Antes de convertirse en quien hoy pinta para dueño de la zaga de Atlético por los tiempos de los tiempos, Bruno Bianchi fue algo así como un tren descarrilado. Una mala decisión, quizás la peor de su vida, según confiará en unos segundos, le volcó su carrera. Con inferiores hechas en Estudiantes, un título de sparring de la Selección mayor y un futuro prometedor en el “pincha”, el dueño de los aires santos de San Nicolás aceptó una propuesta indecente.
“Unos empresarios me ofrecieron sacarme por la Patria potestad y llevarme a Tecos, de México. Tenía 17 años, no cobraba un peso en Estudiantes y era un salto importante para mi carrera”. La justicia le dio la derecha al tocayo del “Virrey” de Boca, pero Estudiantes le pinchó el transfer. “Estuve tirado en México seis meses sin jugar; nunca me llegó el pase”, así debutó Bianchi en su cruzada indecente. “De ahí me fui a Perú, donde tuve una gran temporada en Universidad San Martín de Porres. Ganamos el campeonato y jugamos la Copa Libertadores, todo siendo yo uno de los titulares”, tanta gloria en la tierra de Machu Picchu no fue suficiente. Bianchi no veía moneda.
“Lo justo y necesario. Te diría que iba por el pancho y la coca, aunque en Perú estuve cómodo, bien. Me decidí entonces dar un salto de calidad. Me fui a Palestino, de Chile, y luego a Lemona, de la Segunda de España. Fue otro karma. Lemona está en el País Vasco. Yo era el único extranjero y nunca pude adaptarme. Rescindí contrato con el club y también con los empresarios. Regresé a casa”, repasa el prólogo de una nueva desgracia.
“Cinco meses parado, sin laburo y con mis padres que habían perdido sus trabajos también. Estaba todo mal y yo, siendo el mayor de la familia, me sentía en la obligación de aportar. Era una zángano más”, se queja con furia un Bianchi ahora suelto pero que en esos tiempos si llovía sopa, el salía a la calle con un tenedor. “Decidí arreglar en Douglas Haig, que era en mi casa, también por el pancho y la coca y, gracias a Dios, tuve un gran campeonato”, cambia el aire triste por uno de esperanza el hermano de las gemelas Pierina y Gina. Unión se interesó por sus servicios. Era un paso firme hacia adelante.
“Empecé bien de abajo. El equipo no encontraba el rumbo, fueron pasando los técnicos, hasta que llegó Facundo Sava. Previo a un partido con Boca, Sava me puso de titular, hice un gol y nunca más salí de los titulares”, ese fue otro pequeño salto profesional y personal. Lamentablemente, otra piedra en el zapato del central fue el descenso a la B. “Fue doloroso. A mí me fue bien, pero bueno, no bastó”, reconoce.
Atlético fue su horizonte pese a la idea del “tatengue” de comprarle el pase. Bianchi entró a enderezar su carrera. “Sí, gracias a Roberto Sanjuán, a quien conocí en Douglas. Le estoy muy agradecido, hoy es como mi viejo”, manda un abrazo a la distancia, el mismo que recibió y recibe en cantidades industriales en el “decano”. “Encontré tranquilidad, paz. Me faltaba mi gran año, y fue acá en Atlético donde lo tuve. Encontré afecto”, dice sin sacarse la espina de no haber podido ascender la temporada pasada. “Esa dolió también, estuvimos cerca. En estos cuatro meses el ascenso a Primera lo es todo, ahora. Con el esfuerzo que hicieron los dirigentes trayendo tantos buenos jugadores, la obligación es subir. No cabe otrobjetivo”, avisa este revolucionario “decano” que sembró raíces en la provincia. Padre de Francesca, Bruno espera para fines de noviembre o principio de diciembre a Thiago, fruto de su amor con Rosario, a quien conoció en Pergamino. “¡Sí! Vamos a tener un tucumanito, je”, se le quiebra la voz al comandante Bianchi, autodefinido como un padre baboso. Francesca está lejos (vive en San Nicolás), entonces intenta matar la distancia con afecto y las patadas de Thiago.
