13 Junio 2004 Seguir en 
Eduardo Duhalde quedó sin amigos poderosos en Tucumán. Julio Miranda es senador por seis años y está cada vez más cerca de la jubilación política que de ser una opción de poder. El ex gobernador comulga más con la visión que tiene el bonaerense sobre el peronismo que con la de Néstor Kirchner. Duhalde prácticamente fue un custodio de lujo para Miranda cuando lo llevó de la Casa de Gobierno de Tucumán a Buenos Aires y lo hizo jurar como senador, tras el traspaso del mando a José Alperovich. Con los fueros parlamentarios Miranda se protegía de sorpresas judiciales.
José Alperovich era el otro amigo influyente del bonaerense. Hilda "Chiche" González de Duhalde pernoctó más de una vez en la casa del actual gobernador. Con el operativo "Rescate", "Chiche" alivió la presión que erosionaba a Miranda por el estallido de mortalidad infantil, a la vez que despejó el camino para Alperovich.
Durante la luna de miel de Néstor Kirchner con Duhalde, el gobernador se jactaba de mantener buenas relaciones con uno y otro. No había motivos ni incentivos especiales para un viraje de 180 grados. Pero cuando cambiaron las circunstancias Alperovich no dudó un segundo. Puesto en la disyuntiva, optó por el Presidente. "No se puede jugar a dos puntas", razona. Duhalde ya es pasado, como lo fue el radicalismo. Esto muestra la permanente movilidad posicional que despliega el sucesor de Miranda.
Cuestiones financieras y debilidades políticas tornaron imperiosa la adhesión al proyecto del santacruceño. Durante meses Alperovich penó para arrimarse a lo más empinado del poder en la Argentina, hasta que la discusión por el reparto de impuestos le abrió un atajo. Se puso en contra de Felipe Solá y de los bonaerenses de entrada, en una cruzada que se viste de federalista. Jugó fuerte y ahora cosecha los réditos.
Fuera de la lógica
El desfile de los jefes provinciales por el despacho de Kirchner desnudó la otra cara del progresismo presidencial: la sumisión por el dinero, al estilo de las mejores prácticas conservadoras.Sólo dos gobernadores que fincan su poderío político en las regalías petroleras salieron de la lógica de la pelea Duhalde-Kirchner: el salteño Juan Carlos Romero (Salta) y el neuquino Jorge Sobisch.
Con sentido pragmático, Alperovich entra a los ministerios, escudriña en los presupuestos y obtiene recursos para obras. Disciplinado como un peronista de la época fundacional, reserva el protagonismo de los anuncios más trascendentes para Kirchner. La presencia del Presidente en Tucumán el 9 de julio significará un espaldarazo para el gobernador, que no termina de domesticar el aparato partidario.
En realidad, las mayores complicaciones que perturban al oficialismo provienen del campo peronista. La ola de protestas gremiales mezcla reclamos salariales legítimos con presiones políticas. El cambio de reglas desacomodó a los sindicalistas. La política del Gobierno pasa por separar la paja del trigo. De esa manera, podrá agrietar el frente que se exhibe unificado y con capacidad de movilización.
La estrategia de desgaste de los gremios supone una decisión política clave. El alperovichismo está dispuesto a hacer concesiones pero sin comprometer la marcha general del Gobierno.
Fernando Juri quedó entrampado entre dos fuegos. El vicegobernador no les puede prometer a los sindicalistas un aumento salarial por ley, porque la Constitución se lo prohíbe. El malestar del mundo gremial es la otra cara de la moneda. Dos comisiones de la misma Legislatura dieron dictamen favorable a un proyecto de ley que autoriza a fijar en $ 350 el salario básico de los estatales. Fernando Juri Debo pagó los platos rotos de la ira sindical. Miranda, a su vez, anunció una mediación ante los sindicalistas amigos, que nunca se corporizó en actos concretos. Y algunos acercamientos entre dirigentes de ATEP y ATE con las máximas autoridades del Gobierno terminaron bruscamente, por divergencias de intenciones.
