 2023 perdida frente a Fluminense, Boca vive un ciclo de frustraciones continentales que todavía no consigue cortar. En 2024 quedó eliminado en los octavos de final de la Sudamericana ante Cruzeiro. En 2025 ni siquiera logró ingresar a la fase de grupos de la Libertadores tras caer con Alianza Lima en el repechaje. Y este año terminó tercero en su grupo de la Copa Libertadores, una posición que lo obligó a disputar este incómodo playoff para seguir con vida en la Sudamericana.
Ese recorrido explica por qué el festejo en Rancagua tuvo más alivio que alegría. Boca avanzó porque convirtió un penal más que su rival, no porque haya mostrado una evolución futbolística. El equipo sigue dependiendo de rendimientos individuales, continúa ofreciendo muy poco desde el juego y todavía está lejos de recuperar la autoridad que supo tener en el continente.
Los octavos de final representan una nueva oportunidad. También una advertencia. Porque el margen de error se terminó hace tiempo y los rivales que vienen exigirán mucho más que una clasificación sufrida por penales. Boca sigue en carrera. Pero si pretende volver a ser protagonista internacional, tendrá que empezar a ganar algo más importante que una serie: la confianza en su propio fútbol.









