“Capaz que tendría que trabajar en un kiosco”: la historia de Valentina, una investigadora que fabrica productos cosméticos y enseña inglés

Valentina Stellfeldt desarrolla tareas de investigación científica mientras combina otros trabajos para sostener su economía familiar.
Valentina Stellfeldt desarrolla tareas de investigación científica mientras combina otros trabajos para sostener su economía familiar. LA GACETA / MATÍAS VIEITO

Valentina Stellfeldt es biotecnóloga, doctora en Ciencias Naturales y becaria posdoctoral. Además vende cosmética natural y da clases particulares para complementar ingresos.

Resumen para apurados

  • Actualmente en Tucumán, la científica Valentina Stellfeldt recurre al pluriempleo vendiendo cosmética y enseñando inglés para subsistir ante los bajos ingresos de su beca estatal.
  • Ante recortes en ciencia, la investigadora debió autoemplearse para subsistir. Su caso refleja la realidad de Tucumán, donde más de 131.000 ocupados buscan ingresos extra.
  • Esta crisis expone el desgaste del sistema científico nacional, provocando la deserción de profesionales calificados y amenazando el futuro de la investigación local.
Resumen generado con IA

“Siento que vivo todo el día agotada”. La frase aparece casi en la mitad de la entrevista, pero resume la vida de Valentina Stellfeldt. Tiene una licenciatura en Biotecnología, un doctorado en Ciencias Naturales, realiza una beca posdoctoral, vende cosmética natural, comercializa productos derivados de la colmena, prepara alumnos de inglés y cría a su hijo. Aun así, alquila, no tiene aportes jubilatorios y reconoce que cada vez le cuesta más sostener una estabilidad económica.

Su historia está lejos de ser una excepción. En el Gran Tucumán, más de 131.000 personas buscan un ingreso extra aun teniendo trabajo, en una provincia donde la desocupación se mantiene relativamente baja, pero donde tener empleo dejó de garantizar estabilidad económica.

“Yo me imaginaba que ya para este momento, qué sé yo, por lo menos, no te digo tener la casa ya comprada y lista, pero por lo menos estar pagándola de a poco y hoy por hoy la casa propia es una idea que está lejísimo”, dice.

La incertidumbre después de estudiar 

Valentina se formó en la universidad pública. Mientras estudiaba, trabajaba y acompañaba a otros estudiantes que tampoco podían sostener los costos cotidianos de cursar una carrera. “Elegían comer o sacar la fotocopia”, recuerda sobre algunos compañeros a los que ayudaban desde la cátedra de la que participaba como ayudante estudiantil.

Después llegaron el doctorado, la maternidad, la pandemia y los años de investigación. Con ellos también apareció una incertidumbre que nunca había imaginado durante su formación académica.

En medio de los recortes presupuestarios, el ajuste sobre organismos científicos y las discusiones alrededor del financiamiento universitario, muchos investigadores comenzaron a replantearse su continuidad dentro del sistema.

 “Ya en el momento en el que estaba por pasar en la institución a la planta, viene todo este desbarajuste y termino optando por una beca posdoctoral”, cuenta. La situación laboral de los becarios aparece una y otra vez durante la entrevista. Valentina insiste en algo que para ella marca la diferencia entre estabilidad y precariedad: ni siquiera se considera un sueldo.

“No se habla de sueldos, se habla de estipendio”, explica. “Los becarios doctorales y los becarios posdoctorales no tenemos aportes”.

La falta de estabilidad económica empezó a sentirse con más fuerza después de la pandemia. Primero comenzó vendiendo productos derivados de la colmena como un ingreso extra. Más adelante, cuando los números dejaron de cerrar, convirtió ese espacio en un emprendimiento más grande.

“Empecé a formular productos de cosmética natural porque ya no llegaba a fin de mes”, cuenta. La idea surgió mientras participaba en el mercado ecológico. Detectó que había productos relacionados al cuidado del cabello o repelentes, pero poco desarrollo de skincare natural. “A mí siempre me gustó mucho la formulación de soluciones”, dice.

