El patético modelo de la crisis

Debemos dejar de ser un ominoso ejemplo de decadencia.

24 Mayo 2002
El patético modelo que la crisis argentina está presentando al mundo ha roto finalmente con la tradición de respeto que la comunidad internacional observa entre sus miembros, lo cual debiera conmover con espíritu reflexivo a sus protagonistas. Testimonios elocuentes de esa realidad han sido recientemente las expresiones públicas del presidente del Brasil, Fernando Enrique Cardoso y el canciller de Israel, Shimon Peres, reconocidos amigos de nuestro país. El primero respondió en una conferencia de prensa, a propósito de las próximas elecciones presidenciales, que "el gobierno elegido tiene que tener gente competente, para no correr el riesgo de convertirse en una nueva Argentina". Por su parte, el ministro israelí, al defender en el Parlamento la política fiscal de su gobierno, señaló ejemplarmente que "no se debe permitir que nuestra economía se desplome como la argentina".
Más despectivo en algunas ocasiones, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul O?Neill, ha tenido juicios que ya no sorprenden demasiado, mientras el propio presidente Eduardo Duhalde debió escuchar recientemente en Madrid y en Roma, opiniones muy elocuentes de sus máximos interlocutores que tomaron de inmediato estado público oficial: la Argentina, se le dijo reiteradamente y con diferentes palabras, debe reingresar al mundo y no obstinarse en contrariar las reglas de juego de la comunidad internacional.
No menos concluyente a la hora de resumir la reciente gira europea, el canciller Carlos Ruckauf utilizó la expresión bloqueo -mejor habría sido autobloqueo- para recordar que nuestro país carece actualmente de "garantía de calidad, luego de los incumplimientos en los últimos 24 meses, de todos los acuerdos que hizo con el mundo, donde ya no nos creen más".
Tan elocuente síntesis no retacea la autocrítica, a poco que se adviertan los tropiezos que el Gobierno ha debido enfrentar, por propios errores o actitudes renuentes a cumplir con los compromisos que su frágil coalición asumió al confiarle la transición institucional. Esta confusa mayoría parlamentaria que ahora pone en duda la gravedad de los problemas y el desprestigio que agobia a la República, sin proponer alternativas válidas más allá del discurso altisonante, es tan responsable de esa falta de respeto internacional como los gobernadores que se resisten a cumplir con lo firmado apelando a los "aprietes" de la baja política.
Esa dirigencia formal a la que tanto le cuesta aportar algún acuerdo suficiente en sustitución de las exigencias que la comunidad internacional plantea al país para reingresar en ella, parece perder de vista hasta qué punto es responsable del pasado al que cínicamente apela cuando se le exigen pasos firmes sobre un presente ineludible. Protegida por rejas reales y virtuales de una sociedad indignada que aún confía en la esperanza, todavía halla espacios para especular con calendarios electorales sobre la base del fracaso del Gobierno de transición, despreciando la prioridad de acordar un rumbo común para que la Nación deje de ser ese depresivo modelo que el mundo realmente progresista señala sin réplica posible.
Poco tiempo resta y debe aprovecharse, como muestran los días, para poner fin a la retórica inútil que trata de ignorar el abismo y apelar a un profundo examen de conciencia política, requerimientos esenciales de la comunidad nacional para dejar de ser un ominoso ejemplo de decadencia.

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