¿Es necesario que las mujeres voten? El debate que volvió a instalarse y la advertencia de la ONU
Un informe de ONU Mujeres advirtió sobre el retroceso de derechos en distintas partes del mundo. Mientras crecen movimientos que cuestionan conquistas históricas, una pregunta que parecía pertenecer al pasado vuelve a aparecer: ¿qué tan irreversibles son los derechos?
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¿Es necesario que las mujeres votemos? Te spoileo mi conclusión: sí, es necesario. Y aunque parezca increíble que en pleno 2026 tengamos que volver a hacernos esta pregunta, hay razones para hacerlo. Acá te cuento por qué.
Las sufragistas probablemente nunca imaginaron que, más de un siglo después de aquellas marchas, alguien volvería a hacer esa pregunta.
Y, sin embargo, volvió. No ocupa todavía el centro del debate público ni representa una amenaza inmediata. Aparece en redes sociales, en algunos movimientos conservadores y en discursos que hace apenas unos años parecían marginales. Lo inquietante no es que existan. Lo inquietante es que hayan dejado de parecer improbables.
No porque mañana alguien vaya a quitarles el derecho al voto a millones de mujeres. Sino porque la historia demuestra que los derechos nunca quedan asegurados para siempre. Durante mucho tiempo se creyó que ciertas conquistas ya pertenecían al terreno de lo irreversible. Hoy esa certeza empieza a resquebrajarse.
En mayo, ONU Mujeres publicó un informe con una advertencia: el organismo alertó sobre un retroceso global de los derechos de las mujeres, impulsado por el debilitamiento de las democracias, el aumento de los conflictos armados, las crisis económicas y el crecimiento de movimientos organizados que cuestionan la igualdad de género.
Los datos ayudan a poner esa advertencia en perspectiva. A nivel mundial, las mujeres cuentan apenas con el 64% de los derechos jurídicos que tienen los hombres y, al ritmo actual, cerrar esa brecha demandaría alrededor de 286 años. En más de la mitad de los países, la violación todavía no está definida legalmente a partir de la ausencia de consentimiento. En casi tres de cada cuatro, el matrimonio infantil sigue estando permitido por la legislación. Y el 44% carece de normas que garanticen igual salario por trabajo de igual valor.
Pero quizás el cambio más profundo no esté solamente en los números.
En los últimos años comenzaron a ganar espacio discursos que reivindican un regreso a los roles que se suponen tradicionales de género. Las llamadas tradwives se hicieron populares en redes sociales mostrando una vida dedicada al hogar, la maternidad y el cuidado de la familia. Muchas simplemente comparten una elección personal, tan válida como cualquier otra. El problema aparece cuando esa elección deja de presentarse como una posibilidad y comienza a proponerse como el modelo que deberían seguir todas las mujeres.
En ese contexto cobró notoriedad Erika Kirk, una de las referentes de la organización conservadora Turning Point USA. Entre las ideas que promueven algunos sectores vinculados a ese espacio aparece el denominado "voto por hogar", un sistema que plantea que el sufragio deje de pertenecer a cada ciudadano para pasar a representar a la familia como una única unidad política. En la práctica, el hombre sería quien ejercería ese voto en nombre de su esposa y de sus hijos. Las mujeres solteras, por su parte, quedarían representadas por un padre, un hermano u otro familiar varón. Estas propuestas surgieron en Estados Unidos, un país con una larga tradición democrática e instituciones consolidadas, por lo que resulta difícil imaginar que una iniciativa de este tipo pueda avanzar con facilidad. Sin embargo, en una época atravesada por los sesgos y los algoritmos que amplifican determinados discursos y por redes sociales que muchas veces funcionan como cámaras de eco, incluso las ideas que parecían marginales pueden encontrar audiencias cada vez más amplias.
Hace apenas unos años, una propuesta semejante habría parecido una extravagancia sin posibilidad de trascender. Hoy circula, encuentra audiencias y forma parte de conversaciones públicas. Eso no significa que vaya a convertirse en ley. Pero sí muestra que aquello que parecía definitivamente resuelto volvió, al menos, a discutirse.
Y cuando un derecho vuelve a discutirse, conviene mirar la historia.
El caso más extremo es Afganistán.
Tras el regreso de los talibanes al poder, las mujeres fueron perdiendo derechos de manera gradual. Primero se restringió la educación de las niñas. Después se prohibió a las mujeres acceder a la universidad, trabajar en la mayoría de las profesiones, participar de la vida política y desplazarse libremente sin la compañía de un hombre en muchas zonas del país. También crecieron las restricciones para acceder a la atención médica y aumentaron los matrimonios infantiles y la violencia de género.
Nada ocurrió de un día para otro. Cada medida parecía una restricción más. Vista en perspectiva, terminó modificando por completo la vida de millones de mujeres.
Ningún país es como Afganistán. Las realidades políticas, culturales e institucionales son diferentes y las comparaciones simplifican procesos complejos. Pero ese caso deja una enseñanza que trasciende sus fronteras: los derechos también pueden retroceder.
Durante décadas la discusión giró alrededor de qué nuevos derechos faltaba conquistar. Hoy, en distintas partes del mundo, empieza a aparecer otra pregunta: cómo proteger aquellos que parecían definitivamente consolidados.
Por eso vale la pena volver al principio. ¿Es necesario que las mujeres votemos? Sí.
No solamente porque el voto permite elegir representantes. Sino porque simboliza algo mucho más profundo: el reconocimiento de que las mujeres son ciudadanas plenas, capaces de decidir por sí mismas y de participar de la vida pública sin que nadie hable en su nombre.
Las sufragistas no lucharon únicamente por depositar una boleta en una urna. Lucharon para dejar de ser consideradas ciudadanas de segunda.