El proceso implica jornadas larguísimas: compra de materiales, cálculos químicos, armado artesanal, esterilización, envasado, etiquetado, ferias y ventas por redes sociales.

“La verdad que está bueno, pero llega un momento en que empezás a contar las horas y no te queda tiempo”, reconoce.

Maternidad, alquiler y agotamiento 

La maternidad ocupa un lugar central en su relato. Su hijo pasa la mitad de la semana con ella y la otra mitad con su papá. En los días que están juntos, intenta dedicarle el mayor tiempo posible, aunque admite que el cansancio muchas veces se acumula.

“En el momento que está conmigo es dedicarme a él, las tareas, la comida, el baño, su higiene, su médico, sus cosas”, explica. “Ya en los tiempos que tengo libre me dedico a hacer todo esto”.

En varios momentos aparece la sensación de que no hay descanso real. Las actividades recreativas quedaron relegadas y el tiempo libre prácticamente desapareció. “No estoy teniendo el tiempo para tener actividades recreativas durante la semana”, cuenta. “Todavía no me estoy pudiendo acomodar con eso”.

La carga emocional también atraviesa la entrevista, sobre todo cuando habla de las expectativas que tenía años atrás respecto de su futuro profesional. “Yo vengo de una familia en la que mi hermana y yo somos la primera generación de recibidas”, dice.

Durante mucho tiempo imaginó que estudiar, investigar y especializarse le permitiría acceder a cierta estabilidad. Pero la realidad terminó siendo muy distinta. “Verme en esta situación ya con todos los títulos encima, toda la formación y que no tenga la remuneración que yo considero que debería tener o los logros materiales que debería haber tenido es frustrante”, afirma.

La vivienda aparece como uno de los ejemplos más claros de esa imposibilidad de proyectar. “Yo alquilo, por supuesto. Ahí se me va la mitad del ingreso”, explica.

Cuando intentó pensar en créditos hipotecarios o préstamos, la respuesta siempre fue la misma. “Te dicen ‘el básico no te alcanza’”. Según sus cálculos, para acceder a un préstamo necesitaría ingresos cercanos a los tres millones de pesos mensuales. Además de los bajos ingresos, la condición de becaria también limita cualquier posibilidad de financiamiento estable. “No hay nadie que te asegure la continuidad”, señala.

El desgaste del sistema científico 

Durante la entrevista también habla del clima que atraviesan investigadores y becarios en todo el país. Cuenta que muchos compañeros dejaron el sistema científico durante el último año. “Hubo muchísima deserción”, dice.

Las discusiones alrededor de posibles cierres, recortes y ajustes se volvieron cotidianas en grupos de investigadores y becarios. “Era como un estrés diario”, recuerda. Algunos migraron al sector privado. Otros directamente abandonaron la investigación. Y muchos comenzaron a buscar trabajos complementarios para sostenerse.

Productos cosméticos que realiza Valentina. Productos cosméticos que realiza Valentina. FOTOS DE MARÍA JOSÉ SÁNCHEZ TOLEDO

“La mayoría estamos en esta de buscar una segunda opción”, resume. En su caso, además de la cosmética natural, también prepara alumnos de inglés. “Ya son tres cosas”, dice entre risas.

Pero incluso así, la incertidumbre sigue presente. Cuando piensa qué podría pasar si se termina la beca postdoctoral, la respuesta aparece sin vueltas: “No sé si llego”.

Y después agrega una frase que resume buena parte del clima emocional de toda la entrevista: “Capaz que tendría que salir a trabajar en un kiosco”.

Aun así, irse del país no aparece entre sus planes. “No me quiero ir, quiero que mi futuro sea acá”, dice.

Todas las noches, antes de dormir, intenta transmitirle algo de calma a su hijo. Aunque el agotamiento, la incertidumbre y la frustración aparezcan una y otra vez.

“Mirá, hemos comido, tenemos una cama súper confortable, estamos bajo un techo”, le dice. Después hace una pausa y continúa con su testimonio: “sigue siendo muy duro. Es muy duro". 

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