"¡Ay... sushi, sushi!", me cargaba un amigo, defensor a muerte de la parrillada y el chegusán de milanesa. "Resulta que ahora todos quieren comer esa cosa sin gusto", argüía. Su crítica dejaba claro que ni loco se sentaría en un bar a hacer malabarismos con dos palitos para luego tener que pagar $100. Lo suyo es el cuchillo y tenedor (y si es libre, mejor). Pinchar, cortar y disfrutar un jugoso bife de chorizo.
Hoy es el sushi; ayer, los bares que ofrecían mate con bollo y el ludo para pasar el rato. Los emprendimientos gastronómicos fueron mutando conforme lo hizo el país, la red de wi fi y hasta el "Fútbol para todos". En Tucumán, a principios de 2000 nos hubiese parecido irracional pedir un roll californiano o un wok de pollo; lo mismo que unas tapas en una vinoteca. Eran tiempos de crisis y de publicidades de cubitos de verdura con Jorge Drexler de fondo que cantaba "Me haces bien, me haces bien...". También eran los años del Color esperanza de Diego Torres, y de los chinos y su comida abundantemente dudosa.
Hasta que se proclamó el popular y democrático "Fútbol para todos" los drugstores, las estaciones de servicio y los sport bar (Locos x el Fútbol) se llenaban de fanáticos blandiendo camisetas de todos los colores. Algunos son un recuerdo; otros se conformaron con ser un lugar de paso.
La gastronomía, poco a poco, fue definiendo públicos y paladares. Surgió el menú "de autor" (a veces, un bluff con gusto a poco y nombre sofisticado), fusión de sabores y recetas de otras latitudes. Salames, jamones y quesos argentinos se refinaron, dando a luz vinotecas con precios astronómicos. Las pastelerías ya no son un simple mostrador para exhibir tortas. Ahora son espacios paquetones en los que te sentás a tomar el té con muffins o a comer una porción de torta galesa.
Con el wi fi desaparecieron los cibercafés. Ahora para acceder al mundo a través de la red de redes ya no hace falta meterse en un cubículo con poca iluminación. Las peñas folclóricas con olor a terruño se mezclaron con la música pop y los tributos a cantantes o bandas imperecederas.
Por suerte para mi amigo, las parrilladas no morirán. Por suerte para mí, puedo disfrutar del sushi.
Hoy es el sushi; ayer, los bares que ofrecían mate con bollo y el ludo para pasar el rato. Los emprendimientos gastronómicos fueron mutando conforme lo hizo el país, la red de wi fi y hasta el "Fútbol para todos". En Tucumán, a principios de 2000 nos hubiese parecido irracional pedir un roll californiano o un wok de pollo; lo mismo que unas tapas en una vinoteca. Eran tiempos de crisis y de publicidades de cubitos de verdura con Jorge Drexler de fondo que cantaba "Me haces bien, me haces bien...". También eran los años del Color esperanza de Diego Torres, y de los chinos y su comida abundantemente dudosa.
Hasta que se proclamó el popular y democrático "Fútbol para todos" los drugstores, las estaciones de servicio y los sport bar (Locos x el Fútbol) se llenaban de fanáticos blandiendo camisetas de todos los colores. Algunos son un recuerdo; otros se conformaron con ser un lugar de paso.
La gastronomía, poco a poco, fue definiendo públicos y paladares. Surgió el menú "de autor" (a veces, un bluff con gusto a poco y nombre sofisticado), fusión de sabores y recetas de otras latitudes. Salames, jamones y quesos argentinos se refinaron, dando a luz vinotecas con precios astronómicos. Las pastelerías ya no son un simple mostrador para exhibir tortas. Ahora son espacios paquetones en los que te sentás a tomar el té con muffins o a comer una porción de torta galesa.
Con el wi fi desaparecieron los cibercafés. Ahora para acceder al mundo a través de la red de redes ya no hace falta meterse en un cubículo con poca iluminación. Las peñas folclóricas con olor a terruño se mezclaron con la música pop y los tributos a cantantes o bandas imperecederas.
Por suerte para mi amigo, las parrilladas no morirán. Por suerte para mí, puedo disfrutar del sushi.