Los planes hacia julio
La idea del oficialismo es sofocar gradualmente los focos de irritación para que Kirchner encuentre una provincia pacificada. Sólo las rencillas internas del peronismo pueden arruinar esa pretensión del Poder Ejecutivo. Con el vicegobernador se llegó a una tregua no escrita hasta el 10 de julio, por lo menos. Las versiones sobre juicios políticos a Alperovich envenenaron las relaciones entre este y Juri. Hasta la Casa Rosada llegaron las quejas s por las presuntas maniobras desestabilizadoras de la Legislatura. En ese terreno, Alperovich le sacó una ventaja inmensa a Juri porque está bajo la protección presidencial.
El vicegobernador, en cambio, prefirió reciclarse en el menemismo residual que pretende liderar Romero. Su lejanía de la administración federal no le augura una subsistencia política cómoda. La pugna en el ámbito partidario ventilará el grado de consistencia que alcanzó la red de alianzas del gobernador en el congreso del PJ. Esta asamblea, en décadas pasadas, sirvió para que se plantearan diferencias intestinas, pero nunca llegó a torcer el rumbo de la administración peronista de turno. Ahora permitirá que se conozca qué cantidad de congresales es leal a Miranda, a Juri y a Alperovich.
El veto alperovichista para conspicuos colaboradores de Miranda agitó el ambiente. Uno de los que se enfurece es el ex ministro Antonio Guerrero, quien empuja la candidatura del delegado comunal José Conte. La diputada nacional Susana Díaz es la predilecta de la Casa de Gobierno, y Julio Villavicencio -ex secretario general de FOTIA- se ganó la confianza del vicegobernador. En el medio de este tironeo está la reforma constitucional, cuya traba fastidia más al alperovichismo que lo que se reconoce en forma pública.
El oficialismo pronostica que será mayoría porque se ha roto el sistema de lealtades con que se designaron los congresales. El peso que tiene el Gobierno desequilibra las sociedades políticas preexistentes. Intendentes, delegados comunales y funcionarios jerárquicos difícilmente desafíen las sugestiones de la cumbre gubernamental. Competir con esta, es exponerse a represalias de tipo político. El choque de proyectos asoma, pero no es probable que la sangre llegue al río.
José Alperovich era el otro amigo influyente del bonaerense. Hilda "Chiche" González de Duhalde pernoctó más de una vez en la casa del actual gobernador. Con el operativo "Rescate", "Chiche" alivió la presión que erosionaba a Miranda por el estallido de mortalidad infantil, a la vez que despejó el camino para Alperovich.
Durante la luna de miel de Néstor Kirchner con Duhalde, el gobernador se jactaba de mantener buenas relaciones con uno y otro. No había motivos ni incentivos especiales para un viraje de 180 grados. Pero cuando cambiaron las circunstancias Alperovich no dudó un segundo. Puesto en la disyuntiva, optó por el Presidente. "No se puede jugar a dos puntas", razona. Duhalde ya es pasado, como lo fue el radicalismo. Esto muestra la permanente movilidad posicional que despliega el sucesor de Miranda.
Cuestiones financieras y debilidades políticas tornaron imperiosa la adhesión al proyecto del santacruceño. Durante meses Alperovich penó para arrimarse a lo más empinado del poder en la Argentina, hasta que la discusión por el reparto de impuestos le abrió un atajo. Se puso en contra de Felipe Solá y de los bonaerenses de entrada, en una cruzada que se viste de federalista. Jugó fuerte y ahora cosecha los réditos.
Fuera de la lógica
El desfile de los jefes provinciales por el despacho de Kirchner desnudó la otra cara del progresismo presidencial: la sumisión por el dinero, al estilo de las mejores prácticas conservadoras.Sólo dos gobernadores que fincan su poderío político en las regalías petroleras salieron de la lógica de la pelea Duhalde-Kirchner: el salteño Juan Carlos Romero (Salta) y el neuquino Jorge Sobisch.