“No sé si pinta para defensor, mejor que se vaya de mitad de cancha hacia adelante así gana un poquito más de plata, ja”.
“Unos empresarios me ofrecieron sacarme por la Patria potestad y llevarme a Tecos, de México. Tenía 17 años, no cobraba un peso en Estudiantes y era un salto importante para mi carrera”. La justicia le dio la derecha al tocayo del “Virrey” de Boca, pero Estudiantes le pinchó el transfer. “Estuve tirado en México seis meses sin jugar; nunca me llegó el pase”, así debutó Bianchi en su cruzada indecente. “De ahí me fui a Perú, donde tuve una gran temporada en Universidad San Martín de Porres. Ganamos el campeonato y jugamos la Copa Libertadores, todo siendo yo uno de los titulares”, tanta gloria en la tierra de Machu Picchu no fue suficiente. Bianchi no veía moneda.
“Lo justo y necesario. Te diría que iba por el pancho y la coca, aunque en Perú estuve cómodo, bien. Me decidí entonces dar un salto de calidad. Me fui a Palestino, de Chile, y luego a Lemona, de la Segunda de España. Fue otro karma. Lemona está en el País Vasco. Yo era el único extranjero y nunca pude adaptarme. Rescindí contrato con el club y también con los empresarios. Regresé a casa”, repasa el prólogo de una nueva desgracia.
“Cinco meses parado, sin laburo y con mis padres que habían perdido sus trabajos también. Estaba todo mal y yo, siendo el mayor de la familia, me sentía en la obligación de aportar. Era una zángano más”, se queja con furia un Bianchi ahora suelto pero que en esos tiempos si llovía sopa, el salía a la calle con un tenedor. “Decidí arreglar en Douglas Haig, que era en mi casa, también por el pancho y la coca y, gracias a Dios, tuve un gran campeonato”, cambia el aire triste por uno de esperanza el hermano de las gemelas Pierina y Gina. Unión se interesó por sus servicios. Era un paso firme hacia adelante.
“Empecé bien de abajo. El equipo no encontraba el rumbo, fueron pasando los técnicos, hasta que llegó Facundo Sava. Previo a un partido con Boca, Sava me puso de titular, hice un gol y nunca más salí de los titulares”, ese fue otro pequeño salto profesional y personal. Lamentablemente, otra piedra en el zapato del central fue el descenso a la B. “Fue doloroso. A mí me fue bien, pero bueno, no bastó”, reconoce.
Atlético fue su horizonte pese a la idea del “tatengue” de comprarle el pase. Bianchi entró a enderezar su carrera. “Sí, gracias a Roberto Sanjuán, a quien conocí en Douglas. Le estoy muy agradecido, hoy es como mi viejo”, manda un abrazo a la distancia, el mismo que recibió y recibe en cantidades industriales en el “decano”. “Encontré tranquilidad, paz. Me faltaba mi gran año, y fue acá en Atlético donde lo tuve. Encontré afecto”, dice sin sacarse la espina de no haber podido ascender la temporada pasada. “Esa dolió también, estuvimos cerca. En estos cuatro meses el ascenso a Primera lo es todo, ahora. Con el esfuerzo que hicieron los dirigentes trayendo tantos buenos jugadores, la obligación es subir. No cabe otrobjetivo”, avisa este revolucionario “decano” que sembró raíces en la provincia. Padre de Francesca, Bruno espera para fines de noviembre o principio de diciembre a Thiago, fruto de su amor con Rosario, a quien conoció en Pergamino. “¡Sí! Vamos a tener un tucumanito, je”, se le quiebra la voz al comandante Bianchi, autodefinido como un padre baboso. Francesca está lejos (vive en San Nicolás), entonces intenta matar la distancia con afecto y las patadas de Thiago.
“No sé si pinta para defensor, mejor que se vaya de mitad de cancha hacia adelante así gana un poquito más de plata, ja”.








