Resumen para apurados
- Guillermo Chaves, un nadador argentino de 68 años que perdió un brazo en un accidente eléctrico, competirá en noviembre en el Mundial de aguas abiertas en República Dominicana.
- Tras sufrir una descarga de 13.200 voltios que le costó el brazo y superar una reciente cirugía cardíaca, Chaves aprendió a nadar con una sola extremidad y clasificó al torneo.
- Su participación en el Oceanman destaca como un ejemplo de superación y deporte adaptado, inspirando a nuevas generaciones a superar adversidades físicas y personales.
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Guillermo Chaves (68) aprendió dos veces a vivir. La primera, como todos. La segunda, cuando ya no tenía un brazo. En el medio hay una descarga eléctrica de 13.200 voltios, tres meses en una cama, un cuerpo que dejó de responder y una certeza brutal: o hacía algo, o se quedaba ahí. Quieto. Roto. Él eligió moverse. Hoy, más de tres décadas después de aquel accidente laboral que lo dejó al borde de la muerte, Chaves se prepara para competir en el Mundial de Oceanman, del 9 al 15 de noviembre en República Dominicana. Va a nadar en aguas abiertas. Con un solo brazo. Y con una historia que no entra en una categoría. “No me doy por vencido”, dice. Y no es una frase. Es un método.
Antes del agua, hubo otros caminos. Guillermo fue ciclista de ruta en su juventud, en Salta. Después el trabajo lo llevó al norte profundo, a Tartagal, a los pozos petroleros, a las usinas eléctricas que alimentaban de energía a pueblos aislados. El deporte quedó en pausa durante más de 20 años. Era ingeniero mecánico. Se dedicaba al mantenimiento electromecánico de centrales eléctricas diésel, en lugares en los que la luz no estaba garantizada. Cuando una máquina fallaba, lo iban a buscar a él. Cuando volvía la energía, también lo buscaban a él. Para agradecerle. Hasta que un día, su vida cambió por completo: recibió una descarga directa. El brazo no resistió. Tampoco el resto del cuerpo. Sobrevivió, pero salió del sanatorio siendo otro. “Era un tipo que había estado tres meses tirado en una cama, sin músculos, sin nada. Y dije: así no voy a ningún lado”, recuerda.
El regreso no fue heroico. Fue lento. Torpe. Empezó caminando. Después trotando por el barrio. Se anotó en una carrera de dos kilómetros. Llegó. Lo aplaudieron. Hubo música, gente, movimiento. Algo se encendió. Siguió. Cinco kilómetros.10. Asfalto. Después cerros. San Javier, Tafí del Valle, Salta. Se caía, se levantaba. Se golpeaba. Volvía. Hasta que el cuerpo empezó a pasar factura. Las articulaciones dijeron basta. Otra vez, el punto de quiebre.
La natación apareció por necesidad, no por vocación. “¿Qué deporte hago que no me rompa más el cuerpo?”, se preguntó. Y se tiró al agua. Había nadado de chico. Pero eso no alcanzaba. Ahora tenía que aprender de nuevo. Con un solo brazo. Primero fue el club Azucena, cerca de su casa. Un ambiente más familiar que competitivo. Después, el salto al club Central Córdoba. Ahí conoció a la entrenadora Silvia López. “Ella me envalentonó”, cuenta. Vio algo. Le propuso competir.
“Tenés que aprender a mirarte al espejo y darte cuenta que sos ese tipo ahora", dijo Chaves
Guillermo nunca usó su discapacidad como excusa. Tampoco como bandera. Se metió a la pileta con todos. Con jóvenes, con mayores, con los de su edad. De igual a igual. Pero antes tuvo que hacer otra cosa más difícil que nadar: aceptarse. “Tenés que aprender a mirarte al espejo y darte cuenta que sos ese tipo ahora. El que le falta el brazo”, dice. También tuvo que soportar las miradas. Al principio nadaba con remera. Vergüenza. Cicatrices. Exposición. Todo junto. Después la dejó.
