"No es el ángulo recto lo que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual. La curva que encuentro en las montañas de mi país. En la mujer preferida, en las nubes del cielo y en las ondas del mar. De curvas está hecho todo el universo. El universo curvo de Einstein", solía pregonar el urbanista brasileño Oscar Ribeiro de Almeida de Niemeyer Soares Filho, más conocido en el mundo como Oscar Niemeyer, quien murió ayer, a los 104 años.
A pesar del siglo que llevaba a cuestas, el llamado "constructor de la sensualidad", conservó sus convicciones revolucionarias, las ganas de trabajar y de seguir sorprendiendo. Hasta el fin de su existencia continuó creando en su 'atelier', de grandes ventanales curvos, frente a la célebre playa de Copacabana. En ese refugio contra la soledad, también recibía a sus amigos y dialogaba con los recuerdos de una vida enfrentada a la rigidez de los ángulos rectos, como lo demuestra su invención más famosa, Brasilia.
Niemeyer siempre será evocado como uno de los principales exponentes del movimiento moderno en Latinoamérica. El marcado carácter plástico de su obra se puso de manifiesto en la utilización del hormigón para obtener volúmenes arquitectónicos de una gran riqueza formal y valores poéticos propios de las cultura de su país. Junto al arquitecto brasileño Lucio Costa es responsable de la planificación y construcción de la actual capital de Brasil.
Nació el 15 de diciembre de 1907, en Río de Janeiro. En 1928, al finalizar sus estudios superiores, contrajo matrimonio con Annita Bildo, madre de su única hija y su compañera durante 60 años. A los 98 años se casó en segundas nupcias con su secretaria Vera Lucía Cabrera, que en ese entonces tenía 60 años.
Con un gran maestro
Después de graduarse, en 1934, de ingeniero arquitecto en la Escuela Nacional de Bellas Artes de su ciudad natal, comenzó a trabajar con Costa. Ambos acometieron las obras del Ministerio de Educación de Río (1936) junto al gran maestro del movimiento moderno, el arquitecto franco suizo Charles Edouard Jeanneret Le Corbusier. En 1939 realizaron el pabellón brasileño para la Feria Mundial de Nueva York, y en 1943, la residencia Peixoto.
En 1940 conoció al futuro presidente brasileño Juscelino Kubitschek, por entonces alcalde de Belo Horizonte, quien le pidió concebir el complejo de la Pampulha (terminado en 1943), su primer gran trabajo y uno de sus preferidos. Kubitschek le dio a Niemeyer la alegría de construir Brasilia, que fue inaugurada en 1960. "Queríamos hacer una arquitectura diferente, que sorprenda y suscite un mayor interés. Queríamos hacer inmuebles que generen cierto estupor por ser diferentes", dijo ese día.
El magnífico conjunto donde la pintura y la escultura se integran de forma magistral con la arquitectura, posee un estilo muy personal e imaginativo (bóvedas parabólicas y muros inclinados) alejado del racionalismo imperante. Uno de los edificios es la polémica iglesia de San Francisco, tan radical en su estructura que su consagración se pospuso 16 años, después de construida.
En más de 70 años de trabajo, Niemeyer firmó más de 600 proyectos en todo el mundo, una historia que lo llevó a ser la figura emblemática del movimiento modernista. Pero fue la concepción de Brasilia que lo hizo célebre y le trajo numerosos premios como el Pritzker (el Nobel de arquitectura) en 1988. También participó en la creación y diseño de la sede de la Organización de las Naciones Unidas (1952), en Nueva York y dibujó el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi (1996), cerca de Río de Janeiro, célebre por su forma de platillo volante. Francia, que lo acogió en sus años de exilio durante la dictadura militar, cuenta con una veintena de obras, entre ellas la sede del Partido Comunista en París (1965) y la Casa de la Cultura en Le Havre (1972).
Niemeyer era un hombre pequeño de apariencia frágil y mirada viva, ferviente militante comunista, galardonado con el premio Lenin de la Paz (1963), en un país marcado por las desigualdades sociales. "Parece mentira, pero ya no quedan en el mundo más que dos comunistas, Oscar y yo", comentó hace algunos años Fidel Castro.
André Malraux dijo que "Niemeyer tenía su propio museo de curvas, de recuerdos, de las formas más amadas". Eduardo Galeano escribió que Niemeyer "odia el capitalismo y el ángulo recto. Contra el primero no es mucho lo que puede hacer. Pero contra el ángulo recto, opresor del espacio, triunfa su arquitectura libre y sensual y leve como las nubes".
El antropólogo Darcy Ribeiro lo definió como "la realización, hasta el límite, de la capacidad humana de crear belleza". Pero para él, "la inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad. Lo que importa, mientras estamos aquí, es la vida, la gente. Abrazar a los amigos, vivir feliz. Cambiar el mundo. Y nada más".
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