LIMA, Perú.- Keiko Fujimori aventajaba levemente a Roberto Sánchez en los sondeos a boca de urna, en un reñido balotaje presidencial en Perú, marcado por la inestabilidad y la criminalidad.
Con 23% de los votos contabilizados, el recuento provisorio daba anoche una diferencia a favor de Fujimori de 232.000 votos: el 52,5% (2.390.737), contra el 47,4% de Sánchez (2.158.272).
Unos 27 millones de electores estaban llamados a escoger presidente para un mandato de cinco años, el noveno presidente en una década, tras una caída récord de gobernantes.
Ninguno tiene mayoría legislativa. Quien gane la presidencia deberá tejer alianzas si quiere concluir su mandato, opinó el analista Jeffey Radzinsky.
El ganador sustituirá a partir del 28 de julio al mandatario interino José María Balcázar.
Fujimori, hija del ex mandatario Alberto Fujimori (1990-2000), que estuvo preso por delitos de lesa humanidad, enfrentó en su cuarto intento de llegar a la presidencia al heredero político del ex presidente Pedro Castillo, también preso, en su caso por el fallido autogolpe de Estado de 2022.
Las mesas de votación cerraron a las 17 locales (19 de Argentinsa) tras una jornada sin mayores incidentes a diferencia de la caótica primera ronda plagada de fallos técnicos y denuncias de fraude.
Keiko, de 51 años, apeló al legado ambivalente de su padre, quien estabilizó la economía, derrotó a la insurgencia, pero fue acusado de crímenes contra poblaciones rurales y pobres de Lima, en medio de la represión a las guerrillas. Sánchez, congresista y ex ministro de 57 años, reivindicó la herencia campesina de Castillo. Como muestra de lealtad, esperó los resultados a boca de urna en la cárcel donde está recluido su mentor, a quien prometió indultar.
Los dos candidatos no superaron juntos el 30% en una primera vuelta, en abril, empañada por denuncias de fraude que aumentaron la desconfianza en las instituciones peruanas.
“Orden” y “equilibrio”
Bajo la palabra “orden”, Fujimori prometió prosperidad y advirtió del peligro del “comunismo”. “Voté por Keiko porque representa estabilidad. No le hemos dado oportunidad de gobernar”, declaró Luis Bernaola, técnico electrónico de 44 años.
Sánchez moderó su discurso de “cambio radical”, se distanció de los ultranacionalistas, y dijo que quiere una relación respetuosa con Washington. “Es importante el equilibrio de poderes. Le tengo más temor a Keiko que a Sánchez”, afirmó Juan Salas, comerciante de 32 años.
El izquierdista, que usa el sombrero que le regaló Castillo, acusa a Fujimori de ser parte de la “dictadura” del poderoso Congreso que derriba presidentes, donde ella tiene enorme influencia.
Sin afectar el balotaje, un juez lo envió a juicio, acusado de anomalías financieras en su partido. Si gana, tendría inmunidad, aunque es vulnerable ante un parlamento inclinado a la derecha.
Las extorsiones
Pese a la desilusión política, la mayor preocupación de los peruanos es la inseguridad en un país donde proliferan las bandas criminales y las denuncias de extorsión aumentaron nueve veces en cinco años.
“Eso es lo más crítico. Espero que acaben con la delincuencia”, aseguró Carlos Altamirano, un ingeniero de 49 años, luego de votar en su barrio, en el norte de Lima.
Fujimori receta mano dura: militarizar cárceles y zonas conflictivas, y expulsar migrantes para acabar -dice- con la “lacra social” con la “misma fuerza” con que su padre venció a la insurgencia en los años 1990.
Sánchez propone encarar la corrupción en la policía y la justicia, ante lo que denuncia como una complicidad de élites políticas con la criminalidad.
Su base social está en el campo empobrecido y abandonado, donde la inseguridad es menor.
Fujimori la tiene en Lima, que de 2020 a 2025 triplicó la tasa de homicidios, para llegar a un índice de 23 por cada 100.000 habitantes.
El ganador recibirá un Perú económicamente estable, con crecimiento del PIB de 3,4% y baja inflación. Pero siete de cada diez trabajadores están en la economía informal.
Fujimori defiende propuestas neoliberales, el respeto a la propiedad privada y la atracción de inversiones.
Sánchez ofreció alzas salariales y trató de tranquilizar a los inversionistas al prometer que mantendrá la apertura económica e independencia del estratégico banco central.









