Durante décadas, la clase media argentina se reconoció en una serie de símbolos bastante claros: la casa propia, las vacaciones, el auto, la posibilidad de cambiar un electrodoméstico cuando se rompía, salir a comer de vez en cuando o darse algún gusto sin tener que revisar el saldo de la cuenta bancaria. Hoy, para muchos argentinos, esos objetivos parecen cada vez más lejanos. Y los números ayudan a entender por qué. En el Gran Tucumán, casi tres de cada 10 trabajadores ya buscan un ingreso extra para sostenerse. Son más de 131.000 personas que, pese a tener empleo, necesitan sumar otra fuente de dinero para llegar a fin de mes. A nivel nacional, el pluriempleo alcanza a 1,6 millones de personas y se encuentra en uno de los niveles más altos de la última década.
“De alma soy de clase media, pero de bolsillo soy pobre”. La frase, cuenta la socióloga y especialista en consumo Ximena Díaz Alarcón, aparece cada vez con más frecuencia en las investigaciones que realiza sobre hábitos de consumo y percepción social. Y resume una tensión creciente: personas que siguen sintiéndose parte de la clase media, pero que ya no pueden vivir como consideran que debería hacerlo alguien de ese sector.
Detrás del crecimiento del pluriempleo y de la búsqueda constante de ingresos extra, Díaz Alarcón observa algo más profundo que una simple dificultad económica. Ve una transformación en la forma en que los argentinos se relacionan con el consumo, con el trabajo y con sus expectativas de futuro.
“Lo que uno ve es que el bolsillo está muy restringido y que los ingresos, cuando se los tiene, no necesariamente alcanzan para el sostenimiento de la vida diaria de la gente. En líneas generales alcanzan para lo básico y mucho menos para darse un gusto”, explica.
La consecuencia más visible es el ajuste permanente. Según estudios realizados por la consultora Youniversal, entre siete y ocho de cada 10 argentinos restringieron consumos durante el último año. No se trata solamente de grandes gastos. También desaparecen pequeñas gratificaciones cotidianas que históricamente funcionaban como indicadores de bienestar.
“Lo primero que desaparece son los gustos”, resume. “La gente cambia marcas de primera línea por otras más económicas y también reduce todo lo que tiene que ver con indulgencias: helados, chocolates, salidas, ropa o viajes”.
Pero el fenómeno no se agota en una lista de compras más corta. También modificó la manera en que los argentinos se piensan a sí mismos.
Durante buena parte de la historia reciente, la clase media funcionó como una identidad casi automática. No importaba tanto el nivel de ingresos: la mayoría de las personas se ubicaba a sí misma dentro de ese universo. Hoy eso empezó a cambiar.
“Históricamente, si vos le preguntabas a un argentino cómo se autoclasificaba, ocho de cada diez te decían que eran clase media. Hoy te lo dice apenas la mitad”, señala Díaz Alarcón.
La explicación no pasa necesariamente por una caída abrupta de ingresos, sino por una sensación cada vez más extendida de pérdida de capacidades. La posibilidad de viajar, cambiar el auto, ahorrar o simplemente llegar a fin de mes sin sobresaltos forma parte de la imagen que muchas personas tienen sobre lo que significa ser clase media.
Cuando eso desaparece, también se resquebraja la identidad.
“Hay siete de cada diez personas que consideran que no pueden consumir como correspondería a alguien de clase media”, explica.
En medio de ese escenario, el trabajo mantiene un valor simbólico fuerte. A diferencia de algunos discursos que plantean que las nuevas generaciones ya no buscan estabilidad laboral, Díaz Alarcón asegura que sus investigaciones muestran otra realidad.
“Tener un ingreso fijo sigue siendo algo muy deseado. Tal vez no necesariamente en relación de dependencia, especialmente entre los jóvenes, pero sí un ingreso previsible. Sigue siendo aspiracional porque no todo el mundo lo tiene”.
La observación resulta relevante porque contradice una idea bastante instalada sobre las nuevas generaciones. Para la especialista, los jóvenes no abandonaron el deseo de estabilidad. Lo que ocurre es que acceder a ella resulta cada vez más difícil.
De hecho, las aspiraciones siguen siendo sorprendentemente tradicionales.
“Los jóvenes quieren casa, auto y viajar. Quieren exactamente lo mismo que quiso la gente toda la vida”, afirma.
La diferencia es que hoy esos objetivos aparecen mucho más lejos. La dificultad para acceder a una vivienda, los alquileres elevados, la falta de crédito y los salarios que pierden poder adquisitivo convierten esas metas en proyectos cada vez más complejos.
“Siguen queriendo no pagar alquiler y tener un lugar propio. Eso no cambió”, agrega.
Tal vez por eso una de las palabras que más aparece en los estudios de consumo ya no sea bienestar ni crecimiento, sino restricción.
No se trata únicamente de gastar menos. Se trata de una sensación más profunda: la de pertenecer a una clase social cuyos hábitos, consumos y expectativas resultan cada vez más difíciles de sostener.





