28 Mayo 2002 Seguir en 
¿Qué pasa por la cabeza de la mayoría de los legisladores en estos días? El miedo los aturde. El temor al desprestigio final los asalta a cada minuto. Han entrado en una batalla desesperada para mantener una imagen que se deterioró hace años. Tienen miedo al papelón. Esa -entre otras- fue una de las razones por las que le dijeron no al desafuero. "Nos van a allanar nuestras casas, nos pondrán esposas y después, cuando no encuentren nada, tal vez nos pidan disculpas, pero cuando salgamos de la cárcel ya será tarde". Así reflexionaba un legislador peronista el viernes pasado.
En algún recodo de sus cerebros también se activa la venganza. Según ellos, hay enemigos que buscaron afanosamente el deterioro de sus imágenes. Acusan a la Justicia y señalan su politización afirmando que el diputado José Ricardo Falú es quien maneja a fiscales y jueces. Responsabilizan a la prensa indicando que hay connivencia con ciertos sectores políticos. Y ahora, que se quedaron solos, después de haber sido un apéndice de los caprichos del gobernador Julio Miranda, le apuntan al Poder Ejecutivo.
Todo esto piensan. Cada una de estas cosas pasa por sus cabezas varias horas al día. Su trabajo -por lo tanto- sólo se dirige a encontrar algún antibiótico que les cure esta enfermedad.
No faltan, entre los 27 legisladores que fueron investigados por supuestas coimas, los que empezaron a evaluar sus renuncias. "Mi familia ya no soporta más. Ya no se puede más", es la reflexión que se les escuchó a más de uno de los hombres que cohabitan en los edificios de avenida Sarmiento y Maipú. Hay quienes tratan de aclarar que el dinero que tienen lo hicieron en base a otras actividades que nada tienen que ver con la política. Están los otros que prefieren no hablar del tema porque aún no encontraron justificativo para justificar cierto incremento patrimonial.
Si todo esto pasa por la cabeza de un legislador será muy difícil encontrar un recóndito espacio dedicado a aquellas personas que pusieron su voto para darles el poder. Los representantes del pueblo se han convertido en representantes de sí mismos. Los hombres y las mujeres que integran hoy la Cámara han caído en esta situación precisamente por no escuchar a quienes representan. Una gran mayoría llegó promocionando sus nombres o sus caras. Ellos se adueñaron de las paredes y hasta taparon el cielo con los pasacalles en la campaña de 1999. Muy pocas veces se oyó cuáles eran sus planes, sus proyectos o para qué buscaban sentarse en una de las 40 bancas que les ofrecían los tucumanos. Querían llegar a cualquier precio. Tal vez no escucharon aquellos versos que Horacio Ferrer inmortalizó en el tango "La bicicleta blanca": "Vos sabés/ que ganar no está en llegar/ sino en seguir"...Ante la falta de ideas claras, 39 legisladores -el único que no entró en ese laberinto fue Osvaldo Cirnigliaro- cobraron sin problemas los abultados gastos de bloque que deshilacharon sus ropajes políticos. Hubo denuncias y advertencias que podrían haberles renovado rápidamente sus vestimentas de dirigentes y terminaron imaginando un traje a rayas. Lo mismo ocurrió con la reforma de la Constitución. Esta vez sólo fueron 27 los que no vieron las señales de descontento.Hoy, la pobreza, la desnutrición y el hambre asombran a los medios nacionales y a la Argentina poderosa del puerto. Para Tucumán esas imágenes no son una novedad. Viene padeciendo hace una década estos índices. Lo grave es que los dirigentes y la sociedad lo sabían y ahora parecen sorprendidos.
En algún recodo de sus cerebros también se activa la venganza. Según ellos, hay enemigos que buscaron afanosamente el deterioro de sus imágenes. Acusan a la Justicia y señalan su politización afirmando que el diputado José Ricardo Falú es quien maneja a fiscales y jueces. Responsabilizan a la prensa indicando que hay connivencia con ciertos sectores políticos. Y ahora, que se quedaron solos, después de haber sido un apéndice de los caprichos del gobernador Julio Miranda, le apuntan al Poder Ejecutivo.
Todo esto piensan. Cada una de estas cosas pasa por sus cabezas varias horas al día. Su trabajo -por lo tanto- sólo se dirige a encontrar algún antibiótico que les cure esta enfermedad.
No faltan, entre los 27 legisladores que fueron investigados por supuestas coimas, los que empezaron a evaluar sus renuncias. "Mi familia ya no soporta más. Ya no se puede más", es la reflexión que se les escuchó a más de uno de los hombres que cohabitan en los edificios de avenida Sarmiento y Maipú. Hay quienes tratan de aclarar que el dinero que tienen lo hicieron en base a otras actividades que nada tienen que ver con la política. Están los otros que prefieren no hablar del tema porque aún no encontraron justificativo para justificar cierto incremento patrimonial.
Si todo esto pasa por la cabeza de un legislador será muy difícil encontrar un recóndito espacio dedicado a aquellas personas que pusieron su voto para darles el poder. Los representantes del pueblo se han convertido en representantes de sí mismos. Los hombres y las mujeres que integran hoy la Cámara han caído en esta situación precisamente por no escuchar a quienes representan. Una gran mayoría llegó promocionando sus nombres o sus caras. Ellos se adueñaron de las paredes y hasta taparon el cielo con los pasacalles en la campaña de 1999. Muy pocas veces se oyó cuáles eran sus planes, sus proyectos o para qué buscaban sentarse en una de las 40 bancas que les ofrecían los tucumanos. Querían llegar a cualquier precio. Tal vez no escucharon aquellos versos que Horacio Ferrer inmortalizó en el tango "La bicicleta blanca": "Vos sabés/ que ganar no está en llegar/ sino en seguir"...Ante la falta de ideas claras, 39 legisladores -el único que no entró en ese laberinto fue Osvaldo Cirnigliaro- cobraron sin problemas los abultados gastos de bloque que deshilacharon sus ropajes políticos. Hubo denuncias y advertencias que podrían haberles renovado rápidamente sus vestimentas de dirigentes y terminaron imaginando un traje a rayas. Lo mismo ocurrió con la reforma de la Constitución. Esta vez sólo fueron 27 los que no vieron las señales de descontento.Hoy, la pobreza, la desnutrición y el hambre asombran a los medios nacionales y a la Argentina poderosa del puerto. Para Tucumán esas imágenes no son una novedad. Viene padeciendo hace una década estos índices. Lo grave es que los dirigentes y la sociedad lo sabían y ahora parecen sorprendidos.







