Durante casi 80 minutos Messi pareció un futbolista más; los últimos 10 nos recordaron que nunca lo será
Estuvo apagado, erró un penal y transmitió una imagen desconocida, pero le alcanzaron un centro y un gol para rescatar a la Selección. Después lloró y esas lágrimas dijeron mucho más que cualquier festejo.
Resumen para apurados
- Lionel Messi guio a Argentina a cuartos del Mundial al revertir un 2-0 ante Egipto con un gol y una asistencia en los últimos 10 minutos del partido tras fallar un penal.
- Tras jugar 80 minutos con un rendimiento bajo y fallar un penal, el capitán asistió a Romero y anotó el empate para desatar un emotivo festejo y el llanto de desahogo.
- La victoria ratifica el liderazgo de Messi y mantiene viva la ilusión argentina, aunque el equipo enfrenta el reto de mejorar su juego para poder defender el título mundial.
Hubo un momento, cuando el reloj empezaba a consumir los últimos minutos y Argentina seguía dos goles abajo en el resultado, en el que Lionel Messi dejó de parecer Lionel Messi.
Caminaba más de lo habitual, bajaba la cabeza, miraba el césped, había errado un penal, no encontraba espacios y en cada intento terminaba chocando contra una camiseta roja. Durante casi 80 minutos se lo vio apagado, desconectado, incluso golpeado anímicamente. Una imagen extraña en él. Casi desconocida. Como si, por primera vez en mucho tiempo, tampoco encontrara respuestas.
Porque esta vez no estaba solamente en juego una clasificación a los cuartos de final del Mundial, también estaba en juego la posibilidad de seguir escribiendo una historia que ningún argentino quiere que termine. Entonces, fue exactamente ahí cuando ocurrió lo de siempre.
Cuando el partido parecía escaparse definitivamente, cuando Egipto ya empezaba a acariciar la clasificación y cuando miles de argentinos cantaban más por necesidad que por convicción, Lionel volvió a encenderse. Messi volvió a ser Messi.
No necesitó un partido perfecto y ni siquiera una actuación brillante. Le alcanzaron apenas un puñado de minutos para recordar por qué sigue siendo diferente.
Primero dibujó un centro perfecto para que Cristian Romero descontara de cabeza. Cinco minutos después encontró una pelota suelta dentro del área, sacó un zurdazo furioso que reventó el travesaño antes de cruzar la línea y salió a gritarlo como pocas veces. No fue un festejo cualquiera; fue un desahogo. El de alguien que sintió, por un instante, que el Mundial se le escapaba de las manos.
Luego corrió hasta la última pelota del tiempo adicionado, persiguió rivales como si tuviera 20 años, empujó cada ataque, y cuando el árbitro marcó el final, ya no pudo contenerse. Lloró.
Lloró como lloran los que aman profundamente algo y creen que están a punto de perderlo.
Esas lágrimas no fueron por un gol, tampoco fueron por la clasificación. Para Messi fueron el desahogo de un hombre que, después de haber ganado todo lo que un futbolista puede ganar, todavía no está preparado para despedirse de la camiseta que más ama.
La imagen recorrió cada rincón del planeta. Mientras él intentaba secarse los ojos, sus compañeros lo rodearon. Lo abrazaron y después lo levantaron y lo revolearon por el aire como si quisieran devolverle, aunque fuera por un instante, todo lo que él les regaló durante tantos años. Nadie necesitó decir demasiado porque todos entendieron lo que significaba ese momento.
Lautaro Martínez fue quien mejor logró ponerlo en palabras. "Es nuestra guía, nuestro referente, nuestro líder", contó. Y después reveló una escena que dice mucho más que cualquier análisis táctico. "Lo vi emocionado y le dije que disfrutara este momento porque se lo merecía. Nosotros vamos a seguir dando todo, más que nada por él, porque es un monstruo y nos ha dado muchísimo", lanzó el “Toro”.
Mientras tanto, Julián Álvarez eligió otro camino, pero llegó al mismo lugar. "Ya no hay muchas palabras para describir el Mundial que está haciendo. Es impresionante. Tratamos de disfrutar cada momento a su lado. Es una leyenda, el mejor jugador del mundo y de la historia", aseguró.
Rodrigo De Paul, su fiel amigo dentro y fuera de la cancha, fue todavía más directo. "Tenemos un equipazo y tenemos al mejor del mundo", dijo. Y Cristian Romero recordó por qué este grupo nunca deja de creer. "El ejemplo más grande que tenemos en la cancha es ‘Leo’", sentenció.
Ellos conviven con Messi todos los días. Lo ven entrenarse, lo escuchan en el vestuario y lo conocen cuando las cámaras se apagan. Todos hablan de él de la misma manera. No solamente como el mejor futbolista del planeta, también hablan de un líder, de un faro, del hombre que sostiene emocionalmente a una Selección entera. Por eso, cuando Messi se apaga, Argentina también parece perder el rumbo
Contra Egipto ocurrió exactamente eso. Durante gran parte del partido se lo vio humano. Falló un penal, perdió pelotas que normalmente no pierde, no encontró sociedades, no pudo desnivelar en el uno contra uno y el equipo tampoco encontró el camino.
Pero bastaron un centro, un gol y un puñado de minutos para que todo volviera a cambiar.
Messi lleva ocho goles en cinco partidos. Llegó a los 20 en los Mundiales y sigue rompiendo récords como si fueran simples estadísticas. Pero ninguna de esas cifras alcanza para explicar lo que representa para esta Selección. Lo verdaderamente irremplazable no aparece en una planilla. Es la tranquilidad que transmite cada vez que toca una pelota. Es la certeza que les da a sus compañeros de que, mientras él siga ahí, siempre habrá una oportunidad más.
Después del partido, cuando le preguntaron por las lágrimas, volvió a responder como responde siempre. "Fue un desahogo. No queríamos que todo terminara hoy", dijo, y alcanzó una sola frase para entender por qué había llorado.
Porque, en el fondo, todos sentimos lo mismo. Todos sabemos que cada partido puede ser el último de Messi con la camiseta argentina; que cada juego puede ser el punto final de una era histórica; que cada abrazo puede empezar a parecerse a una despedida y que, inexorablemente, cada vez quedan menos páginas por escribir. Quizás por eso sus lágrimas conmovieron tanto.
Porque durante casi 80 minutos Messi pareció un futbolista más, pero los últimos 10 alcanzaron para recordarnos que nunca lo será. Y también porque mientras él siga ahí, mientras siga emocionándose como un chico y cargando sobre los hombros la ilusión de todo un país, Argentina seguirá creyendo que cualquier sueño es posible.
















