Resumen para apurados
- Roland Garros 2026 quedó en París sin sus máximos favoritos tras la baja de Alcaraz por lesión y las prontas caídas de Sinner y Djokovic, dejando un cuadro totalmente abierto.
- Alcaraz se bajó por lesión, Sinner cayó ante Cerúndolo por problemas físicos y Djokovic fue eliminado al día siguiente, rompiendo el dominio absoluto de los últimos años.
- La salida de los líderes devuelve la incertidumbre al tenis masculino y genera una oportunidad histórica para figuras como Zverev, Ruud y las nuevas promesas del circuito.
Durante los últimos dos años, seguir un Grand Slam masculino se parecía cada vez más a ver una serie repetida. Cambiaban los escenarios, las superficies y los rivales, pero el desenlace solía ser el mismo: Carlos Alcaraz o Jannik Sinner terminaban levantando el trofeo. Roland Garros 2026 parecía encaminado a seguir ese libreto. Hasta que dejó de hacerlo.
La primera sorpresa llegó antes de que comenzara el torneo. Alcaraz, campeón defensor y uno de los grandes favoritos, se bajó por una lesión en la muñeca. La noticia alteró el cuadro, pero no modificó demasiado los pronósticos. Después de todo, quedaba Sinner. El número uno del mundo llegaba a París como el hombre más sólido del circuito, invicto en la gira de polvo de ladrillo y con una racha de 30 victorias consecutivas.
Por eso lo ocurrido ante el argentino Juan Manuel Cerúndolo fue mucho más que una eliminación. Fue un terremoto deportivo. El italiano ganaba con comodidad, tenía el partido controlado y parecía avanzar sin sobresaltos hacia la tercera ronda. Sin embargo, el calor, la deshidratación y los problemas físicos cambiaron por completo la historia. Cerúndolo encontró una puerta abierta y la atravesó para firmar una de las mayores sorpresas de la temporada.
La consecuencia inmediata fue que Roland Garros quedó sin sus dos grandes dominadores. Y eso no ocurría desde hace mucho tiempo.
Entre Alcaraz y Sinner se repartieron los títulos más importantes del circuito y monopolizaron las conversaciones del tenis masculino. Cada Grand Slam parecía una carrera para descubrir cuál de los dos llegaría a la final. La rivalidad había revitalizado al deporte, pero también había reducido el margen para las sorpresas.
Por eso, más que abrir la pelea por el título, las ausencias de ambos devolvieron una sensación que el circuito había perdido: cualquiera puede soñar.
Durante unas horas, el principal beneficiado parecía ser Novak Djokovic. El serbio encontró de repente un escenario mucho más favorable para perseguir su vigesimoquinto Grand Slam. Sin Alcaraz ni Sinner en el camino, el torneo parecía ofrecerle una oportunidad única para volver a conquistar París.
Pero apenas 24 horas después también cayó Djokovic. Y entonces la pregunta cambió por completo. Ya no se trata de quién puede derrotar a los gigantes. Los gigantes ya no están.
En ese contexto, Alexander Zverev aparece como el nombre más lógico. Finalista en París hace dos años y uno de los jugadores más consistentes de la última década, el alemán tiene quizás la mejor oportunidad de su carrera para conquistar un Grand Slam. Sin embargo, su historial en los grandes escenarios también invita a la cautela.
Casper Ruud es otro candidato evidente. Dos veces finalista en Roland Garros, especialista en polvo de ladrillo y acostumbrado a las largas batallas a cinco sets, el noruego sabe que probablemente nunca vuelva a encontrar un cuadro tan abierto.
Detrás de ellos aparece un grupo de aspirantes que hace una semana parecían secundarios y hoy se sienten protagonistas. Nombres como Ben Shelton, Joao Fonseca, Luciano Darderi o incluso la joven promesa española Rafael Jódar observan una oportunidad histórica. Ninguno parte como favorito absoluto, pero precisamente ahí reside el atractivo de este Roland Garros.
Porque la verdadera noticia ya no es quién ganó ni quién perdió. La noticia es que el torneo dejó de tener dueño.
Después de años en los que el tenis masculino parecía reducido a dos nombres, París ofrece algo distinto: incertidumbre. Y en el deporte, pocas cosas son más interesantes que eso.
Quizás las lesiones, el desgaste físico y la exigencia creciente del calendario expliquen parte de esta situación. Quizás sea un tema para otra nota. Lo cierto es que, por primera vez en mucho tiempo, Roland Garros ya no parece una final anticipada entre los mismos nombres de siempre.
Y eso convierte a la segunda semana del torneo en una de las más atractivas de los últimos años.







