> LA MISA DE HOY
PBRO. MARCELO BARRIONUEVO
En el Adviento la Iglesia nos invita no sólo a celebrar el aniversario del nacimiento de Jesús Niño, sino, y como consecuencia de ello, a vivir con más fe y con más amor al Señor durante la espera de su segunda venida gloriosa. Toda nuestra vida es un adviento, una espera alegre y esforzada para el encuentro definitivo con Cristo.
La llegada de Cristo en esta Navidad y su venida gloriosa al final de los tiempos constituirán una explosión de alegría para nosotros si buscamos esa conversión que el Espíritu Santo propone por boca del Bautista. La conversión implica una reorientación radical de toda la vida, que es posible porque contamos con la ayuda de Dios.
“La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: ‘Conviértenos, Señor, y nos convertiremos’ (Lc 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo” (CEC, 1432).
Dios se acerca en esta Navidad y nos dice: “Preparad el camino”. Pero, en ocasiones, esa voz “grita en el desierto” porque hay a nuestro alrededor otras voces que nos seducen y nos convencen de que la realización personal y la felicidad están en la acumulación de poder adquisitivo o de influencias; en la mesa bien abastecida; en la satisfacción sexual sin distinguir entre lujuria y amor; en la comodidad egoísta que huye de compromisos estables... Estas voces crean expectativas que no responden a nuestras necesidades más profundas, y cuando nos plegamos a ellas nos movemos en un mundo de engaño. El Espíritu del Señor nos pide que enderecemos lo que está torcido; así “todos verán la salvación de Dios”.
“Una voz grita en el desierto”. De alguna forma y en determinados momentos nos hemos vuelto sordos y hemos dado más crédito al ruido exterior que a esa voz de Dios. Una voz que no es bulliciosa ni desconsiderada con nuestra dignidad: la voz del “dulce huésped del alma” (Secuencia de Pentecostés), que, como el murmullo de una fuente, nos llama continuamente y que percibimos en los pliegues más recónditos de la conciencia.
La llamada de Dios en este Adviento lleva implícita la fuerza para ese cambio radical de vida, pues el mayor castigo sería no llamar y permitir que los hombres se entreguen a su corazón obstinado. ¡Abrir el Evangelio y abrirse personalmente a su mensaje de salvación! ¡Tratemos de huir del estrépito ambiental que impide oír la voz de Dios! Liberémonos de la prisión del yo, y de los falsos profetas de nuestro tiempo que cierran la salida para el encuentro con Jesucristo que llega en esta Navidad en la tierna figura de un Niño y al que alaban todas las jerarquías élicas y los coros celestiales. (Sánchez Alba).







