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Un hombre de setenta años viste un delantal rústico de carpintero en el invierno de 1845, en una casa modesta de Boulogne-sur-Mer donde el frío del canal de la Mancha se cuela sin pedir permiso. Está encorvado por las secuelas de reumatismos feroces y una úlcera que no le da tregua. Tiene las manos ennegrecidas de aserrín y barniz. Con paciencia de orfebre, ajusta la cerradura de un mueble astillado, limpia el marco de una marina al óleo pintada por él mismo y acomoda los pinceles sobre un mesón de trabajo. No viste charreteras ni empuña el corvo. Apenas si sostiene un té caliente para calmar las puntadas en la boca del estómago, mientras su nieta juega en un rincón y Mercedes, su hija, entra a recordarle que no se sobreexija. Ese anciano que parece un artesano de pueblo es el estratega que partió en dos la geografía del continente; el mismo al que los manuales escolares convirtió en un busto de yeso o bronce sin que se analice a fondo quién fue ese hombre reducido a la espada.
“Cuando San Martín se alejó de la vida militar y los campos de batalla, se dedicó a cultivar su relación con su hija Merceditas. Era un hábil artesano de la madera y tenía un taller donde fabricaba y reparaba objetos útiles e incluso pequeños muebles y juguetes para las muñecas de sus nietas”, apunta la historiadora tucumana Cecilia Guerra Orozco, licenciada, magíster en Historia, especialista en Independencias Iberoamericanas y exdirectora del Museo Nacional Casa Histórica de la Independencia. Añade que la música y los libros eran su otro refugio cotidiano: tocaba con destreza la guitarra española y atesoraba una biblioteca voluminosa con volúmenes de historia, filosofía, religión, táctica militar y náutica que trasladaba a lomo de mula a través de los Andes.
Cuando el bronce limita
Con la historia argentina pasa un fenómeno curioso: cuanto más bronce le tiran encima a un prócer, más sospechas genera la maniobra. Nos acostumbraron al "Santo de la Espada", esa fórmula canónica que Bartolomé Mitre cinceló en su fundacional Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana. Un héroe aséptico, químicamente puro, un semidiós militar despojado de contradicciones, pasiones terrenales y, sobre todo, de pensamiento político. Pero congelar a un hombre en la estampa ecuestre del cruce cordillerano suele ser el truco más eficaz de la marquesina del relato oficial de la historia para no mirar lo que vino después: el desgarro, el barro de la política criolla y la soledad más implacable.
Guerra Orozco advierte con precisión cómo esa mirada mitrista del siglo XIX distorsionó su verdadera dimensión: “se presentó a San Martín como un mero instrumento de acción militar, un ejecutor de tácticas sin pensamiento político propio ni ambición de estructurar el Estado. La mirada mitrista ocultó, en cierto modo, su faceta como estadista y su rol como Protector del Perú, donde implementó reformas sociales como la abolición de la mita, el tributo indígena y la libertad de vientres para los esclavos, demostrando una clara militancia por una patria justa y soberana”. La historiadora remarca que la idea romántica del santo de la espada terminó desdibujando su ideario de patria grande junto a Simón Bolívar y encubrió una realidad más áspera: su retiro del Río de la Plata no fue un gesto romántico y pasivo, sino el resultado de una aguda pulseada política y del profundo descontento con los sectores de Buenos Aires, que le retacearon fondos deliberadamente para culminar la campaña.
El karma de las tragedias personales
Detrás de la armadura hubo un tipo de carne y hueso que cargó con tragedias demoledoras. Como detalla la investigadora, Remedios de Escalada -víctima de tisis desde la infancia- murió el 3 de agosto de 1823 a poco de cumplir 26 años. Había conocido a José en una de las tertulias porteñas organizada por su padre, presentados por Carlos María de Alvear (“un miembro de la sociedad local con un perfil altísimo, extrovertido, que contrastaba con el carácter parco del recién llegado José”). Se casaron en 1812. Cuando San Martín inició su plan militar en el Río de la Plata, Remedios se sintió sola, aunque siempre supo que la vida de la esposa de un soldado no era más que acompañamiento en silencio. Estuvo con él en Mendoza, pero cuando comenzó el cruce de los Andes regresó a Buenos Aires con su hija. Quiso acompañarlo a Chile, pero su salud quebrada no se lo permitió.
