Hay un cambio en la economía argentina que se siente puertas adentro de las empresas bastante antes de aparecer en los discursos. La inflación mensual se acomodó cerca del 2%, después de venir de dos dígitos hace dos años, y dejó de ser la preocupación que ordenaba todo. Con ella se fue una compañía silenciosa que muchos teníamos al lado sin terminar de registrar.
Durante años, la inflación funcionó como una cortina. Tapaba cosas. En una empresa rendía más saber cubrirse que saber vender; convenía tener stock antes que plata y anticiparse al dólar antes que ocuparse de la operación. Una buena parte de la rentabilidad venía de cómo uno se paraba frente a los precios.
Ahora esa cortina no está. Y queda a la vista lo que antes pasaba a escondidas.
El desorden que se toleraba hoy se paga. La información que faltaba y se reemplazaba con intuición ya no alcanza para sostener una decisión. Lo que se podía postergar empezó a tener vencimiento. La rentabilidad volvió a salir de la economía real: vender, manejar bien la operación y los costos, ser bueno en lo que hacés, diferenciarte.
Los números acompañan la sensación. Un relevamiento reciente de la Fundación Observatorio Pyme muestra que siete de cada diez empresas vieron subir sus costos por encima de sus precios, y que apenas el cuatro por ciento logró que el precio fuera adelante.
Lo más incómodo de este momento es también lo más útil. Este contexto es una auditoría gratis: sin cobrarte nada, te muestra con precisión dónde estabas parado en falso.
Pensá en algo tan cotidiano como poner un precio. Durante años la regla fue sencilla: calculabas el costo, le sumabas un margen para cubrirte de lo que venía, y remarcabas. Con la inflación moviéndose cerca del 2%, esa receta dejó de alcanzar. Hoy equivocarte por unos pocos puntos te manda para cualquiera de los dos lados: quedás caro y el cliente se va a la competencia, o quedás barato y licuás tu propio capital de trabajo sin darte cuenta. La misma decisión que antes se resolvía de memoria ahora pide criterio, información y toma de decisiones oportuna.
Lo que distingue a una empresa en esta etapa es la calidad de las decisiones que toma de ahora en adelante, recomiendo no encarar esa tarea en solitario, rodearse de personas capacitadas con una mirada objetiva e información de calidad.
Y acá hay algo que importa. Decidir bien empieza antes de que el contexto apriete, en un momento bastante menos heroico: cuando alguien se sienta a ordenar lo que parecía no urgente. A poner por escrito lo que se sabía de memoria. A medir lo que se intuía. A mirar números que durante años no hicieron falta porque la inflación los maquillaba.
Cuando hablo de ordenar no me refiero a nada sofisticado. Es saber, de verdad, qué margen deja cada producto y cada cliente. Es entender cuánto te cuesta atender a la cuenta que más facturás, que muchas veces no es la que más te deja. Es saber a dónde se va la plata cada mes en lugar de intuirlo. Cosas que durante años se llevaban en la cabeza del dueño y funcionaban, hasta que el contexto dejó de perdonar el cálculo aproximado.
Tres factores
Hay preguntas que hoy valen más que cualquier pronóstico, y se las dejo a cualquiera que esté manejando una empresa. ¿Qué parte del negocio dejó de cerrar sin la inflación que la sostenía? ¿Qué decisión se volvió impostergable y veníamos pateando? Es de suma importancia analizar cada unidad de negocio teniendo en cuenta 3 factores: rentabilidad, riesgo y esfuerzo Se tiende a analizar solo la rentabilidad, sin tener en cuenta las otras dos, pero tal vez son las más importantes porque de eso depende que el negocio sea sostenible en el tiempo o no. El que las puede contestar con números encima de la mesa ya está mejor parado que la mayoría.
Y hay un premio concreto para el que hace ese trabajo, más allá de dormir tranquilo. El crédito para producir volvió a estar disponible, después de un par de años en que la tasa lo volvía impagable. La puerta se abre para las empresas que pueden mostrar sus números ordenados: son las que hoy están tomando ese oxígeno para invertir, mientras las demás lo miran pasar.
Desde acá, trabajando todos los días con empresas de la región, esto se ve con una claridad particular. Buena parte del entramado productivo del norte son empresas familiares que crecieron con el olfato de su dueño y con relaciones de años. Ese olfato sigue siendo un activo enorme. Lo que cambió es que ahora necesita apoyarse en información, porque el margen para corregir sobre la marcha se achicó. La empresa que suma método sin resignar su intuición es la que mejor va a transitar esta etapa, en Tucumán y en todo el NOA.
El cambio de contexto inflacionario nos muestra la realidad de nuestros costos y nuestra eficiencia. Las decisiones que se tomen a partir de esta “auditoría” dependen ahora de cada empresa.










