29 Mayo 2012 Seguir en 
El 29 de abril participé de la carrera Yerba Buena-Tafí. Yo fui a quien arrastró el río, junto a Ignacio Studer; resulta doloroso e imposible asimilarlo todavía. Si bien hace tiempo que hago carreras de aventura, era la primera vez que corría este circuito; hace un año que venía entrenando para esto. Las salidas a correr por los cerros fueron para mí un cable a tierra y me ayudaron a atravesar muchas situaciones difíciles. Lo más gratificante es la camaradería que se genera, no es todo competencia.
Del porqué y del cómo caí al agua, a pesar de que estaba cruzando el río con otras personas de la mano, creo que principalmente se debió al elevado caudal del río y la falta de cuerdas. Una vez en el agua, a pesar de que todo pasó muy rápido, yo sentí que fue una eternidad. El agua estaba demasiado fría. Traté de no asustarme y mantenerme a flote para no golpearme la cabeza; sentía claramente cuando la mochila y mis caderas daban de lleno contra las rocas. El agua tenía una fuerza tremenda y por más que intentaba nadar a la orilla, el río me arrastraba de nuevo al medio del cauce. Me deshice de los bastones de trekking por miedo a producirme una lesión con ellos, nunca vi la gente que corría y gritaba por el costado del río, todo era agua y turbulencia, sólo por un instante logré ver la mochila de alguien que era arrastrada también.
No podía creer lo que me estaba pasando, pensaba en mi familia, en mis padres, tenía que aguantar por ellos. Sabía que en el cruce anterior, río abajo, tendría que haber gente que me pudiese ayudar a salir, pero parecía muy lejos. De a poco sentía cómo el frío endurecía mis extremidades, la respiración se estaba tornando lenta y pesada; de pronto el agua a mi alrededor ya no se movía, sentía que no podía hacer nada más. Me desperté cuando unos competidores lograron reanimarme, me habían quitado la ropa mojada y me habían abrigado, me dolía todo el cuerpo, estaba lastimada y llena de hematomas, algunas chicas lloraban.
A Ignacio no lo conocí; solo sé que se arrojó al agua para ayudarme porque valoraba la vida. Es un héroe y una bella persona, así como su familia; todos los días lo recuerdo y me duele pensar por qué las cosas tuvieron que ser así. Siento no haber podido escribir esto antes, pero recuperarme sigue siendo difícil. Quiero agradecer a los corredores que estuvieron conmigo y se preocuparon por mí todo este tiempo: a los guardaparques del parque Sierra de San Javier, compañeros y amigos de mi esposo que, junto a los bomberos de Tafí Viejo, gente de la zona y al Grupo Cero, arriesgaron sus vidas cruzando de noche el río para sacarme, todos ellos sin tener ninguna vinculación con la organización de la carrera.
También quiero darles gracias a Pancho (no sé su apellido), que junto a mi esposo me daba aliento y seguridad para volver a cruzar el río, al doctor que me cuidó hasta que llegaron los rescatistas, a las personas que me trasladaron a la ambulancia, a mi familia, a mis amigos... Por último, gracias a los doctores del Centro de Salud, que alrededor de las 5 de la mañana del 30 de abril lograron sacarme del estado de hipotermia en el que me encontraba, y que incrédulos me preguntaban por qué, si el accidente había ocurrido a las 10 de la mañana, recién a las 10 de la noche me llevaron al hospital, para lo cual yo todavía no tengo una respuesta.
Dentro de todo lo malo que pasó, me queda el enorme agradecimiento a todas esas personas que demostraron que no todo es individualismo, despotismo y codicia, a todos los que me ayudaron y que de una u otra manera salvaron mi vida, sin buscar nada a cambio, sólo por actuar con gran humanidad.
Cecilia Ortiz
ceciortizhm@gmail.com
Del porqué y del cómo caí al agua, a pesar de que estaba cruzando el río con otras personas de la mano, creo que principalmente se debió al elevado caudal del río y la falta de cuerdas. Una vez en el agua, a pesar de que todo pasó muy rápido, yo sentí que fue una eternidad. El agua estaba demasiado fría. Traté de no asustarme y mantenerme a flote para no golpearme la cabeza; sentía claramente cuando la mochila y mis caderas daban de lleno contra las rocas. El agua tenía una fuerza tremenda y por más que intentaba nadar a la orilla, el río me arrastraba de nuevo al medio del cauce. Me deshice de los bastones de trekking por miedo a producirme una lesión con ellos, nunca vi la gente que corría y gritaba por el costado del río, todo era agua y turbulencia, sólo por un instante logré ver la mochila de alguien que era arrastrada también.
No podía creer lo que me estaba pasando, pensaba en mi familia, en mis padres, tenía que aguantar por ellos. Sabía que en el cruce anterior, río abajo, tendría que haber gente que me pudiese ayudar a salir, pero parecía muy lejos. De a poco sentía cómo el frío endurecía mis extremidades, la respiración se estaba tornando lenta y pesada; de pronto el agua a mi alrededor ya no se movía, sentía que no podía hacer nada más. Me desperté cuando unos competidores lograron reanimarme, me habían quitado la ropa mojada y me habían abrigado, me dolía todo el cuerpo, estaba lastimada y llena de hematomas, algunas chicas lloraban.
A Ignacio no lo conocí; solo sé que se arrojó al agua para ayudarme porque valoraba la vida. Es un héroe y una bella persona, así como su familia; todos los días lo recuerdo y me duele pensar por qué las cosas tuvieron que ser así. Siento no haber podido escribir esto antes, pero recuperarme sigue siendo difícil. Quiero agradecer a los corredores que estuvieron conmigo y se preocuparon por mí todo este tiempo: a los guardaparques del parque Sierra de San Javier, compañeros y amigos de mi esposo que, junto a los bomberos de Tafí Viejo, gente de la zona y al Grupo Cero, arriesgaron sus vidas cruzando de noche el río para sacarme, todos ellos sin tener ninguna vinculación con la organización de la carrera.
También quiero darles gracias a Pancho (no sé su apellido), que junto a mi esposo me daba aliento y seguridad para volver a cruzar el río, al doctor que me cuidó hasta que llegaron los rescatistas, a las personas que me trasladaron a la ambulancia, a mi familia, a mis amigos... Por último, gracias a los doctores del Centro de Salud, que alrededor de las 5 de la mañana del 30 de abril lograron sacarme del estado de hipotermia en el que me encontraba, y que incrédulos me preguntaban por qué, si el accidente había ocurrido a las 10 de la mañana, recién a las 10 de la noche me llevaron al hospital, para lo cual yo todavía no tengo una respuesta.
Dentro de todo lo malo que pasó, me queda el enorme agradecimiento a todas esas personas que demostraron que no todo es individualismo, despotismo y codicia, a todos los que me ayudaron y que de una u otra manera salvaron mi vida, sin buscar nada a cambio, sólo por actuar con gran humanidad.
Cecilia Ortiz
ceciortizhm@gmail.com









