22 Mayo 2002 Seguir en 
"La memoria es la identidad en acto, pero puede también, a contrario, amenazar, trastornar, o incluso arruinar los sentimientos de identidad, como lo revelan los trabajos sobre los recuerdos de traumas y de tragedias tales como, por ejemplo, la anamnesis de abusos sexuales en la primera infancia o la memoria del Holocausto. De hecho, el juego de la memoria que viene a fundar la identidad está necesariamente hecho de recuerdos y de olvidos: en el dominio de ?la identidad étnica?, la completa asimilación de un cierto grupo puede ser impugnada por la sociedad receptora mientras el trabajo de olvido de los orígenes de esos individuos no haya completado su obra. En un registro diferente, el del vértigo patrimonial contemporáneo, la pasión memorialista puede revelar un rechazo de la representación que nos hacemos de nuestra identidad actual proyectando en el pasado -y, a menudo al mismo tiempo, en el futuro- una imagen de lo que querríamos ser: imagen obsesionante que niega el cambio y la Pérdida, o imagen alucinada de la belleza de lo muerto, construida a partir de archivos, de huellas, de monumentos, de objetos, de reliquias, de ruinas y de vestigios. Incluso en estos casos de nostalgia identitaria mórbida, la memoria precede a la construcción de la identidad: es uno de los elementos esenciales de su búsqueda loca, individual y colectiva, búsqueda que los etnólogos, los conservadores de museos, etc., son conminados a avalar legitimando científicamente los objetos que componen esos patrimonios.
No obstante, si la memoria es primera, la petición identitaria puede, por su parte, venir a reactivarla. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la construcción de la identidad judía, que ?encontró un nuevo y privilegiado campo de acción en el trabajo de exhumación de todo lo que compone la memoria judía?, una reapropiación que adopta vías tan diversas como la creación de departamentos de estudios judíos en la enseñanza superior, de casas editoriales, revistas o programas de televisión, la revitalización de las lenguas y de las culturas judías, etc. Esta identidad judía -pero, ¿no es el caso de todas las identidades?- se deja menos que nunca ?encerrar en una definición y apela más que nunca a la memoria?. Si la memoria es generadora de la identidad, en el sentido de que participa en su construcción, esta identidad, por su parte, da forma a las predisposiciones que van a conducir al individuo a incorporar ciertos aspectos particulares del pasado, a realizar ciertas elecciones en la memoria.
Finalmente, ¿no es un error pensar la memoria y la identidad como dos fenómenos distintos, uno preexistente al otro? Aun si ontogenética y filogenéticamente la memoria es necesariamente anterior a la identidad -esta no es sino una representación o a lo sumo un estado adquirido, mientras aquella es una facultad presente desde el nacimiento y desde la aparición de la especie humana-, se vuelve difícil acordar preeminencia a una u otra si se considera al hombre en sociedad. De hecho, memoria e identidad se compenetran".
No obstante, si la memoria es primera, la petición identitaria puede, por su parte, venir a reactivarla. Es lo que ocurre, por ejemplo, con la construcción de la identidad judía, que ?encontró un nuevo y privilegiado campo de acción en el trabajo de exhumación de todo lo que compone la memoria judía?, una reapropiación que adopta vías tan diversas como la creación de departamentos de estudios judíos en la enseñanza superior, de casas editoriales, revistas o programas de televisión, la revitalización de las lenguas y de las culturas judías, etc. Esta identidad judía -pero, ¿no es el caso de todas las identidades?- se deja menos que nunca ?encerrar en una definición y apela más que nunca a la memoria?. Si la memoria es generadora de la identidad, en el sentido de que participa en su construcción, esta identidad, por su parte, da forma a las predisposiciones que van a conducir al individuo a incorporar ciertos aspectos particulares del pasado, a realizar ciertas elecciones en la memoria.
Finalmente, ¿no es un error pensar la memoria y la identidad como dos fenómenos distintos, uno preexistente al otro? Aun si ontogenética y filogenéticamente la memoria es necesariamente anterior a la identidad -esta no es sino una representación o a lo sumo un estado adquirido, mientras aquella es una facultad presente desde el nacimiento y desde la aparición de la especie humana-, se vuelve difícil acordar preeminencia a una u otra si se considera al hombre en sociedad. De hecho, memoria e identidad se compenetran".







