El bastón de mariscal

Con Jaldo en el Gobierno a partir del 29 de octubre, ¿se viene un nuevo estilo de gestión o una nueva forma de manejar el peronismo? Cada dirigente político que llega a la instancia ejecutiva suele imprimirle su impronta a la función institucional y a la acción política. Y si se trata de referentes del PJ suelen inclinar la balanza hacia la izquierda, el centro o la derecha para darle un matiz ideológico a su conducción o liderazgo; eso es por la concepción movimientista del justicialismo que permite esa oscilación. Así los Menem, así los Kirchner, cada cual con su estilo, unos delegando y otros concentrando el poder, pero siempre con un entorno, un grupo reducido de leales que comulgan con sus visiones y que ejecutan acabadamente sus decisiones.

En la historia del peronismo, los apellidos de los que conquistan el poder se convierten en “ismos” sostenidos en el verticalismo identitario del movimiento, pero que a la corta o a la larga terminan sucumbiendo, primero por imperio de los plazos constitucionales que ponen fin a los mandatos y luego por el paso del tiempo, el que viene con el recambio de nombres y de renovaciones tras los fracasos.

El peronismo aún se mantiene a flote, gobierna, y en su nombre, por ejemplo, el ministro de Economía sueña con el massismo convertido en una fuerza interna pero, por ahora, callando al ala del movimiento que representa y tratando de cobijar a los extremistas y a los moderados. Después, si tiene éxito, se sacará la máscara y se despojará de su traje de ocasión para mostrarse tal y cuál es y revelar qué tipo de liderazgo ejercerá; siempre contando con el peronismo detrás.

Si fracasa hará retroceder al PJ a la década del ‘80 -cuando perdió con la UCR- para repetir el tiempo de las disputas internas y de renovaciones para volver al poder; así sucedió de la mano del riojano y luego del santacruceño. Los orígenes de los dos ex presidentes llevan a destacar que si Unión por la Patria resulta derrotado en las urnas, los nuevos referentes para hacer resucitar al justicialismo deberían surgir del interior; en ese caso habría que observar a algunos gobernadores o jefes provinciales del PJ.

Y, justamente, Jaldo será uno de ellos. Y si uno de los presidenciables de Juntos por el Cambio termina sucediendo a Alberto Fernández, el tranqueño tendrá la difícil misión de gestionar la provincia con un Gobierno nacional de otro color partidario y, a la vez, tratar de convertirse en el referente regional del peronismo para participar del rearme y reorganización de lo que sería -en ese caso- el principal espacio opositor nacional. Seguramente Jaldo no querrá que ese papel lo ocupe Manzur, pues sería como admitir su propia debilidad política. Y todo dirigente político que se precie de tal, máxime en el partido de Perón, sabe que los liderazgos son unipersonales y que, por lo tanto, el poder no se comparte.

Lo de ‘Cámpora al Gobierno, Perón al poder’ funcionó porque el viejo líder estaba vivo; y porque era Perón. Lo de ‘Alberto al Gobierno, Cristina al poder’, una copia devaluada de la potente consigna setentista, mostró demasiadas fisuras, hasta ideológicas entre sus protagonistas, que potenció más las chances opositoras que la continuidad del oficialismo en el Ejecutivo. Ni siquiera le permitieron a Alberto Fernández que vaya por la reelección, una muestra cabal del fracaso colectivo, aunque se intente responsabilizar de todo al jefe de Estado.

Ahora todos, pero los mismos, se suman a la postulación presidencial de Massa, algunos para salvar sus ropas aun en la eventual derrota electoral de octubre; pero la mayoría intuye que con el tigrense se viene el massismo como expresión de poder en caso de una victoria. ¿Chau kirchnerismo? ¿La depuración del peronismo vendrá desde su propio seno? Es decir, debilitando primero al kirchnerismo y luego convertirlo en historia. ¿O lo hará la oposición si llega al poder, ya que todos se han trazado como meta y como promesa de campaña eliminar o hacer desaparecer al kirchnerismo? De una u otra manera, sea el resultado que fuese, alguna facción interna deberá sobrevivir en el peronismo.

Ahora bien, con Jaldo, ¿se viene el tiempo del jaldismo? Y por consiguiente, ¿el fin del manzurismo? Todo lleva a preguntar qué tipo de conducción será la que ejercerá el vicegobernador una vez que se siente en el sillón de Lucas Córdoba. Y si para esa misión someterá al PJ y a sus estructuras a su liderazgo personal.

