Invisibles bajo gruesas capas de pintura, óxido, abandono y vandalismo, las esculturas del parque 9 de Julio parecían condenadas a una interminable agonía. Las trajo Juan B. Terán, empeñado como estaba en enriquecer Tucumán fundando universidades y vistiendo jardines. Un siglo más tarde, el plan municipal para rescatar las estatuas clásicas de la penumbra cultural evidencia resultados contundentes. Durante 2025 restauraron un lote de piezas de mármol; ahora son las de metal las que irradian belleza en el museo a cielo abierto emplazado a pocas cuadras de la plaza Independencia. Una belleza -tanta belleza- que enamora.
Meditación, El Orante, El Invierno, La Venus del Baño y Laocoonte y sus hijos ya se lucen a la vera de la avenida Paz Posse. En el taller, casi a punto, esperan ser reubicadas otras tres esculturas: Venus y Cupido, La Vestal, y Diana y Endimión. Detrás de ese trabajo hay meses de investigación, intervenciones especializadas y una tarea silenciosa a la que está abocada Eugenia Fagalde, licenciada en Artes Plásticas, docente y especialista en conservación patrimonial y restauración, formada en España y en Italia. Ella dirige técnicamente la tarea junto a un equipo interdisciplinario encabezado por el especialista metalúrgico Franco Carrizo.
Fagalde sirve de guía durante la recorrida matinal. Detalla nombres y pequeñas historias, revela trucos del oficio, explica procedimientos. Acaricia esas esculturas que, contempladas tan de cerca, parecen desprender de la superficie de hierro un brillo misterioso y magnético. Al parque lo domina la quietud, nada que ver con el bullicio de los fines de semana, cuando las esculturas quedan subsumidas por una marea humana poco propensa a cuidarlas o, al menos, a respetarlas.
“La idea es que sea un paseo escultórico. Por eso la misión del museo a cielo abierto es que el pueblo de Tucumán circule para llevarse una experiencia estética y cultural”, afirma Fagalde. El objetivo entra en tensión con hábitos nocivos. A pocas horas del emplazamiento de Meditación alguien apoyó un vaso sobre el pedestal y dejó una marca. Hay mucho por hacer en materia de educación.
Para conocer
Las esculturas cuentan con un origen común. Todas fueron realizadas por la célebre Fundición Val d’Osne, de París, una de las más importantes de Europa durante los siglos XIX y XX. Sus modelos, inspirados en la tradición grecorromana, fueron reproducidos y distribuidos en parques y espacios públicos de numerosos países. Claro que el paso del tiempo no fue benigno con las piezas tucumanas.
“Recibimos las esculturas en un estado de deterioro muy preocupante”, resume Fagalde. Décadas de repintes sucesivos ocultaron fisuras, reparaciones incorrectas y procesos avanzados de corrosión. La restauración comenzó con un exhaustivo relevamiento fotográfico y una investigación histórica. Luego llegó la limpieza mecánica especializada realizada por el equipo de Carrizo.
“Íbamos encontrando muchos problemas que no estaban diagnosticados. Estas esculturas ya habían sido intervenidas anteriormente”, apunta Fagalde. Aparecieron así dedos reconstruidos con estaño, piezas rellenadas con cemento, soldaduras inadecuadas y soluciones improvisadas. Fagalde no lo dice, pero las pruebas saltan a la vista: en muchos casos primó la chapucería.
Frente a eso, el criterio adoptado fue el de la mínima intervención, uno de los principios fundamentales de la restauración contemporánea. Se trata de trabajar con cuidado, sin ser invasivos salvo en casos desesperantes.
Protagonistas
El Orante alza los brazos hacia el cielo en una actitud de plegaria y contemplación. Durante años permaneció relegado en un sector interior del parque, lejos de las miradas y presa del deterioro. A pocos metros aparece El Invierno, representación de una mujer que intenta protegerse del frío y conserva una delicadeza sorprendente. Le sigue La Venus del Baño, con una historia particularmente complicada dentro del parque porque fue trasladada en distintas ocasiones. Pero la pieza más impactante del conjunto es Laocoonte y sus hijos, escena que representa al sacerdote troyano castigado por advertir a sus compatriotas sobre el peligro que escondía el célebre caballo de madera. Aparece siendo devorado por serpientes junto a sus hijos. “El original está en El Vaticano y es de mármol”, advierte Fagalde.
La clave para que todo esto funcione es la conservación preventiva. “No es que uno dice: ‘bueno, listo, lo coloqué y me olvido’. No se puede -enfatiza-. Las esculturas requieren controles permanentes, limpieza adecuada y reposición periódica de las capas protectoras”.
La última parte del recorrido conduce al taller. Allí descansan tres esculturas que se encuentran en la etapa final de restauración y que pronto se incorporarán al circuito. La primera es Venus y Cupido, destinada a ser emplazada cerca del bar Juana. A pocos metros espera Diana y Endimión, y más atrás está La Vestal, que impresiona por la serenidad de su expresión y por la complejidad técnica de sus pliegues.
El final obliga, inevitablemente, a volver al principio. A Meditación, víctima de un insólito robo allá por 2018 y de una milagrosa recuperación. Allí está, refulgente otra vez, en la puerta misma del parque. Invitando, desde la melancolía de su gesto y el esplendor de su renacer, a pensar en la importancia de esta historia que abraza a los tucumanos.











