El tope de la “voluntad” para el que vive en la calle se congeló en $ 20

¿Qué ocurrió con la ayuda social, las propinas y las limosnas durante la crisis?

06 Ene 2020 Por Martín Dzienczarski
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la gaceta / foto de franco vera

Felipe Heredia tiene 64 años y una casa en Villa Alem, pero pasa gran parte de sus días en un banco de plaza. Camina lento, parsimonioso. Su esposa, Rosa, falleció hace 17 años de un infarto. No quiere decir en qué fecha, pero sí se jacta de recordar ése día fatídico y de llevar la cuenta de los días que lleva viudo. Dice que eso lo dejó destrozado y que simplemente se “vino abajo”. Sobrevive gracias a una pensión, pero eso no es suficiente para mucho más que la boleta de la luz, así que espera en la Plaza San Martín, en general durante las tardes, y se acerca a los autos que estacionan sobre Lavalle. Hace los mohines de alguien que ayuda a estacionar a quien conduce y ademanes de “no viene nadie” para que el auto vuelva a la calle, aunque del ojo izquierdo no ve casi nada y del derecho aumenta momento a momento una catarata. La gente le deja “una voluntad”, como él dice, y así, día tras día, le alcanza para mantenerse vivo. El problema es que “la calle” se vuelve cada vez más difícil, asegura.

Su casa es pequeña, precaria, techo bajo de chapa y sin aislante. En verano es demasiado caliente para guarecerse, aún de noche. Y por eso es que Felipe duerme en los bancos de la plaza, con algunos cartones para hacer más amable el cemento.

“Desde que murió (Rosa) ya nada importa, no hay nada por qué luchar”, dice hablando bajo, mirando hacia la calle, con la cara roja. Cuenta que nació en Simoca, su madre lo abandonó y vino a la capital. No quiere brindar demasiados detalles de esa historia. No tuvo hijos. Tiene algunos hermanastros pero no tiene relación con ellos. Trabajó en una panadería, cavando zanjas en obras, de albañil y enumera una larga lista de changas entre distintos oficios.

“Nunca me han efectivizado, nunca estuve en blanco. Así que siempre preguntaba qué iba a pasar cuando terminaba una obra. Me quedaba sin trabajo, después conseguía otra cosa, y así”, sigue el relato Felipe. Se incorpora con un reflejo rápido: un auto está por salir. Se acerca lo más rápido que puede. No lo vieron al entrar al auto, un modelo cuatro puertas. Se para detrás para hacerle señas a quien maneje, marcando cuánto puede retroceder. El auto frena de golpe porque recién ahora lo notaron. Felipe no se dio cuenta, miraba contra el tráfico. Bajan la ventanilla, le dan unos billetes. Él cierra la mano y los arruga. “La voluntad va variando”, dice. Son poco frecuentes otras sumas que no sean $ 5, $ 10, $15 o $ 20, agrega. “Si tienen lástima, $ 50”, acota mientras estira los tres billetes que le dieron recién: $ 15. “Siempre la voluntad de otro, no la mía es la que vale”, dice bajito, renegando un poco.

Felipe no es el único que se las rebusca en la calle, dice que cada vez hay más gente en situaciones como la de él. La ayuda va bajando, dice, y el dinero vale cada vez menos. Cada vez hay más personas vulneradas durmiendo en las calles, a raíz de la crisis económica. Con el diagnóstico de Felipe coinciden en la organización Alas Solidarias, un grupo que lleva viandas con comida, brinda contención, acompañamiento y hasta abrió merenderos. “La cantidad de gente en la calle se duplicó. Comenzamos 2019 ayudando a 80 personas y lo terminamos asistiendo a 170. Es impresionante la cantidad de gente que está viviendo en la calle. Nosotros somos una organización sin fines de lucro pero ni siquiera tenemos personería jurídica y hacemos lo que podemos. Ahora se ven familias enteras en la calle”, afirma Noemí Córdoba, una de las referentes de Alas Solidarias.

Felipe suele quedarse hasta la medianoche. Puede juntar alrededor de $ 250 por jornada. “De todo reniego, pienso. Si me quedo en casa será peor. Ahora me digo que junto para un guisito. No sé si tengo suerte, nunca me ha tocado. Al menos la gente me reconoce bueno, comedido, nunca he alzado nada ajeno. He sido criado en el campo”, sigue. Llega otro auto. No lo miran. Dice: “se lo cuido”, pero no lo escuchan. Vuelve a sentarse, se acomoda su gorra que dice “Yo amo Mar del Plata”, con un corazón en lugar del verbo. “En la iglesia a la que voy me han dado estas zapatillitas, un vaquerito. Hay gente que me reconoce y me ayuda. Un muchacho de uno de los autos me dio esta botellita con agua fresca”, sigue, señalando una botella con hielo que va derritiéndose despacio. Felipe usa diminutivos. Dice que necesitaría un ventiladorcito. “Quizás para más adelante una camita, un jueguito de sábanas y una almohadita”. Se describe amargado.

“La cosa se puso cada vez peor, pero ahora tengo fe de que se ponga mejor, diosito siempre con algo me ayuda. Me siento un inútil sin trabajo, pero algo habrá”, sigue. Reconoce que se ríe poco. Llega otro auto. Felipe vuelve a pararse.

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