17 Junio 2004 Seguir en 
Una reciente ordenanza municipal lleva el propósito de restringir la venta de ciertos juguetes "bélicos" en los negocios de nuestra ciudad. Su sanción merece un comentario positivo. A diario debemos deplorar la forma en la cual la violencia ha envuelto a la comunidad argentina en una secuencia que parece cada día más difícil de contener. Y dentro de semejante cuadro, está a la vista de cualquiera el hecho de que los menores son los más frecuentes protagonistas de tal tendencia. Hace pocos días, en esta columna, comentábamos las alarmantes cifras que exhibe la delincuencia de los menores en la provincia de Tucumán. Sosteníamos que era urgente que la sociedad reaccionase contra ella, iniciando una respuesta desde los puntos clave, como son el hogar y la escuela.
La familiaridad de los niños con la violencia se inicia, indudablemente, a través del alimento que proporciona a sus mentes la televisión. Raros son los programas destinados -teóricamente- a menores que no estén estructurados sobre la confrontación iracunda entre seres, ya sean humanos o extraterrestres. La exterminación frenética de los adversarios es un ingrediente común de estos "entretenimientos". No se necesita ser especialista en psicología infantil para llegar a la conclusión de que el consumo intenso de un material de ese tipo tiene que influenciar la mentalidad de los pequeños espectadores. Y si ocurre que a la hora de adquirir un juguete el progenitor suministra a su hijo armas del más diverso tipo, parece evidente que no se hace más que fomentar en su espíritu la noción de que las armas forman parte indispensable del equipamiento de las personas, y que, consecuentemente, su uso está dentro de lo normal. No podemos extrañarnos, entonces, de que una formación modelada de acuerdo con semejantes inducciones dé como resultado, a los muy pocos años (sabemos que son cosa común los delincuentes de 11 a 13), seres humanos decididamente agresivos, capaces de utilizar armas contra sus semejantes y de quitarles eventualmente la vida.
Podrá decirse que, dentro de la gama de los juguetes, pistolas, rifles, metralletas y demás han existido prácticamente siempre, y que parecería curioso que recién ahora se vean como inconvenientes. Pero también es verdad que nunca como hoy la violencia ha tenido una expresión tan vasta como la que nos alarma a diario. Piénsese que antes no eran comunes los delincuentes de 11 años, ni los niños eran capaces de llevar y utilizar armas en la escuela, entre otros casos de los cuales el periodismo nos informa todos los días.
Parece obvio decir que la veda de las armas de juguete no constituye una medida capaz de terminar, por sí sola, con el cotidiano consumo de una cuota de iracundia por parte de los niños. Pero no puede negarse que por alguna parte hay que comenzar. En ese sentido, el rubro sobre el cual convendría operar en la misma dirección es el de los "jueguitos" electrónicos, donde los ataques con muerte y destrucción se despliegan en todo su esplendor y en las más variadas facetas. Es una de las tareas que, como lo dijimos en nuestro anterior editorial, la sociedad deberá encarar si verdaderamente aspira a contener este proceso que inquieta a todos.No puede negarse que la agresividad es algo que está en la esencia de los seres humanos. Pero corresponde al cuerpo social crear el ámbito y las condiciones adecuadas para que se canalice de otra manera. No vender juguetes bélicos significará muy posiblemente una molestia para expendedores y compradores, y como toda novedad, ha de suscitar discusiones. Pero conviene tener presente el concepto troncal de la norma que, repetimos, debe marcarse como positivo. Todo lo que hagamos para frenar la violencia debe juzgarse bienvenido.
La familiaridad de los niños con la violencia se inicia, indudablemente, a través del alimento que proporciona a sus mentes la televisión. Raros son los programas destinados -teóricamente- a menores que no estén estructurados sobre la confrontación iracunda entre seres, ya sean humanos o extraterrestres. La exterminación frenética de los adversarios es un ingrediente común de estos "entretenimientos". No se necesita ser especialista en psicología infantil para llegar a la conclusión de que el consumo intenso de un material de ese tipo tiene que influenciar la mentalidad de los pequeños espectadores. Y si ocurre que a la hora de adquirir un juguete el progenitor suministra a su hijo armas del más diverso tipo, parece evidente que no se hace más que fomentar en su espíritu la noción de que las armas forman parte indispensable del equipamiento de las personas, y que, consecuentemente, su uso está dentro de lo normal. No podemos extrañarnos, entonces, de que una formación modelada de acuerdo con semejantes inducciones dé como resultado, a los muy pocos años (sabemos que son cosa común los delincuentes de 11 a 13), seres humanos decididamente agresivos, capaces de utilizar armas contra sus semejantes y de quitarles eventualmente la vida.
Podrá decirse que, dentro de la gama de los juguetes, pistolas, rifles, metralletas y demás han existido prácticamente siempre, y que parecería curioso que recién ahora se vean como inconvenientes. Pero también es verdad que nunca como hoy la violencia ha tenido una expresión tan vasta como la que nos alarma a diario. Piénsese que antes no eran comunes los delincuentes de 11 años, ni los niños eran capaces de llevar y utilizar armas en la escuela, entre otros casos de los cuales el periodismo nos informa todos los días.
Parece obvio decir que la veda de las armas de juguete no constituye una medida capaz de terminar, por sí sola, con el cotidiano consumo de una cuota de iracundia por parte de los niños. Pero no puede negarse que por alguna parte hay que comenzar. En ese sentido, el rubro sobre el cual convendría operar en la misma dirección es el de los "jueguitos" electrónicos, donde los ataques con muerte y destrucción se despliegan en todo su esplendor y en las más variadas facetas. Es una de las tareas que, como lo dijimos en nuestro anterior editorial, la sociedad deberá encarar si verdaderamente aspira a contener este proceso que inquieta a todos.No puede negarse que la agresividad es algo que está en la esencia de los seres humanos. Pero corresponde al cuerpo social crear el ámbito y las condiciones adecuadas para que se canalice de otra manera. No vender juguetes bélicos significará muy posiblemente una molestia para expendedores y compradores, y como toda novedad, ha de suscitar discusiones. Pero conviene tener presente el concepto troncal de la norma que, repetimos, debe marcarse como positivo. Todo lo que hagamos para frenar la violencia debe juzgarse bienvenido.







