El espectáculo de la guerra desde el avant-scène periodístico

El espectáculo de la guerra desde el avant-scène periodístico
Hace 3 Hs

Carlos Duguech

Analista internacional

Con los aún sorprendentes recursos con los que cuenta el periodismo -el que se expresa por cualquier medio a la consideración de la gente y en cualquier parte del mundo- parece estar configurando (miembro pasivo) una “alianza macabra”. Y ésta se corporiza -ya casi “naturalmente”- a la hora de mostrar y analizar, al detalle y en color y frecuentemente en el acto mismo del suceso, la realidad lacerante de la guerra.

La irrupción casi sin permiso de la IA, esa herramienta revolucionaria de poco menos que ilimitadas funciones, involucra a “santos y demonios”. Y lo hace sin distingos, exponiendo las miserias de las decisiones “políticas” de los “líderes” del mundo (de “una parte” del mundo) que hacen tabla rasa con lo que se tiene pensado y definido sobre el concepto de Humanidad. Más precisamente, de “raza humana”. Y como un oxímoron grotesco se muestran sin maquillaje y a la vez, humanos y antihumanos. ¿Qué otro calificativo para los señores Putin, Trump y Netanyahu (T&N) que llevan adelante planes de agresión como si fueran dioses de exterminio del mal (el del sistema gobernante de Ucrania, “filo-nazi” al decir del ruso, y el de los ayatolas iraníes, manifestado por el dúo de los líderes de EE.UU.-Israel. Las muertes de civiles no son “daños colaterales”, ese eufemismo de otro tiempo. Son daños buscados, logrados.

Y nosotros aquí, amontonándonos en este “avant-scène” para no perder ni una escena. Mientras, tras la función, las funciones, en el programa del espectáculo mundial de las guerras “por aquí y por allá”, se repite sine die, casi como “función de abono”. Lo de “casi” es tanto como para distanciar la realidad de lo deseable, para que tamaña deshumanización que provocan las decisiones de tintes absolutos de los dueños humanos del poder no escandalicen, todavía más, el lenguaje de fuego de los Putin, de los Trump y de los Netanyahu. Que deja en cenizas, paso a paso, la carne última de los muertos y los escombros de sus casas, de sus barrios, de sus pueblos.

Todo evoluciona… para mejorar. Pero las guerras, para empeorar. Sí, aparentemente, ésa es la conclusión natural que prevalece en las mesas de café o de vecinos que comentan sobre la actualidad. Sobre “lo que pasa en el mundo”. Cuando nos leen o miran la TV. En fin, sobre “esas desgracias de la Humanidad”. Claro, para los de una generación que sobrevuela en la franja etaria del último decenio, conocedor de un siglo con alguna noticia, en su tiempo de la IIGM, pudieron asombrarse de lo monstruoso de esas dos ciudades japonesas humilladas atrozmente. Y luego de haber sido elegidas entre cuatro (Kokura, Niigata, Nagasaki e Hiroshima) para que los EE.UU. pudieran comprobar cuánto valía, estratégicamente, un arma nueva, la bomba atómica” que acababan de hacer explotar en un laboratorio de Nevada (EEUU) el 16/07/1945. Pudieron probar, finalmente, dos bombas atómicas y descubrieron que era “eficaz como ninguna otra hasta entonces conocida”. Con semejante resultado (entre 210.000 y 250.000 víctimas fatales inmediatas y cientos de miles afectados de muy diversas formas por haber recibido efectos de las radiaciones atómicas, la “prueba de campo” se consideró un éxito. ¿“Éxito”, tantos cadáveres de adultos y niños japoneses fulminados por un fuego de infierno? Que no podía compararse con nada conocido. Conviene expresar que Japón estaba por entonces, desde los inicios de 1945, con sus fuerzas armadas en niveles de colapso por los bombardeos persistentes y masivos de su territorio y con la fuerza naval en situación de inoperancia total por las grandes pérdidas sufridas. Malísimo para el complejo de numerosas islas de Japón. Ello incidió malamente en ese imperio asentado sobre un complejo insular de variados y numerosos componentes.

Si algo fue característico de las guerras contemporáneas, las de hace unos pocos años, cinco v.gr., es la destrucción calculada de objetivos civiles y localizaciones donde habitan personas no combatientes. Hombres, mujeres y niños que engrosan las cifras que dan cuenta de las bajas masivas en Ucrania, Gaza, Irán y otras localizaciones en la Tierra. Reencarnan los bombardeos en la IIGM sobre ciudades sin miramientos: como en Dresde, Hamburgo, Leningrado, Varsovia, Londres, París, y en tantas otras. Y, como emblema de un hecho pernicioso como ninguno, la tragedia descomunal de “Hiroshima-Nagasaki”. El más numeroso asesinato colectivo de la historia de la Humanidad con sólo dos bombas. Suena distorsionado el ruido de la palabra Humanidad en este contexto.

“Campos de batalla”

Hubo un tiempo muy lejano de guerras en campos, planicies, montañas, sitios linderos o alejados de las ciudades. “Campos de batalla” que -distante de ser un eufemismo la denominación- describía a las claras el espacio y el hecho que se concretaba en él. Pero, desde de que las ciudades se instalaron, crecieron -y en muchos casos, hoy megalópolis- por yuxtaposición de núcleos urbanos en veloz desarrollo, las “usinas” del armamentismo mundial se empeñaron -más rápido que la evolución de los hechos mundiales- en lograr alta efectividad del sistema bélico. Aquello que le permitiese una más efectiva capacidad de destrucción de objetivos de cemento y acero (proyectiles perforantes), una mayor cantidad de logros de víctimas en espacios abiertos (Bombas de racimo). Todo ello con la asegurada provisión presupuestaria que le da continuidad de elaboración de portadores de esas bombas a distancia (misiles con ojivas, sean de crucero o balísticos). Usinas de producción de armamento y metralla, día y noche, robotizadas. Y, forzoso es señalarlo: sus presupuestos se nutren de las asignaciones del estado que es el que las demanda en sus programas de guerra “en cartera” o “en gestión”. Aquí calza una expresión del ex presidente de los EE.UU. Dwight Eisenhower que citamos en columnas anteriores, en su discurso de despedida de la presidencia (17/01/61): “Debemos cuidarnos de la adquisición de influencia injustificada, tanto solicitada como no solicitada, del complejo militar industrial”. No hace falta ser economista o avanzado conocedor de estrategias. Ese “Complejo” del que nos advierte Eisenhower está más robusto que nunca. EE.UU. tiene un presupuesto de guerra de un billón de dólares que representa un tercio del gasto militar mundial, según informes del Sipri (Instituto Internacional de Investigación para la Paz, de Estocolmo) en su Yearbook 2025. Si algo es más claro que el agua de lluvia es que los accionistas, el personal y los directivos que se nutren del “complejo militar industrial” no son “pacifistas”. Su “negocio” son las guerras. Su razón de ser.

Conclusión: señoras y señores, ningún tratado universal de paz, así sea inspirado en el célebre proyecto de “paz perpetua” del Abate de Saint Pierre, citado en “El crimen de la guerra”, o el de Emanuel Kant, prosperará mientras las usinas para la guerra se afanen en su producción. Cada vez más y mejor. Para destruir más y para matar más personas, donde quiera se hallen a la hora del impacto que logran sus armas. El “mercado” de la industria bélica forzosamente disparará sus estrategias de marketing y se ocupará de que los líderes tomen razón de ello.

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