"No hay ya ciudadanos sino consumidores"
El destacado escritor tucumano, instalado en Buenos Aires a edad muy temprana, dedicó buena parte de su obra a la búsqueda de las raíces culturales de su pueblo y a su difusión. "Aunque me fui a los 20 años, Tucumán nunca se fue de mí", resalta. Volvió a la provincia a presentar Imaginario del paraíso, su último ensayo.
ADVERTENCIA. "Sin una hora de silencio para pensar, y con un lenguaje tan empobrecido y contaminado por las mercancías, no puede haber lectura", sostiene el autor de LA GACETA / FOTOS DE ANTONIO FERRONI

POR MÓNICA CAZÓN
PARA LA GACETA - TUCUMAN
- ¿Por qué se fue de Tucumán?
- Me fui a los 20 años de Tucumán, para completar en Buenos Aires mi carrera de abogado en la UBA, pero Tucumán nunca se fue de mí. Pensaba volver para trabajar con mi padre en esta profesión, pero al recibirme me quedé. Aunque no me faltaron ofrecimientos importantes al recibirme, me alejé de los caminos anchos que conducen al bienestar económico para tomar los de la escritura literaria y el trabajo cultural. Apostar al ser y no al tener fue como sacar una carta de pobreza. Pero no puedo quejarme: recorrí el mundo, tuve múltiples experiencias y aventuras que no cambiaría por posesión material alguna. Ellas nutrieron mis novelas y también mis ensayos, abriéndome el camino a una verdadera universalidad.
- Hay quienes sostienen que la tecnología y la globalización, en general, colaboran en cuanto a la información, pero entorpecen algunos procesos de la cultura. Por ejemplo, la lectura. ¿Qué puede decir al respecto?
- El problema no pasa por la tecnología, sino por un culto a la información que penetra y destruye la cultura de los valores, convirtiéndose en un simulacro de ella. La velocidad anula la profundidad y al hombre reflexivo, y apela a la tecnología de punta para enmascarar el vacío. La razón ilustrada, que comenzó poniéndose al servicio de la emancipación humana, terminó de rodillas, exaltando la rentabilidad del capital y coqueteando la cultura de masas, ese andamiaje consagrado al fetichismo de la mercancía. El hombre-masa se ha quedado ya sin lenguaje, y creo que el Homo sapiens está siendo reemplazado por un Homo consumens. O sea, no hay ya ciudadanos, sino consumidores. Una hiperconectividad que no trasmite nada que se parezca a un pensamiento alimenta la ausencia: uno ya no está en ninguna parte, en ningún tiempo. Sin una hora de silencio para pensar, y con un lenguaje tan empobrecido y contaminado por las mercancías, no puede haber lectura, en el sentido cabal de este término. George Steiner advertía hace medio siglo que caminábamos hacia el fin de la cultura literaria.
- Qué fuerte eso de "caminar hacia el fin de la cultura literaria"; ¿tal vez por ese motivo usted se define como escritor y no como antropólogo? ¿Tiene algo que ver con las concepciones diferentes que tienen sobre el hombre ambas profesiones?
- Me defino como escritor pues mi identidad profunda, lo que siempre fui y quise ser, pasa por la literatura, por la intensidad de la experiencia creativa. La antropología es tan sólo para mí un deber de escritura, algo que nunca asumí como algo entrañable. Hay mucha injusticia en el mundo como para encerrarse en la torre de marfil de las bellas artes, y en los años 70 pensé que mi arma para contribuir a la creación de un mundo mejor podía ser este, que se me fue imponiendo de a poco. Lo que lamento es que este trabajo secundario, aunque más necesario en lo social que una novela, me haya cambiado la cara, hasta el punto de que la mayor parte del público lector me identifica con algo por donde no pasa mi identidad. Es casi como una comedia de equivocaciones, pues hoy no se acepta que un narrador escriba ensayos. Pero claro que no reniego ni subestimo lo que hice por América en este terreno del pensamiento.
-¿Con cuál de sus novelas se identifica más? ¿O todas responden a un momento preciso?
-No es fácil responder a esta pregunta, aunque siento muy entrañables los cinco libros del ciclo de Tucumán, que son Territorio final, Portal del paraíso, Sacrificio, El ropaje de la gloria y Las montañas azules. Mi lado aventurero está en dos novelas por las que me jugué a fondo: Tierra incógnita, que transcurre en el océano Pacífico y en un río selvático de Ecuador, y El desierto permanece, ambientado en el África Oriental. Desde el punto de vista del lenguaje y el infortunio nacional, visto en su comicidad trágica, estaría Karaí, el héroe, una larga novela que se alimenta, por un lado, con la tradición cervantina; y, por el otro, con los mitos, saberes y decires populares. Sobre esta última se está escribiendo una ópera en Barcelona, con miras a presentarla en Europa y en el Teatro Argentino de La Plata.
-¿Tiene conocimiento del movimiento cultural de Tucumán?
-Sí, por mis frecuentes viajes y por La Gaceta dominical, que me llega por correo. También me intereso en lo que pasa en el NOA, pues siento que toda esa región, y no sólo Tucumán, me pertenece y es mi lugar en el mundo. Aunque no viva en ella, pienso desde ella, ese territorio final de la civilización andina. Por eso el mío es un pensamiento territorializado, no errante y posmoderno.
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