Los tránsfugas

Aquellos que se pasan huyendo de una parte a otra.

Federico Türpe
Por Federico Türpe 20 Junio 2004
Por Federico Türpe

Causa verdadera y lunfarda pavura (más que espanto) ver la velocidad con que los políticos cambian de bandera, revierten sus ideas y saltan la tranquera. Para colmo, se enojan, como nuestro "comparreligionario" gobernador, cuando la gente se toma el derecho de dudar de sus promesas.
Al amigo Shakespeare se le habrían quemado los libros si hubiera intentado escribir una tragedia como Romeo y Julieta en Argentina. Es que aquí los archienemigos Montesco y Capuleto en poco tiempo habrían estado, como dice el tango, "revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos", con la joven pareja a la cabeza de un sublema. ¿Algún coherente sería capaz de explicarle a un adolescente por qué Carlos Menem y Néstor Kirchner, quienes supuestamente están en las antípodas ideológicas, comparten partido, diputados, senadores, gobernadores y dirigentes afines?
Como ya lo dijo José Quirós en una carta de lectores publicada hace poco tiempo en LA GACETA, Argentina es un país de tránsfugas, lo que para la Real Academia -y para evitar suspicacias- no es otra cosa que "persona que se la pasa huyendo de una parte a otra o que pasa de un partido a otro".
Pero esta historia no es nueva en el país, al punto que las propias bases de la República están fundadas por tránsfugas. No pocos ignoran que nuestra patriótica Revolución de Mayo fue más que nada el efecto dominó de lo que acontecía en Europa en ese momento. España caía bajo los fusiles de Napoleón Bonaparte y aquí muchos empezaban a despegarse del virrey, quien por entonces ya tenía menos seguidores que Galtieri después de perder la guerra de Malvinas. Claro que no está de más recordar la cantidad de políticos, varios de ellos aún hoy en ejercicio del poder, que aplaudieron al beodo general aquel 3 de abril de 1982, un día después del desembarco. Sin embargo, no todos los males se inventaron en la patria del dulce de leche. Recuerda el historiador Felipe Pigna que el efímero rey de España Fernando VII, que alcanzó a reinar unos pocos días antes de que Napoleón lo deportara a Francia, se quedó ronco de tanto gritar "viva el emperador" y de felicitarlo por los triunfos que sus tropas lograban sobre España, es decir, por las masacres contra su propio pueblo. Fernando VII ni siquiera se privó, durante su "forzado" exilio en Francia, de asistir a la boda de Napoleón con la archiduquesa María Luisa de Hasburgo; tampoco tuvo reparos en denunciar a sus más cercanos seguidores, quienes preparaban el rescate del rey "cautivo" para devolverlo a Madrid. Muchos de ellos terminaron después fusilados por las huestes francesas y denunciados por su propio líder, algo no muy distinto de lo que les pasó a los Montoneros, luego de que Perón los corrió de la Plaza de Mayo.
Kirchner propone ahora la transversalidad política, una gran oportunidad para que muchos tránsfugas vean legitimado, por el propio Presidente, un cambio de bandera que de uno u otro modo iban a llevar a cabo. El mismo Kirchner predica con el ejemplo. Su brazo derecho y secretario general, Alberto Fernández (¿o debería decirse brazo izquierdo en este Gobierno?), es el mejor ejemplo de transversalidad. Se inició en la juventud del derechista Partido Nacionalista Constitucional; después estuvo con Carlos "Chacho" Alvarez; luego fue funcionario de Alfonsín, a continuación de Menem y ahora de Kirchner. El tránsfuga Fernández también fue aliado y legislador de Domingo Cavallo (para enfrentar a Aníbal Ibarra, a quien después apoyó en contra de sus ex amigos liberales y macristas) y compañero de lista de la ultraderechista y amiga del ex dictador Rafael Videla, Elena Cruz.
En Tucumán, un ejemplo paradigmático es el ex fiscal Esteban Jerez. Creció en la Justicia bajo el padrinazgo de un dirigente peronista y se inició en la política aliado con los radicales. Después conversó con el bussismo, armó un frente con ex radicales de izquierda y socialistas, y terminó yendo a elecciones con ex radicales liberales. Tal vez sea hora de honrar a aquellos políticos que, aunque poco o nada hayan logrado por su pueblo, nacieron y murieron con una sola y coherente ficha de afiliación.

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