De ser así, implicaría una posible renovación de nombres en la integración de los diferentes cuerpos internos del partido, lo que debería suceder dentro de dos años. Tiempo suficiente para la consolidación de un estilo de gestión de la cosa pública y del manejo político interno.

El último dirigente del PJ que fue gobernador y presidente del partido a la vez, al estilo natural del peronismo -concentrando todo el poder en una persona-, fue Julio Miranda, con un estilo muy alejado del autoritarismo, ya que era un hombre de consultar y de delegar. Fue el último, ya que luego sobrevinieron los trípodes de poder y las conducciones bicéfalas, algo impropio del peronismo y que en el medio esos esquemas fueron quebrados por Alperovich. El ex senador se limitó a gobernar y al PJ lo dejó en manos de su esposa, Beatriz Rojkés.

Después, el alperovichismo también fue relegado del poder, por los tiempos constitucionales primero y luego por la fuerza de la aparición de dos nuevos actores: Manzur y Jaldo. Alperovich es la muestra explícita de que el peronismo con tal de no perder el poder es capaz de permitir que otro lo ejerza en su nombre, que lo haga un extrapartidario como el radical de origen que gobernó en nombre del justicialismo. Parece una rareza, pero no lo es.

Pero, ¿cómo llegó realmente Alperovich a ser el candidato del Frente Fundacional en 2003? Miranda lo designó en 1999 como ministro de Economía para tener una puerta abierta al gobierno de Fernando de la Rúa por ser aquel de extracción radical. (¿estará Jaldo pensando en alguien para tender un puente hacia el larretismo en caso de que el jefe de la CABA sea presidente?)

Alperovich supo diferenciarse del resto de los integrantes del gabinete, con un estilo avasallante, hasta con su propio equipo de prensa, al margen de la secretaría de Información Pública. Le rindió sus frutos casi de inmediato. En abril de 2000, una encuesta realizada por Eduardo Gallo reveló que Alperovich tenía una mejor imagen positiva que Miranda: 37% contra el 21% del mandatario.

Fueron las encuestas las que habrían convencido años después para que el titular de la cartera económica sea el candidato del PJ. En esa época el congreso provincial partidario se reunió para autorizar que un extrapartidario sea postulado en nombre del justicialismo. A Alperovich lo sucedió Manzur, quien ejerció el poder con Jaldo como compañero de ruta; hasta ahora.

En su turno como gobernador, ¿Jaldo retomará la senda natural del peronismo en cuanto al ejercicio del poder y a la forma de conducir el espacio de manera unipersonal? El gobernador electo hace años que viene preparándose para instalarse en la Casa de Gobierno; ya en 2003 se mencionaba la posibilidad de la dupla Jaldo-Juri como fórmula del oficialismo; la promocionada “J-J”, que luego se dijo que significaba José Jorge.

El vicegobernador viene anudando acuerdos, sellando actos, extendiendo su espacio territorial de poder y tiene su propio equipo de colaboradores, sus hombres de confianza, entre los que se mencionan al bandeño Darío Monteros, al capitalino Marcelo Caponio y a Aldo Salomón. Y, con seguridad, querrá imprimirle su sello a su administración, con sus propios códigos políticos y con una característica que ya se está deslizando: controlará a sus funcionarios, lo que implicaría que no tendría pruritos en deshacerse de aquellos “funcionarios que no funcionen”, frase que popularizó Cristina Fernández.

Desde ya se puede ir diciendo que los que la tendrán más difícil serán aquellos que tengan responsabilidades en materia de seguridad, obra pública, educación y transporte. Esto último, al decir de un compañero, “desvela a Jaldo”. Más aún debería preocuparse por si un opositor llega a la presidencia del país, para que no se repita la complicada relación entre Macri y Manzur, y que pueda afectar la remisión de recursos a la provincia.

En ese marco, algunos realmente optimistas entienden que la gestión se puede desarrollar reasignando partidas porque, apuntan, el tranqueño quiere “hacer”. O sea, quitarles fondos a unos para darles a otros. Para lo que sea que quiera realizar, Jaldo deberá esperar hasta el 29 de octubre, ese día comenzará su tiempo a costa de que el de otros comience a desdibujarse. Para él, tal vez, la transición esté resultando demasiado extensa; y aún le quedan tres meses de espera para colocarse la banda y para asir el bastón de mando. ¿El de mariscal también?

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