Resumen para apurados
- El ícono del rock argentino Carlos "Indio" Solari falleció a los 77 años, generando una profunda conmoción nacional tras la pérdida del mítico exlíder de Los Redonditos de Ricota.
- Con una trayectoria que marcó a generaciones, Solari se consolidó como el profeta de multitudes y una de las figuras más influyentes de la cultura popular y el rock del país.
- Su muerte cierra una era dorada del rock nacional y abre un debate sobre su inmenso legado cultural, ubicándolo al nivel de mitos como Maradona, Spinetta o Gardel.
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“No sé por qué soy el Indio Solari”, confiesa el Indio, envuelto en la sugestiva penumbra de las entrevistas propuestas por Caja Negra. Será porque siempre estuvo claro el cuándo y el dónde del personaje/fenómeno que el propio Solari construyó con tanta pericia. Pero el por qué, ese azote existencial en el que indagan desde hace décadas sociológos de todo pelaje, es terreno de tantas interpretaciones como la poesía que el Indio escribió. Algo es seguro: a Solari el Indio se le fue de las manos hace largo tiempo para habitar en otro plano. Por eso este adiós no deja de ser una estación más de su viaje.
Si Solari rankea bien alto en el mapa de la cultura argentina contemporánea es porque supo calzarse el traje de demiurgo y ponerle orden al feliz caos que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota encarnaron en los tiempos fundacionales. De combo contracultural a prodigio de masas, la banda funcionó como tal en la medida que los lados del triángulo equilátero respetaron sus roles. Poli era el cerebro, Skay Beilinson el corazón y el Indio la sangre que fluía por el pogo más grande del mundo. Rota esa geometría, fue el Indio el que llevó a su carrera solista el núcleo de la misa ricotera. ¿Por qué?
Ahí estaba Carlos Solari, apenas veinteañero. El heredero de la tradición hippie platense, más interesado por la pintura que por la música, enamorado de los veranos en Valeria del Mar y de los poetas malditos que fueron alimentado su background. Y no obstante, de algún modo, ya estaba en marcha la más formidable de las transiciones. De Solari al Indio capaz de reunir más de 300.000 (¿400.000?) fieles con la excusa de un show, aquel 11 de marzo de 2017 en Olavarría.
¿Dónde radica la esencia de un ricotero? Seguramente en la indestructible mística colectiva que define su identidad, en el sentido de pertenencia, en rituales compartidos que trascienden el hecho artístico. Una comunidad desmesurada, omnipresente, plurigeneracional y, si se quiere, policlasista. Consciente de su presencia -el rostro, la pelada, los lentes- en un océano de remeras y banderas, el Indio se hizo cargo de esa bestia pop. Cargó con ella, la defendió, la representó. Con sus maneras, que fueron de lo más particulares.
El celosísimo cuidado de la intimidad, la reclusión en Parque Leloir, el hermetismo de sus movimientos; todo contribuyó a alimentar la complejidad del Indio y las críticas de sus numerosos detractores. Del clan Vitale y la tradición de MIA(Músicos Independientes Asociados) los Redondos mamaron gran parte de su sabiduría artística. Entre esas enseñanzas optaron por ajustarse a la regla del semáforo para relacionarse con los medios: luz roja para la TV, amarilla para la radio, verde para la gráfica. Dieron por primera vez la cara en una conferencia de prensa cuando un intendente -nuevamente Olavarría- censuró los shows que tenían programados en 1997. El bajo perfil del Indio aflojó cuando los Redondos bajaron la persiana y él creó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, momentos en los que ya todo se movía al ritmo de internet. Solari encontró su lugar en las redes, aunque sin renunciar al culto a la autogestión.
