18 Junio 2004 Seguir en 
En el cuento "La autopista al sur", el escritor Julio Cortázar mostró la paradoja de aquello que está hecho para acelerar el tiempo y, sin embargo, lo detiene hasta embotellar las almas. En realidad, lo que Cortázar hizo fue narrar un drama que se repite a diario en nuestra ciudad. Es sabido que las complicaciones que genera la vida en toda gran ciudad representan uno de los aspectos que más desvelan a los ciudadanos. Por eso sorprende que sea tan poco efectivo el trabajo que realizan las autoridades para evitar que la saturación del mundo posmoderno termine por transformar al otrora "Jardín de la República" en una dramática alucinación. Un ejemplo de esto es el cambio de mano en el tránsito de las calles que rodean a la plaza Alberdi, que generó una serie de trastornos que pusieron en riesgo la integridad física de los peatones. Pero, el hecho de colocar más varitas en las calles no contribuyó demasiado a disminuir el desorden. Por el contrario -y como lo plantea Cortázar en su cuento- los inconvenientes crecieron en forma directamente proporcional al número de inspectores. Sobre todo, por la flaqueza moral. Flagelos enquistados en nuestra sociedad (como el de la coima) volvieron a quedar al descubierto en forma descarnada. A tal punto, que el intendente Domingo Amaya debió intervenir la Dirección de Tránsito luego de que uno de sus funcionarios descubrió a inspectores en pleno pedido de coima. Todo esto sucede en medio del desconcierto de las autoridades y a pocos días del inicio de la vacaciones invernales que, dicho sea de paso, llenará de turistas nuevamente la ciudad. Así las cosas, es saludable que el intendente Domingo Amaya haya decidido tomar de una buena vez el toro por las astas y ponga algo de orden en un sector donde siempre operaron las mafias y en el que las buenas voluntades son como perlas en el barro. Por eso mismo, de este nuevo escándalo en Tránsito pueden surgir peligros y oportunidades. Peligros, porque siempre persiste el temor de que las reformas sean devoradas por las ciénagas de la impunidad (ejemplos sobran) o que se realicen profundas reformas para que, en realidad, no cambie nada. Y oportunidades porque, si la repartición se depura, el drama del tránsito en Tucumán dejará de ser un problema. Más aún, permitirá que el turista que llegue a la ciudad buscando tranquilidad no choque con inspectores que piden un par de monedas para pasar por alto alguna pequeña falta de tránsito. Los mismos empleados de la repartición anhelan profundas reformas. "Hay un 30 % de trabajadores que se oponen a los cambios y que son los que en realidad protegen a las organizaciones que están al margen de la ley. El resto de los empleados es personal que está capacitado y que puede hacer un buen trabajo", confiesa un funcionario del área. De hecho, la Dirección de Tránsito recibe por semana más de 100 denuncias sobre coimas y aprietes que, en definitiva, terminan enlodando a todo el personal. Incluso los turistas suelen presentar sus quejas por el maltrato que deben soportar por parte de los que deberían custodiar el orden y la buena convivencia en la ciudad. Así, el actual interventor Jorge Billone (se analiza la posibilidad de nombrar a otro que no tenga nada que ver con la repartición) tiene por delante una ardua tarea.
Esfuerzo
Tal como lo vienen advirtiendo los más lúcidos protagonistas del escenario nacional (Enrique Pinti fue uno de los últimos que hablaron desprejuiciadamente del tema en Tucumán), si no se aprovecha esta oportunidad para renovar el aire viciado en algunas de las instituciones fundamentales, se habrá frustrado una vez más el esfuerzo de la sociedad para emerger de la penosa condición de "República Bananera". Y Tucumán seguirá siendo una vertiginosa autopista en la que nada avanza. Como en el cuento de Julio Cortázar.
Esfuerzo
Tal como lo vienen advirtiendo los más lúcidos protagonistas del escenario nacional (Enrique Pinti fue uno de los últimos que hablaron desprejuiciadamente del tema en Tucumán), si no se aprovecha esta oportunidad para renovar el aire viciado en algunas de las instituciones fundamentales, se habrá frustrado una vez más el esfuerzo de la sociedad para emerger de la penosa condición de "República Bananera". Y Tucumán seguirá siendo una vertiginosa autopista en la que nada avanza. Como en el cuento de Julio Cortázar.







