Esos pasajes sin nombre

Por Roberto Espinosa 12 Mayo 2012

El cimbronazo los sobresaltó. Pensaron que Almanzor había trastabillado en uno de los cráteres del acceso a Delfín Gallo. El cielo ennegreció torpemente. Las patas tartamudas del camello se cruzaron. Un agujero les tragó las 1.065 noches. El rey abrazó fuertemente el miedo de la doncella. Tocaron fondo. Cada uno quedó apostado en dos ventanas, en cuya parte superior había incrustados unos pelos arqueados. Estas se abrían y cerraban de arriba hacia abajo, tras una pausa. Se humedecían. Se les borraba la visión un segundo, luego aclaraba. "¿Dónde estaremos, amado mío?", dijo Scheherezade. "No lo sé, mi pequeña. Sólo me vienen a la mente los versos de mi amigo Perecito: 'De tanto mirar el cielo, santamariana, cruzan lentas por tus ojos nubes lejanas...'", alcanzó a decir Shahriyar. Un estruendo de monedas acalló sus palabras.

Un sacudón los obnubiló un instante. Vieron entonces a un hombre desgarbado, que daba vueltas a la plaza junto a un puñado de ancianos. A medida que caminaba la ropa se le iba cayendo en pedazos. En cada gajo de tela se descolgaban achaques. De pronto, aparecía en escena un calvo trajeado con una valija en la mano. Con un puntero, lo aguijoneaba: "Qué esperás para pagar. Vamos, vamos: ¡ingresos brutos, luz, gas, cisi, inmobiliario, agua...!" Este se arrodillaba vencido: "¡Piedad, con $1.687 mensuales no me alcanza para pagarte...! Si tuviera el 82% móvil tendría tal vez una vida más digna y podría... ¡ay ay, este reuma...!" La tos se ahogó en llanto.

Una convulsión los zamarreó. Las ventanas parecían sudar temor. Oyeron gemidos contenidos. Las nieblas se disiparon. Un enorme edificio vidriado se partió; 130 millones de fragmentos volaron por el aire y comenzaron a caer sobre un grupo de personas. Los gritos legislativos se escucharon hasta en los barrios de la Costanera. De un antiguo ex hotel, salieron como expulsadas miles de monedas a una avenida. Un alboroto de changuitos de la calle, mendigos y jubilados bailaron una danza. El más viejo gritó feliz: "¡Por fin los dineros vuelven al pueblo!" Las ventanas recibieron un baldazo que las dejó ciegas por un instante.

Cuando se despejó, observaron un cartel que decía: "Pasaje sin nombre". Doña Miseria se paseaba desafiante. De golpe, un viento asesino arrancó la vida de una niña, sembrando dolor en una familia y el vecindario. Una realidad de pobreza, inseguridad, marginación, desesperanza estalló en el aire. "Hay muchas calles sin nombre porque parece que para los gobernantes, en ellas no vive nadie", dijo un abuelo. Por la esquina se divisó una hilera de personas bien vestidas, que caminaban en posición de recogimiento, como si se golpearan el pecho, rumbo a sus lujosos vehículos. "¿Quiénes son estos visitantes?", le preguntó una mujer a otra. "Son representantes del pueblo, les dicen los 'sufridores' porque sufren por los pobres", respondió. Los fantasmas de doña Miseria ingresaron como un torbellino por el pasaje, provocando un desparramo de sufridores y togados.

Los ruidos de tragamonedas los ensordecieron. Una avalancha de nervios y de desesperación los empujó por un túnel. Se dieron vuelta. Vieron al hombre sentado en un gran libro, rodeado de montañas de monedas, con la foto de una mujer magullada con una franja cruzando su torso que rezaba: "Historia". El hombre parecía solo hasta de sí mismo.

Salieron por una oreja. "Estuvimos en sus ojos. Vivimos una pesadilla de Al Rachid", dijo la doncella. Shahriyar meditó un instante y respondió: "Como diría mi amigo el Cuchi, cuando los gobernantes nacen sordos no los compone ni el diablo, ¿que no?"

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