Más propensos al sarao que a la pompa rockera, los Redondos abrían sus presentaciones con delirantes monólogos a cargo de Mufercho primero y de Enrique Syms después. Con el tiempo el propio Syms destiló veneno contra el Indio y lo acusó de haberse desentendido de la suerte de Walter Bulacio, joven detenido antes de un recital de la banda y asesinado luego en una dependencia policial. Fue uno de los numerosos cargos con los que el Indio lidió: el de no cuidar debidamente a su público. Pero hubo muchísimo más. “Un kuka menos”, se leyó en numerosos posteos; “Viva el Parkinson”, escribieron otros. Expresiones propias de la grieta, condenatorias de la adhesión del Indio a CFK (y a Riquelme, para echar más leña). El Indio pudo haber prescindido de esa impronta peronista y bostera, asociada a una demagogia populista indigerible del otro lado de la trinchera. No lo hizo, claro.
Hay gente que dedicó -y sigue dedicando horas- a descifrar la poesía del Indio. Tesis, papers, libros; hay de todo. Para sus biógrafos suelen ser los capítulos más difíciles de abordar. ¿Qué quiso decir el Indio? Es “la” pregunta. Y el Indio, ladino, siempre supo jugar con esa ambigüedad, escondiendo historias o murmurándolas en potencial, invitando a imaginar de la mano de tantos flashes dispersos e ingeniosos que, unidos, podrían -sólo podrían- ser parte de un todo. Esa poética de metáforas sueltas, adjetivos punzantes e imágenes de rarísima belleza es uno de los legados más poderosos que Solari deja plantado en el imaginario nacional. Lo que significan corre por cuenta de cada uno.
A Gabriel Fulgado, productor de cuanto show se realizó en el NOA durante décadas, se lo llevó la pandemia. Una de sus anécdotas favoritas era la reunión con los Redondos en Buenos Aires. Estaban Poli, Skay y el Indio, discutiendo con él los detalles de lo que sería un gran show en Tucumán. Monteros era el escenario elegido. Por detalles la idea no cuajó, más allá de la buena voluntad de las partes. Una lástima. Y pensar que los Redondos debutaron oficialmente en un pub salteño, pleno 1976, y que el Indio volvió a la provincia vecina para tocar ¡dos veces! en el estadio Martearena (2009 y 2011). Fue lo más cerca de Tucumán que anduvo Solari. Afortunadamente, Skay no dejó los corazones ricoteros locales abandonados a su suerte y siempre es bienvenido. Estuvo en el Palacio de los Deportes el mes pasado.
Al influjo del Indio, millones de argentinos cantaron, saltaron, bailaron, se abrazaron, lloraron, rieron, se conmovieron, amaron; compartieron todas las emociones imaginables y muchas nuevas, paridas al calor de ese milagro que es la música hecha poesía y la poesía hecha música. Quienes comulgaron de esa suerte de devoción pagana están unidos al Indio ad infinitum. Pero siempre hay una pantalla más a la que avanzar y es la certeza de que el Indio invitó a pensar. No hay fórmulas en esto del arte, cada cual elige dónde y cómo pararse; qué decir y qué callarse. El Indio, con sus contradicciones a cuestas, surfeando entre la lucidez y la arrogancia inherente a su condición de estrella de rock, hilvanó un discurso, estructuró un pensamiento y nunca dejó de exponerlo.
Hace muy poco confesaba que no le temía a la muerte. Y aún así, aún así... aceptaba que la vida se le había escurrido demasiado rápido. Ese Indio vulnerable fue el íntimo, el que no muchos conocieron. Hablaba de lo inexorable de la decrepitud portando una máscara estoica, aunque por debajo se adivinaban las arrugas. Los miedos del Indio, sus inseguridades, todo lo que no se veía en el escenario, se incubó al calor de su familia en el caserón de Parque Leloir, por estas horas decorado con flores de infinitos colores.
Las comparaciones son absurdas. Alguien viralizó una imagen hecha con IA; un asado en el paraíso al que el Indio va acercándose. En primer plano figuran Luca Prodan, Cerati, Pappo, Spinetta y Maradona. “Ahí faltan Gardel, Perón, Evita, el Che, Borges y Discépolo”, postearon casi de inmediato. No son los únicos; la galería podría ser inabarcable. Personajes de toda laya que comparten una condición: salieron de la historia para convertirse en mito. Ahora le toca al Indio, al cabo de 77 años vividos con asombrosa intensidad. Él se lo buscó.