Con sentido pragmático, Alperovich entra a los ministerios, escudriña en los presupuestos y obtiene recursos para obras. Disciplinado como un peronista de la época fundacional, reserva el protagonismo de los anuncios más trascendentes para Kirchner. La presencia del Presidente en Tucumán el 9 de julio significará un espaldarazo para el gobernador, que no termina de domesticar el aparato partidario.
En realidad, las mayores complicaciones que perturban al oficialismo provienen del campo peronista. La ola de protestas gremiales mezcla reclamos salariales legítimos con presiones políticas. El cambio de reglas desacomodó a los sindicalistas. La política del Gobierno pasa por separar la paja del trigo. De esa manera, podrá agrietar el frente que se exhibe unificado y con capacidad de movilización.
La estrategia de desgaste de los gremios supone una decisión política clave. El alperovichismo está dispuesto a hacer concesiones pero sin comprometer la marcha general del Gobierno.
Fernando Juri quedó entrampado entre dos fuegos. El vicegobernador no les puede prometer a los sindicalistas un aumento salarial por ley, porque la Constitución se lo prohíbe. El malestar del mundo gremial es la otra cara de la moneda. Dos comisiones de la misma Legislatura dieron dictamen favorable a un proyecto de ley que autoriza a fijar en $ 350 el salario básico de los estatales. Fernando Juri Debo pagó los platos rotos de la ira sindical. Miranda, a su vez, anunció una mediación ante los sindicalistas amigos, que nunca se corporizó en actos concretos. Y algunos acercamientos entre dirigentes de ATEP y ATE con las máximas autoridades del Gobierno terminaron bruscamente, por divergencias de intenciones.
Los planes hacia julio
La idea del oficialismo es sofocar gradualmente los focos de irritación para que Kirchner encuentre una provincia pacificada. Sólo las rencillas internas del peronismo pueden arruinar esa pretensión del Poder Ejecutivo. Con el vicegobernador se llegó a una tregua no escrita hasta el 10 de julio, por lo menos. Las versiones sobre juicios políticos a Alperovich envenenaron las relaciones entre este y Juri. Hasta la Casa Rosada llegaron las quejas s por las presuntas maniobras desestabilizadoras de la Legislatura. En ese terreno, Alperovich le sacó una ventaja inmensa a Juri porque está bajo la protección presidencial.
El vicegobernador, en cambio, prefirió reciclarse en el menemismo residual que pretende liderar Romero. Su lejanía de la administración federal no le augura una subsistencia política cómoda. La pugna en el ámbito partidario ventilará el grado de consistencia que alcanzó la red de alianzas del gobernador en el congreso del PJ. Esta asamblea, en décadas pasadas, sirvió para que se plantearan diferencias intestinas, pero nunca llegó a torcer el rumbo de la administración peronista de turno. Ahora permitirá que se conozca qué cantidad de congresales es leal a Miranda, a Juri y a Alperovich.
El veto alperovichista para conspicuos colaboradores de Miranda agitó el ambiente. Uno de los que se enfurece es el ex ministro Antonio Guerrero, quien empuja la candidatura del delegado comunal José Conte. La diputada nacional Susana Díaz es la predilecta de la Casa de Gobierno, y Julio Villavicencio -ex secretario general de FOTIA- se ganó la confianza del vicegobernador. En el medio de este tironeo está la reforma constitucional, cuya traba fastidia más al alperovichismo que lo que se reconoce en forma pública.
El oficialismo pronostica que será mayoría porque se ha roto el sistema de lealtades con que se designaron los congresales. El peso que tiene el Gobierno desequilibra las sociedades políticas preexistentes. Intendentes, delegados comunales y funcionarios jerárquicos difícilmente desafíen las sugestiones de la cumbre gubernamental. Competir con esta, es exponerse a represalias de tipo político. El choque de proyectos asoma, pero no es probable que la sangre llegue al río.







