José Luis Torres, implacable fiscal

El periodista tucumano bautizó como “década infame” a los años 1930 y denunció sin piedad la corrupción.

20 May 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Un lugar común en la literatura histórica argentina, es denominar “década infame” a los años 1930. Lo que no suele recordarse, es que tan implacable bautismo se debe a un tucumano, José Luis Torres. Fue el título de su libro más famoso, que apareció en 1945: La década infame.

Nacido en 1901, Torres vivió en Tucumán hasta promediar aquel decenio. Fue un autodidacta. No terminó la escuela, porque dejó de chico su casa para emplearse en una ferretería. Pero tenía verdadera voracidad por leer y por escribir. Empezó con poesías, que publicaba en los diarios, a veces con su firma y otras con el seudónimo “Sergio Serma”. Algunos aparecieron en la efímera revista Parnaso Tucumano.

Intoxicado al comienzo por lecturas esotéricas, en esa época tenía el aspecto de los literatos bohemios: siempre traje negro, sombrero de alas anchas y corbata Lavallière. Compiló los poemas de su amigo Luis Eulogio Castro, quien se suicidó en 1923, en plena juventud, y los editó al año siguiente con el título Angustias y un largo y revelador estudio preliminar. Con Carlos Cossio, Roberto Murga, José Lozano Muñoz, Arturo Ponsati Córdoba y pocos más, integró el efímero “Grupo Tucumán”, editor de una revista que inquietaba por el juicio independiente y en ocasiones duro sobre la vida cultural: El Carcaj.

Ministro de Nougués

Estuvo entre 1922 y 1925 en Salta y Jujuy. Por esos días Torres era socialista, y activó una huelga obrera en el ingenio El Tabacal, además de acompañar a Juan B. Justo en su gira por la región. Eso mientras ejercía el periodismo militante y atacaba –lo que le acarreó represiones- al gobernador Benjamín Villafañe, de quien luego sería estrecho amigo. Vuelto a Tucumán, se ganó la vida como bibliotecario de la Sociedad Sarmiento de 1926 a 1928, hasta que lo cesantearon. Fue empleado del Aero Club y finalmente redactor político del vespertino El Orden.

El gobernador de Tucumán, Juan Luis Nougués, confió a Torres el Ministerio de Gobierno, cuando necesitó una mano dura que lo secundara en su batalla –perdida- contra los industriales azucareros y contra la presidencia de Agustín P. Justo. Fue su único cargo oficial y lo desempeñó a conciencia. De esos tiempos rugientes, daría testimonio mucho después en su libro Los perduellis (1943).

Cárcel y juicios

Iban terminando los años 30, cuando decidió radicarse en Buenos Aires. Allí dio rienda suelta a su vocación central de periodista de combate. En la prensa, tuvieron vía libre sus ideales de argentino dolido por el rumbo de una política nacional que carcomían los negociados. Su primer libro de denuncia fue Algunas maneras de vender la patria, en 1940.

Revisando las ahora tan viejas y olvidadas hojas de Ahora, de Cabildo, o de Tribuna, parecen llamear los feroces artículos de Torres o sus folletos con cartas desbocadas y tremebundas a ministros como Federico Pinedo o Miguel Ángel Culaciati. “Si usted fuera un hombre, se pegaría un tiro”, le decía a este último, por ejemplo. Por supuesto que ese lenguaje lo llevó a la cárcel en muchas ocasiones, y a procesos por desacato y por injurias. Pero nunca por calumnias, dado que se documentaba obsesivamente. Según Manuel Gálvez, solamente Perón lo hizo arrestar diecisiete veces.

Las desilusiones

Torres, en realidad, no perteneció a ningún partido político. Suele dársele la etiqueta de nacionalista, pero nunca fue antisemita ni partidario del nazismo. Era un “francotirador suelto”, como solía autodefinirse: un “ácrata de derecha” que de la admiración pasaba siempre a la desilusión y al repudio. Así le pasó con el presidente Ramón S. Castillo, con los militares, con la revolución de 1943, con Juan Domingo Perón, con Arturo Frondizi.

También lo desilusionó el boliviano Víctor Paz Estenssoro. Se habían hecho amigos en 1952 y, para apoyarlo en su campaña presidencial, Torres escribió rápidamente un libro, Nos acechan desde Bolivia. Pero ni bien asumió la presidencia, Paz Estenssoro prohibió la circulación del tomo y condecoró al embajador norteamericano, a quien Torres fusilaba desde sus páginas. Todos los títulos de sus libros lo muestran como incansable denunciador de los peculados. A los citados hay que agregar La oligarquía maléfica, de 1953; Una batalla por la soberanía, de 1946, o La patria y su destino, de 1947, además de innumerables folletos y hojas sueltas.