Cuando agonizaba en Buenos Aires, San Martín supo del delicado estado de su esposa, pero acorralado por el hostigamiento del centralismo porteño y ante el fundado temor de ser atrapado y ajusticiado si volvía a la ciudad, escribió desolado a Nicolás Rodríguez Peña confesando que su ánimo estaba “agitado” y su paz “perturbada”. Remedios falleció en soledad. San Martín confesó entonces un dolor definitivo: “uno puede conformarse con la pérdida de una mujer, pero no con la de una amiga”. Llegó tarde al camposanto; solo pudo mandar a tallar una lápida austera de mármol que todavía interpela: “Aquí descansa Remedios de Escalada. Esposa y amiga del General San Martín”.
Tras ese golpe debió enfrentarse a la aristocracia de los Escalada para rescatar a su hija de siete años. Como ha documentado Felipe Pigna en La voz del gran jefe, Mercedes se había criado entre los caprichos y privilegios de una élite consentida por su abuela materna, doña Tomasa de la Quintana. Recomponer ese vínculo filial desde cero, en medio del frío europeo y con los bolsillos flacos, fue una batalla más compleja que Chacabuco o Maipú. Las famosas Máximas para mi hija redactadas en Bruselas en 1825 no son un decálogo moralista para cartelera de escuela primaria; son el grito y la brújula ética de un padre solo, enfermo y desterrado, que intentaba salvar a su hija de la vanidad cortesana y enseñarle el amor a la verdad, la tolerancia religiosa y la dignidad de la sencillez.
Desarmando mitos
Desarmar el mito del estratega despolitizado es una deuda historiográfica impostergable, según una parte de la “biblioteca” e los historiadores. Investigadores como Tulio Halperín Donghi explicaron con lucidez cómo la gesta sanmartiniana fue, antes que nada, una comprensión estructural del tablero continental: entendió que si la revolución no destruía el núcleo duro del poder realista en Lima, las provincias rioplatenses estaban condenadas a la asfixia. Fue también un estadista lúcido e incómodo. Como bien plantea Norberto Galasso en Seamos libres y lo demás no importa nada, San Martín legisló para los sectores populares y los pueblos originarios en Perú, abolió los tributos coloniales, declaró la libertad de vientres y proyectó modelos de monarquías constitucionales porque conocía el paño criollo y temía que la anarquía derivara en republiquetas atomizadas gobernadas por facciones voraces.
Por eso su autoexilio no fue una deserción ni una capitulación. Como señala Pacho O'Donnell al repasar el desprecio de las élites, el poder de Buenos Aires -con Bernardino Rivadavia a la cabeza- no le perdonó jamás que se negara a desenvainar su sable contra los caudillos del Interior en la guerra fratricida. Lo trataron de conspirador, de ladrón de caudales, le abrieron la correspondencia y buscaron ensuciarlo por el uso terapéutico del láudano con el que intentaba mitigar los dolores inhumanos de su úlcera perforada. Murió lejos, sostenido por la generosidad de su amigo Alejandro Aguado y mirando obsesivamente el mapa de su tierra, como consta en el cruce epistolar con Juan Manuel de Rosas, a quien llegó a legar su sable corvo por la defensa de la soberanía nacional en la Vuelta de Obligado.
Esa negativa terminante a intervenir en las luchas intestinas encierra una vigencia que interpela de lleno a nuestro presente. En una carta dirigida a José Gervasio Artigas, San Martín estampó una sentencia que desarma cualquier pretensión sectaria: “Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad. No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas…”.
“Me parece que es una inmensa enseñanza en tiempos en los que se fomenta la violencia y las divisiones entre los ciudadanos. Debemos aprender de la grandeza de San Martín que resignó muchísimo en pos de no colaborar con las divisiones entre hermanos. Fue un acto de una inmensa grandeza que cobra vigencia y un sentido importantísimo en nuestro presente”, reflexiona Guerra Orozco.
Recordar a San Martín cada agosto no debería reducirse a un trámite burocrático de discursos escolares y feriados acomodados. Hay que bajarlo del pedestal inalcanzable y devolverle la dimensión del hombre que prefirió el destierro, el taller de carpintero y la intemperie antes que manchar sus laureles en la sangre de sus propios hermanos. Quizás ahí, en esa terca y solitaria ética de la renuncia, resida la verdadera lección que todavía nos cuesta aprender.







