VIGENCIA. Skay comenzó el recital a las 23 y lo terminó pasada la 1 de ayer: dos horas a puro rock.
Resumen para apurados
- Skay Beilinson y Los Fakires brindaron un show ante 1.500 personas en el Palacio de los Deportes de Tucumán este sábado para reafirmar su vigencia y el legado de Los Redondos.
- Pese a la ola polar, fans de todo el país asistieron a una jornada que mezcló temas solistas con himnos de Patricio Rey, uniendo a seguidores históricos con nuevas generaciones.
- El show ratificó que la identidad ricotera permanece intacta y trasciende el tiempo, consolidando a Skay como un pilar del rock nacional capaz de convocar multitudes en el país.
La ola polar del fin de semana no alcanzó para apagar la mística ricotera. Desde horas antes del recital, los alrededores del Palacio de los Deportes comenzaron a poblarse de remeras negras, banderas, bombos y grupos de amigos llegados desde distintos puntos del país para ver a Skay Beilinson y Los Fakires en una noche cargada de rock, nostalgia y fidelidad a una historia musical que atraviesa generaciones.
El exguitarrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota regresó a la provincia con un show muy esperado por sus seguidores. Y la respuesta del público estuvo a la altura: unas 1.500 personas se llegaron hasta el Palacio de los Deportes para vivir un recital que terminó convirtiéndose en una verdadera ceremonia ricotera.
A las 23, las luces se apagaron y el Palacio explotó en un grito colectivo. Skay apareció en escena junto a su banda y desde los primeros acordes quedó claro que sería una noche intensa. Con un sonido potente y de gran calidad, el músico desplegó un repertorio que combinó temas de su carrera solista con clásicos eternos de Los Redondos, esos himnos que siguen funcionando como puente entre distintas generaciones de fanáticos.
Hubo seguidores llegados desde La Plata, Salta, Catamarca y Santiago del Estero. Muchos viajaron cientos de kilómetros solamente para estar presentes en Tucumán y formar parte de una fecha que, desde la previa, ya se sentía especial. En las filas para ingresar se mezclaban jóvenes que descubrieron las canciones por streaming con fanáticos históricos que siguieron a Los Redondos durante décadas. Padres e hijos, grupos de amigos y parejas compartieron una misma liturgia rockera.
Uno de los momentos más celebrados de la noche llegó cuando comenzaron a sonar clásicos inoxidables del repertorio ricotero. “Todo un palo”, “Criminal Mambo”, “El pibe de los astilleros”, “Nuestro amo juega al esclavo” y, por supuesto, “Ji ji ji”, desataron la euforia total del estadio. Cada canción fue coreada de principio a fin por un público que convirtió el Palacio de los Deportes en una sola voz.
La intensidad del show obligó incluso a realizar un intervalo de unos 10 minutos promediando el recital. Lejos de enfriar el clima, el descanso sirvió para que la expectativa creciera todavía más. Cuando la banda volvió al escenario, el público respondió con saltos, cánticos y pogos que hicieron vibrar el estadio.
Recital sólido y energético
Durante casi dos horas, Skay y Los Fakires sostuvieron un recital sólido y energético, con una puesta austera pero efectiva, donde la música fue la gran protagonista. El guitarrista mantuvo su habitual perfil bajo arriba del escenario, aunque cada riff alcanzó para generar una conexión inmediata con la gente. No hubo demasiadas palabras: las canciones hablaron por él.
La noche dejó en claro que la mística ricotera sigue intacta. A pesar del paso del tiempo, las canciones continúan convocando multitudes y despertando una pertenencia difícil de explicar para quienes no la viven desde adentro. En nuestra provincia, el ritual volvió a repetirse: frío en las calles, calor en el estadio y miles de personas unidas por un repertorio que se niega a perder vigencia.
Cuando las luces finalmente se encendieron y el público comenzó a retirarse lentamente, todavía quedaban ecos de los coros resonando en el lugar del recital. Afuera, entre abrazos, fotos y comentarios emocionados, muchos coincidían en lo mismo: no había sido solo un concierto, sino una nueva celebración de esa identidad ricotera que atraviesa generaciones y sigue encontrando refugio en cada show de Skay Beilinson.