Los Bemberg

Durante años, se preocupó por probar que en la multimillonaria sucesión Bemberg yacía un descomunal fraude al fisco, maquillado a través de empresas industriales y comerciales. Cuando, tras años de brega, logró demostrarlo ante la Justicia, le correspondió, como denunciante, una suma significativa. Pero el grueso del premio pasó a la Fundación Eva Perón, según dispuso el Gobierno. A gran parte de lo que recibió Torres lo dilapidó entre amigos, y con lo que quedaba se fue a España, en 1956, con ánimo de quedarse para siempre. Pero a los cuatro meses regresó. La única satisfacción que tuvo fue visitar a su admirado Pío Baroja, ya en sus últimos días.

Amigo –después de enemigo, dijimos- de Benjamín Villafañe, fue quien proporcionó al aguerrido senador jujeño los datos para su resonante denuncia del negociado del Palomar, escándalo que salpicó a prominentes legisladores nacionales. Se dice que fue Manuel Fresco, gobernador de Buenos Aires y gran amigo de entonces, quien le habría revelado las claves.

Un hombre vital

Manuel Gálvez, en sus memorias, cuenta que Torres desbordaba vitalidad y energía. “Ríe a carcajada, sonoras y largas carcajadas de hombre física y moralmente sano. Produce impresión de vigor de espíritu, de mucha voluntad. No he conocido hombre más generoso”, lo describió. Su departamento de la calle Talcahuano estaba siempre lleno de gente. Allí se podía ver, por ejemplo, a Raúl Scalabrini Ortiz, Leonardo Castellani, Adolfo Silenzi de Stagni, Amancio González Paz, Ramón Doll, Arturo Enrique Sampay, Juan Alfonso Carrizo, Ernesto Palacio, Ramón Carrillo. Trató a incontables militares, pero el único que le quedó como amigo fiel fue el general Enrique Ramírez.

Leía con desordenada glotonería, sobre todo el Quijote, y autores españoles como Baroja, Unamuno, Galdós, con el mismo entusiasmo con el que aplaudía en el teatro su género favorito, la zarzuela. “¿Por qué será que nunca pude leer a Borges? Se me escapa de las manos”, decía a su hijo. Tampoco entendía a Macedonio Fernández. Cuando Scalabrini Ortiz empezaba a hablar “en difícil”, Torres le decía: “ya te apareció el Macedonio”. Redactaba de noche, tecleando furiosamente la máquina de escribir. No quería hablar por teléfono, porque lo sospechaba “pinchado”.

Los finales

Trasnochador y gran bebedor de cerveza, tuvo una fraternal amistad con Juan Carlos Dávalos. Disfrutaba también de la música criolla: Ariel Ramírez, Atahualpa Yupanqui, Los Chalchaleros. En Tucumán, sus amigos eran José Graña, Maximiliano Márquez Alurralde, Carlos Olivares, Carlos Alurralde.

Según el testimonio de su hijo, durante la estadía en España comenzó a sufrir fuertes dolores de cabeza, trastornos en la visión y pérdida del olfato. Era un tumor cerebral benigno que venía evolucionando desde hacía dos décadas. Pudo haber sido operado a tiempo, de no mediar el pánico que a Torres le producían los médicos. Vuelto a Buenos Aires, publicó por un tiempo un semanario de dos hojas Política y Políticos. Pero ya era un personaje del pasado, y solamente lo visitaban el padre González Paz y el maestro Olivares. En cuanto a su salud, el tumor había iniciado su devastador avance final. Lo operaron sin éxito en el Hospital Arenales y murió el 4 de noviembre de 1965. Veinte años más tarde, en noviembre de 1985, sus restos fueron traídos a Tucumán.

Los libros de Torres han envejecido. Hoy interesan solamente a historiadores especialistas en el famoso decenio. Ya nadie sabe, del gran público, quiénes eran los protagonistas, no es sencillo seguir la intrincada trama y la ruta de aquellos peculados, y hasta los montos no impresionan, dados los cambios de la moneda nacional. Pero sigue fluyendo intacto, de esas páginas, el admirable coraje del periodista investigador y militante, que disparaba su certera munición hasta las cumbres del poder político, sin importarle las consecuencias.

Algo personal

Termino con un párrafo personal. Corría 1973 cuando Rogelio García Lupo, entonces director de la Editorial Universitaria de Buenos Aires, me encargó una biografía de José Luis Torres. Acepté de inmediato, firmamos un contrato y empecé con entusiasmo la investigación. Entrevisté a la viuda de Torres, escribí cartas a su hijo diplomático, logré testimonios de gente de la época, revisé diarios y revistas. No llevaba un año en ese trajín, cuando Pajarito García Lupo me dijo que no me tomara el trabajo: lo habían echado de la editorial y el libro quedaba en la nada. Entregué todos los materiales, muchos años después, al amigo y colega Guillermo Gasió. Sé que ahondó de modo muy considerable la investigación y que tiene armado un libro. No dudo que en algún momento aparecerá.

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