El Gobierno nacional y su partido

Las tensiones amenazan con afectar la gobernabilidad.

18 Junio 2004
Los gobiernos democráticos acceden al poder público con el respaldo político de sus partidos o alianzas; mas ello no debe implicar un condicionamiento de sus responsabilidades al servicio de la Nación y de los intereses de toda la sociedad. En el olvido de ese principio ineludible residió buena parte de la crisis institucional que conmovió a la República tras la renuncia forzada del presidente Fernando de la Rúa y por causa de la vacancia en la vicepresidencia. A partir de esa situación colapsó la gobernabilidad y, en tres semanas, se sucedieron dos presidentes transitorios al margen de las urnas -por más que constitucionalmente- amén de los delegados intermedios del Congreso en el Poder Ejecutivo, sin poderse cumplir el mandato interrumpido, por decisión de la mayoría parlamentaria del justicialismo.
Desde ese momento, el partido oficialista puso en evidencia sus dificultades para evitar el traslado de sus conflictos internos a los poderes del Estado; una situación que no sólo perdura, sino que ha deparado tensiones entre el Gobierno nacional y su partido que amenazan con afectar la gobernabilidad, riesgo aludido por el propio presidente Kirchner para referirse a sus difíciles relaciones con la provincia de Buenos Aires y con el poderoso aparato partidario duhaldista.
Nunca como ahora mientras el peronismo gobernó al país esa situación tuvo la gravedad evidenciada, pues los fuertes liderazgos que monopolizaron en el pasado las gestiones del gobierno y el partido hicieron de este un brazo dócil del poder estatal. Muestra de la actual carencia es la acefalía de la conducción partidaria, prolongada sine die por la imposibilidad de un acuerdo para superar esa vacancia. Vacancia a partir del severo conflicto público con que la senadora Fernández de Kirchner y la diputada "Chiche" Duhalde provocaron el fracaso del congreso justicialista normalizador.
Desde ese momento, el Presidente intensificó su búsqueda de alianzas extrapartidarias para consolidar su poder que, si bien tuvo origen en un menguado caudal electoral, ha sido fortalecido mediante las encuestas de opinión. Esas alianzas, sin embargo, son condicionadas en su mayoría por sectores francamente opuestos al peronismo tradicional, representado por Eduardo Duhalde, lo cual convierte el debate entre ambos en un conflicto conceptual e ideológico dirimido a través de los medios de comunicación y con la repetida intervención de voceros de ambas partes.
El agravamiento de la realidad partidaria someramente descripta, en coincidencia con la necesidad gubernamental de atender problemas fundamentales de la Nación cuya solución no permite postergaciones y reclama unidad de criterios, está generando fundadas preocupaciones públicas que deben ser atendidas. En primer término la inquietud que provoca la aparente incapacidad partidaria del oficialismo para dirimir sus cuestiones internas sin tratar de hacer del Gobierno nacional un feudo hipotecado por sus intereses circunstanciales.
No menos preocupante es el deliberado autoaislamiento presidencial para la adopción de decisiones fundamentales del Estado y que por tal causa generan polémicas y resistencias. Contrariamente a lo que algunos ministros de ese gabinete presidencial reducido suelen sostener, el Congreso no es el único espacio donde debe ponerse a prueba el diálogo de un gobierno democrático.
En ese orden, Gobierno y partido deben resolver su conflicto apelando a una severa autocrítica como ejercicio de cultura política. Mientras esa catarsis purificadora se encuentre pendiente, la República no podrá recuperar su dignidad ni la confianza entre la comunidad internacional, a pesar de los logros que muestra su manejo fiscal frente a la adversidad.

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