Importancia del libro

Se inventaron hace siglos pero siguen teniendo trascendencia en nuestras vidas.

14 Junio 2004
Cada año, fechas como la de la realización de la Feria del Libro de Buenos Aires, en abril-mayo, o la celebración del Día del Libro, que se cumple mañana, traen a la atención de la comunidad el caso de ese conjunto de páginas impresas y encuadernadas. Se inventaron hace ya muchos siglos pero siguen teniendo trascendencia en nuestras vidas.
Sabemos que muchas veces se ha profetizado la muerte del libro. En particular, desde que la televisión y los ordenadores comenzaron a extender sobre el mundo un imperio que no hace más que crecer. Pero los últimos años han demostrado que es posible la convivencia, ya que el auge de aquellos medios dista de haber terminado con los libros. Así lo prueban los millones de títulos que a diario continúan saliendo al mercado.
Parecería sobreabundante detenerse una vez más sobre todo lo que el libro representa. Hace pocos días, durante la presentación del Plan Nacional de Lectura, en el Ministerio de Educación, el escritor Ernesto Sábato invitaba a leer, porque los libros ayudan "a comprender y a querer la grandeza de la vida". "Un libro lleva inexorablemente a otro libro, a través de los más grandes de todos los tiempos, esos que nos entregan los abismos del corazón humano y la belleza y el sentido de la existencia", afirmaba. Aseguraba: "leer agranda el deseo y el horizonte de la vida; proporciona una mirada más abierta sobre los hombres y sobre el mundo, y ayuda a rechazar la realidad como un hecho irrevocable. Esa negación, esa sagrada rebeldía, es la grieta que abrimos sobre la opacidad del mundo. A través de ella puede filtrarse una novedad que aliente nuestro compromiso".
Pero si es verdad que la lectura resulta clave para la formación de toda persona, también lo es que el requerimiento de practicarla dista de cumplirse en la dimensión que nuestra sociedad lo necesita. Tenemos, en efecto, una serie de asignaturas pendientes, en este tema, que no pueden sino alarmar. Las estadísticas sobre la cantidad de libros que frecuentan nuestros niños y jóvenes -dejando de lado el texto escolar, que se consulta por obligación- hablan de cifras muy bajas. Es cierto que la crisis económica incide en esta cuestión, pero no puede negarse que quien desea verdaderamente leer puede hacerlo sin costo alguno, en la enorme cantidad de bibliotecas públicas existentes. Y sabemos que tales instituciones se hallan cada vez en peor situación. Su estado de abandono y deterioro es claramente revelador de la escasa importancia que damos a su contenido. No se requiere demasiada penetración para conjeturar que el bajo nivel de nuestros egresados secundarios se halla intrínsecamente ligado a la falta de familiaridad con los libros. Tanto de ellos como de sus docentes, ya que el conocimiento no es más que una cadena donde cada eslabón tiene importancia.
Es también conocido que en los hogares el libro prácticamente ha desaparecido. Hasta hace algunas décadas, los progenitores se ocupaban -muchas veces a costa de grandes sacrificios- de ir formando una biblioteca familiar, para que ella alimentara la mente de sus hijos. El libro constituía un objeto altamente respetable, porque contenía conocimientos.
Esa realidad es lo que se debe revertir con urgencia. Depende tanto del Estado como de la comunidad, en sus respectivos ámbitos, lograr que todo lo bueno y valioso que puede proporcionar un libro se haga realmente efectivo. Y esto requiere actitudes concretas, dirigidas a restaurar en la niñez y en la juventud un hábito que se esfuma a toda velocidad, en un proceso que significa una cuantiosa pérdida espiritual. Conviene tenerlo en cuenta, en fechas como las que celebramos mañana.

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