El aprendizaje fue duro. Brazadas que no avanzaban. Desvíos contra la pared. Falta de equilibrio. Respiración desordenada. Frustración. “Es como dar manotazos de ahogado y no ir para adelante”, explica. Pero siguió. Siempre siguió. El paso a las aguas abiertas llegó casi sin plan. Una posta en Aguilares. Una experiencia en el dique. La sensación de estar cómodo en el agua. Y la decisión. Se anotó en el circuito del NOA. Compitió. Le fue bien. Volvió. Siguió yendo. Ganó.
En 2023 fue campeón en su categoría, mayores de 60. Pero más allá del resultado, encontró algo más profundo: un lugar. El cruce del dique Frontal, en Termas de Río Hondo, se convirtió en uno de sus desafíos favoritos. Largos recorridos, oleaje, basura flotando, troncos, ramas. Y rivales exigentes. “Ahí vamos palo a palo. Cachetada, cachetada. No podés aflojar”, describe.
La vida, sin embargo, no deja de proponer obstáculos. Hace dos años apareció en Argentina el Oceanman, una competencia internacional de aguas abiertas. Guillermo quiso estar. No pudo viajar a Neuquén. Después, en Córdoba, tampoco: un problema cardíaco lo dejó afuera. Otra vez el cuerpo detenido. Otra vez el inicio desde cero. Se recuperó. Volvió a entrenar. Se anotó. Se tiró al agua. Y esta vez pasó. Clasificó al Mundial. “Cuando me dijeron que estaba clasificado, me emocioné muchísimo”, dice.
La alegría es inmensa. Pero también aparece otra cosa: la exigencia. “El primero que me exige soy yo. No me puedo fallar”, indica. Guillermo no compite contra otros. Compite contra su propia historia. Para él, el objetivo es terminar la prueba. Nada más y nada menos. Cruzar la meta. Salir del agua. “Eso ya es un logro gigante”, afirma. Después, si se puede, buscará algo más. Un podio. Un reconocimiento. El premio mayor en su categoría. Pero lo importante es otro cierre.
No es una carrera más. Es la síntesis de todo lo que vino antes. Vivir con un solo brazo no es una anécdota. Es una rutina. Todos los días hay que aprender algo. Escribir. Comer. Vestirse. Trabajar. Abrazar. “Hasta aprender a abrazar a tus hijos”, dice.
Le pone humor a la vida
También hay lugar para el humor. Para desdramatizar. Para sobrevivir. En un bar, pide cubiertos “para zurdo”. O explica que corta la comida con una cuchara porque no puede usar cuchillo. Se ríe. Hace reír. Porque entendió algo clave: lo trágico necesita momentos cómicos para poder ser llevado.
Durante años, Guillermo recorrió pueblos del norte argentino llevando energía eléctrica. Instaló usinas. Reparó motores. Dirigió equipos. Era “el ingeniero que traía la luz”. Hoy, de alguna manera, sigue haciendo lo mismo. Pero en otro plano. Su historia ilumina. No por épica exagerada. Sino por persistencia. Por coherencia. Por no aflojar. Cuando le hablan a los jóvenes, no usa palabras dulces. Va directo. “Se quejan de lleno”, dice. “Tienen todo al alcance de la mano y no lo aprovechan”, remarca. Habla de oportunidades. De aprender. De pedir ayuda si hace falta. De no quedarse quieto. “Ya que hiciste 30 pasadas, hacé 31”, repite. Es su forma de decir que hay que ir un paso más allá. Siempre.
En noviembre, en República Dominicana, Guillermo Chaves va a entrar al mar con un solo brazo. Con más de 60 años. Con una operación cardíaca reciente. Con una vida entera encima. Va a nadar. Y cuando salga del agua, gane o no gane, va a haber terminado algo mucho más grande que una carrera. Va a confirmar, una vez más, que todavía está en movimiento. Y que eso, para él, es todo.







