POSTURA. Lula tiene una relación tensa con su homólogo argentino, Javier Milei.

Resumen para apurados
- En la ONU (Nueva York), Lula da Silva alertó a Joe Biden sobre el avance de la ultraderecha en Argentina para reforzar la defensa de las instituciones y la democracia regional.
- Ambos líderes lanzaron una alianza por los derechos laborales. Lula aludió a Javier Milei sin nombrarlo, advirtiendo que la negación de la política fortalece a sectores extremos.
- La sintonía entre Brasil y EE.UU. prioriza la agenda laboral frente a tensiones geopolíticas. El mensaje anticipa una relación bilateral compleja ante un posible cambio de gobierno.
En el marco de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, Luiz Inácio Lula da Silva y Joe Biden escenificaron una alianza estratégica centrada en la defensa de las instituciones y los derechos laborales. Sin embargo, el centro de atención se desplazó hacia el escenario regional cuando el presidente brasileño advirtió que la democracia enfrenta una amenaza global por el avance de sectores de ultraderecha, al señalar explícitamente el proceso electoral argentino como un foco de preocupación.
“La democracia está cada vez más en peligro porque la negación de la política ha permitido que sectores de extrema derecha ocupen espacios. Esto ya pasó en Brasil, ahora empezó en la Argentina y está ocurriendo en muchos otros países”, remarcó Lula sentado junto a Biden.
Aunque evitó mencionar a Javier Milei por su nombre, la alusión fue inequívoca. El candidato de La Libertad Avanza ha calificado al brasileño de "comunista" y ha amenazado con romper relaciones con el principal socio comercial de la región.
Sintonía económica contra el "derrame"
Más allá de la geopolítica, el encuentro sirvió para lanzar la "Asociación por los Derechos de los Trabajadores", una iniciativa conjunta que busca fortalecer los sindicatos y combatir la desigualdad.
Biden coincidió con el diagnóstico de Lula, al defender su visión de una economía que crezca "desde abajo hacia arriba y desde el medio hacia afuera".
Este eje laboral permitió a ambos mandatarios sortear las profundas diferencias que mantienen en materia de política exterior, especialmente respecto a la guerra en Ucrania y la relación con Cuba, temas que han generado fricciones entre la Casa Blanca y el Planalto en los últimos meses.







