Barassi, Graviotto y el choque de percepciones: ¿de qué hablamos cuando hablamos de criar?

Las redes volvieron viral una conversación cada vez más común: hombres que sienten que están más presentes que nunca y mujeres que siguen agotadas por sostener la logística invisible de la vida familiar.

Darío Barassi con sus hijas.
Darío Barassi con sus hijas.
Ale Casas Cau
Por Ale Casas Cau 28 Mayo 2026

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Hay algo interesante en cómo se están dando las conversaciones sobre crianza, pareja y carga mental en redes. Porque por primera vez muchos hombres parecen estar intentando poner en palabras su experiencia emocional como padres, pero al mismo tiempo muchas mujeres sienten que todavía tienen que explicar lo más básico: que amar no siempre equivale a sostener.

En los últimos días se hicieron virales dos casos que, aunque distintos, dialogan entre sí. Por un lado, la reflexión de Darío Barassi (actor, presentador y comediante argentino) en una entrevista y una frase que resonó muchísimo: “Yo siento que estoy un montón y sin embargo mi pareja me dice ‘estoy sola con todo’”. Las dos cosas son ciertas. Por otro, las críticas feroces a Sebastián Graviotto (instructor de esquí y exmarido de Juana Repetto) después de hablar sobre la paternidad y el cansancio, mientras en los comentarios muchas personas volvían a cuestionarle que no estuvo presente en el parto de Timoteo, su hijo menor, porque estaba trabajando.

Ahí aparece algo importante: muchas veces hombres y mujeres creen estar hablando de lo mismo cuando en realidad están midiendo cosas distintas.

Durante décadas el rol masculino en la crianza fue tan bajo que alcanzar cierta presencia ya era considerado muchísimo. Cambiar pañales, ir a un acto escolar, quedarse una noche solos con los hijos, aprender a peinar, cocinar o bañar bebés empezó a ser visto como señal de un “buen padre”. Y en muchos casos realmente hay un cambio genuino. Hay hombres más presentes, más afectivos, más involucrados emocionalmente que generaciones anteriores. Eso existe y negarlo sería injusto.

Pero también existe otra cosa: la administración invisible de la vida cotidiana sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres.

No es solamente hacer. Es acordarse. Anticipar. Coordinar. Saber qué uniforme toca, cuándo hay vacuna, qué falta comprar, quién necesita un turno médico, cuándo hay reunión escolar, qué comida queda en la heladera, qué regalo hay que llevar el viernes. La famosa carga mental no es ejecutar tareas: es vivir con la cabeza permanentemente ocupada para que todo funcione.

Y ahí aparece el choque de percepciones.

Muchos hombres sienten honestamente que están dando mucho porque comparan su rol con el modelo de padre con el que crecieron. Y probablemente tengan razón. Pero muchas mujeres comparan ese esfuerzo con otra vara: no la de los años 90 o 2000, sino la del agotamiento cotidiano que implica sostener la logística emocional y doméstica de una familia sin desconectarse nunca.

Por eso frases como la de Barassi generan tanta identificación. Porque él no aparece como un villano. Al contrario: parece un hombre amoroso, presente, dispuesto. Y sin embargo su mujer igual siente que hace malabares sola. Las dos experiencias pueden convivir sin que una invalide a la otra.

Quizás lo más interesante de toda esta conversación no sea decidir quién tiene razón, sino aceptar que muchas veces dentro de una misma pareja conviven percepciones completamente distintas de una misma realidad. Él puede sentir sinceramente que está presente, involucrado, intentando hacer las cosas mejor. Y ella puede sentirse igual de sinceramente agotada y sola en la administración cotidiana de todo lo que nadie ve. Una experiencia no necesariamente invalida la otra. El problema aparece cuando cada uno cree que su percepción es la única posible.  

Durante mucho tiempo estas conversaciones terminaron reducidas a una pelea de contabilidad doméstica: quién hizo más, quién se levantó más veces, quién estaba más cansado. Pero la discusión de fondo no pasa solo por las tareas. Pasa por la responsabilidad mental y emocional de sostener una casa y una familia.

También por eso el caso de Graviotto despertó tanta bronca. Probablemente muchas de las respuestas que recibió en redes no tenían que ver únicamente con ese parto puntual al que no llegó, sino con algo más profundo: el hartazgo acumulado frente a una desigualdad que sigue existiendo incluso en vínculos en los que hay amor, afecto y hombres que se consideran presentes.

Hoy ya no alcanza solamente con “ayudar”. Esa palabra incluso empezó a molestar. Ayudar implica que la responsabilidad principal sigue siendo de otro.

Y aun así, quizás también conviene salir de la lógica de las redes en la que todo se transforma rápido en un tribunal. Porque si cada vez que un hombre intenta hablar de paternidad, emociones o cansancio recibe únicamente burla o destrucción, la conversación vuelve a cerrarse. Y el problema no se resuelve desde el silencio.

Tal vez estamos en una etapa rara, intermedia. Una en la que muchos hombres efectivamente están cambiando, pero en la que las estructuras sociales, mentales y domésticas todavía no cambiaron al mismo ritmo. 

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