24 Mayo 2002 Seguir en 
"Lo novedoso avanza con alta velocidad. No es fácil practicar el arte de la conjetura, que recomendaba Bertrand de Jouvenel, cuando la historia parece dispararse hacia cualquier lado. En estas conversaciones procuramos identificar los datos singulares y las tendencias generales de fenómeno histórico de la crisis. Le comento una vez más que es un fenómeno histórico porque la crisis argentina -según entiendo- no es un acontecimiento original circunscripto a estos últimos años. Insisto en que es un proceso de larga duración. Hacia el final del capítulo sobre los desafíos de la democracia quedó dando vueltas el pronóstico de un escenario sombrío. Lo que no hicimos -un ensayo tal vez imposible- fue anunciar con alguna precisión los hechos que se desencadenaron a partir del 30 de noviembre, el día en que culminó el pánico bancario. Fue el viernes negro de la desconfianza porque justo allí se quebró la economía. No fueron sólo los bancos los que retiraron el dinero; se trató de una fuga en masa del sistema financiero de grandes, medianos y pequeños depositantes que buscaron poner su dinero a salvo.
Así creció el cerco de la desconfianza frente al cual el gobierno de De la Rúa y Cavallo respondió con otro cerco (con esa manía que tenemos de inventar sobrenombres en diminutivo, lo llamamos el corralito) que encerró a los ahorristas que no tuvieron oportunidad de huir de los bancos. Los encerró haciendo de ellos la materia prima de una nueva versión de las más descarnada arbitrariedad. Esta dura imposición se plasmó en una quita feroz a los ahorristas y en la caducidad, tremenda, de uno de los pilares del Estado de derecho, como es el derecho de propiedad. Es un efecto gravísimo que proviene de una concatenación de decisiones a cuál más arbitraria.
Primero fue el corralito de Cavallo; luego, el default de Adolfo Rodríguez Saá; después, la devaluación de Duhalde con la pesificación coactiva de los depósitos.
Es como si todo se acumulase para que los ciudadanos comunes paguen en nombre de los poderosos. Se olvida en la Argentina -esta es la triste verdad- que una república que pulveriza el ahorro está condenada a vegetar en el atraso. En este año se cumplen ciento cincuenta años de la publicación de las Bases... de Juan Bautista Alberdi. En aquel libro, Alberdi exaltó la seguridad jurídica, las libertades civiles, la inmigración europea y la inversión extranjera para achicar la brecha del atraso. Sin embargo, Alberdi no se cansó de predicar que la salud de una república depende todavía más de una masa de ahorristas internos -desde el más rico hasta el más pequeño- capaces de respaldar con su esfuerzo el crédito y las inversiones futuras. La disciplina del ahorro individual y voluntario marca el perfil de la estabilidad y hace funcionar el resorte del crecimiento: mujeres y hombres que ahorran porque creen en el valor de la moneda y en el sistema financiero. Sin ahorro popular no hay futuro posible para una economía que pretenda producir y distribuir bienes públicos con sentido de equidad.
Para mí no caben dudas de que el ahorro es uno de los nervios de la confianza. Cuando se interrumpe este circuito, los efectos son tan perniciosos como la falta de trabajo o el rechazo a pagar impuestos. Son tres patas de un trípode necesario: trabajo, ahorro popular, ciudadanía fiscal".
Así creció el cerco de la desconfianza frente al cual el gobierno de De la Rúa y Cavallo respondió con otro cerco (con esa manía que tenemos de inventar sobrenombres en diminutivo, lo llamamos el corralito) que encerró a los ahorristas que no tuvieron oportunidad de huir de los bancos. Los encerró haciendo de ellos la materia prima de una nueva versión de las más descarnada arbitrariedad. Esta dura imposición se plasmó en una quita feroz a los ahorristas y en la caducidad, tremenda, de uno de los pilares del Estado de derecho, como es el derecho de propiedad. Es un efecto gravísimo que proviene de una concatenación de decisiones a cuál más arbitraria.
Primero fue el corralito de Cavallo; luego, el default de Adolfo Rodríguez Saá; después, la devaluación de Duhalde con la pesificación coactiva de los depósitos.
Es como si todo se acumulase para que los ciudadanos comunes paguen en nombre de los poderosos. Se olvida en la Argentina -esta es la triste verdad- que una república que pulveriza el ahorro está condenada a vegetar en el atraso. En este año se cumplen ciento cincuenta años de la publicación de las Bases... de Juan Bautista Alberdi. En aquel libro, Alberdi exaltó la seguridad jurídica, las libertades civiles, la inmigración europea y la inversión extranjera para achicar la brecha del atraso. Sin embargo, Alberdi no se cansó de predicar que la salud de una república depende todavía más de una masa de ahorristas internos -desde el más rico hasta el más pequeño- capaces de respaldar con su esfuerzo el crédito y las inversiones futuras. La disciplina del ahorro individual y voluntario marca el perfil de la estabilidad y hace funcionar el resorte del crecimiento: mujeres y hombres que ahorran porque creen en el valor de la moneda y en el sistema financiero. Sin ahorro popular no hay futuro posible para una economía que pretenda producir y distribuir bienes públicos con sentido de equidad.
Para mí no caben dudas de que el ahorro es uno de los nervios de la confianza. Cuando se interrumpe este circuito, los efectos son tan perniciosos como la falta de trabajo o el rechazo a pagar impuestos. Son tres patas de un trípode necesario: trabajo, ahorro popular, ciudadanía fiscal".







